Jueves, 27 de septiembre de 2012

La gorda trotaba alegremente por una playa atestada carente de todo complejo. Sus carnes de generosidad apabullante, ondeaban majestuosas como sábanas desplegadas al viento y sus mastodónticas pisadas, levantaban explosiones de arena como si se tratara de minas antipersona. La gorda se metió en el mar y el tsunami provocado anegó sin piedad toda la costa del Pacífico, aniquilando toneladas de civilización y recuperando todo aquello que se le fue arrebatado. Mientras que allí en el foco de origen, el día era espléndido y el sol te asaeteaba desde todos los ángulos como si hubiera varios. 


La gorda, confiada y divertida, jugaba a elevar su grasienta anatomía con cada ola que llegaba y como pasa en todas las playas, una ola de proporciones gigantescas elevó a la gorda a alturas imposibles. Como si estuviera en lo alto de una atalaya, justo en el punto álgido de la ascensión, la gorda profería agudos chillidos una octava por encima de los delfines. Los edificios adyacentes se agrietaron, una tercera parte de los casquetes polares se desplomaron y todas las alimañas de la tierra se removieron en sus agujeros aterradas incluido el mismísimo Kráken.


Instantes después, la gorda descendía con gran fuerza para desaparecer engullida bajo las tumultuosas aguas. Segundos después, reaparecía varada en la arena en un amasijo indescriptible de carne amorfa, algas y medusas aplastadas. Con torpeza teatral, la gorda se irguió y se encaminó pesadamente a una toalla que bien podría albergar a cuatro matrimonios juntos. Delante de la toalla y con los pies clavados en la arena, la gorda oscilaba casi imperceptiblemente de izquierda a derecha, para acto seguido y sin intención alguna de evitarlo, derrumbarse como la losa de un mamut.


La playa es diver y la comida de los chiringuitos está intoxicada.


En la playa hay gente gorda, fea, y mierda flotando en el agua.


 


Tags: gorda, obesa, grasa, vacaburra, playa, tsunami

Regurgitado por Cabronidas @ 12:00
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Lunes, 24 de septiembre de 2012

Hierve mi sangre en deseos de odiarte, pero sería hipócrita y deshonesto por mi parte. Porque yo, al igual que tú, también engañé a la persona que amé. Creyéndome superior, mirándola desde arriba, estúpido y arrogante, cuando siempre estuve muy por debajo de ella, de su adorable simplicidad, de su exquisita sencillez. Qué asco tan visceral y profundo me produce tener que admitir que fui igual o peor que tú. Que nunca supimos lo que es el respeto, salvo una palabra que podíamos pisotear cegados de vanidad. Y que como tú, contaminé hasta lo abominable cualquier resquicio de dignidad y moral.


Recuerdo cómo mirabas por encima del hombro con el desparpajo de quien se sabe poderosa e insuperable. Con qué atrevida preponderancia lucías tu cuerpo allí donde fuera: un envoltorio tejido por los dioses que parecía flotar inmaculado entre los mortales, con una luminosidad prodigiosa e insultante. Recuerdo tus ademanes displicentes, de perdonavidas. Creías tenerlo todo a tu favor ¿verdad? Por eso nunca aceptaste que no fuera una oveja más del rebaño escupidora de halagos, como toda esa numerosa turba masculina sin cerebro que te rendían bochornosa y abyecta pleitesía. No está en las masas lo especial y selecto, y tú, que te conozco bien, no eres ni una cosa ni otra.


No creas que hay celos o dolor en estas palabras: tan solo catarsis, reconocimiento de errores irreversibles y limpieza interior. Hace ya mucho tiempo y mi corazón se ha endurecido y me pesan más las pelotas. Pero es que hoy te vi y he sentido deseos irrefrenables de acercarme a ti. Tú y yo. Otra vez. Juntos. ¿Por qué no? Volver a ser animales y que la carne se mezcle en un baño de sudor, y que vuelva a brotar sangre y deseo por cada milímetro de nuestros cuerpos incontrolados. Volvamos a ser mensajeros de tanto llanto y dolor que la tierra se abra como si gritara con la fuerza de diez mil titanes. ¿A quién coño le importa si nos vamos a la puta ruina? Volvamos a ser portaestandartes de la mentira. Dos perdedores, dos almas enfermas, torturadas, envenenadas... Hagamos una jodida locura ahora mismo y que el cielo tiemble de puta envidia. Mandemos de nuevo todo a la mierda... Tú y yo otra vez.


Obviamente, es algo que jamás volverá a suceder.


Ni tú te acercarás a mí, ni yo permitiré que lo hagas.


Tags: suciedad, cloacas, catarsis, llanto, dolor, mentira

Regurgitado por Cabronidas @ 15:13
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Viernes, 21 de septiembre de 2012

Soy un tipo feliz y satisfecho: follo con cierta frecuencia sin pagar y sigo teniendo erecciones rudas y viriles; defeco con la consistencia adecuada y hacienda no me persigue; la música endulza mi vida para desdicha de mis vecinos que no entienden que hay ritmos más allá de los 40 principales; aun tengo motor para aguantar dos horas de concierto de Anthrax y me atiborro de comer sin engordar como si cada día me viera abocado a una fiesta de gula sádica.


No debiera haber motivos para el odio, pero aborrezco hasta el vómito la canción que os dejo a continuación. Semejante bodrio musical ya se puede sumar a la ya kilométrica lista de canciones pop que pasarán a la historia por ser uno de los laxantes más efectivos jamás conocidos. Tal despropósito casa en asco con otras canciones de nula calidad, como un limón y medio limón, antes muerta que sencilla, tengo un tractor amarillo y todas las canciones habidas y por haber de ese burdo y risible subgénero mononeuronal llamado reguetón. Canciones profundas, con mensaje, de enorme calado social; de aquellas que enaltecen el espíritu y conmueven el alma y que permanecen imperecederas ante el imperturbable paso del tiempo.


Detesto profundamente ese registro de voz lánguido que arrastra las palabras y fluctúa odiosamente entre la melosidad y la gangosidad. Esa letra pretenciosa que sugiere con altibajos de manera vacía y sin originalidad, como una mala película erótica visionada mil veces hasta el hastío, solo apta para nenas cuyo único vínculo con la realidad es el móvil, el Facebook, y soñar que están dentro de esa canción y dentro de ellas la polla de Cristiano o de alguna estrella del cine.


Hace tiempo, la música era una dama ante la cual te arrodillabas. Ahora es una puta a la que se han follado demasiadas veces.


Ya no tiene nada que ofrecer.


Tags: canción, truño, Pereza, música, pop

Regurgitado por Cabronidas @ 13:33
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Martes, 11 de septiembre de 2012

Un día, una tarde, o una noche, nació un bebé con la sangre de color azul y con una flor en el culo. El bebé creció y en plena mayoría de edad, mató a su hermano pequeño de un pistoletazo en plena tocha; y es que nadie le dijo que con las armas no se juega, que las carga el diablo. Censurado este incidente por el fascismo de tiempos pretéritos e ignorado adrede por el fascismo de tiempos presentes, El Rey fue cumpliendo años.


El Rey, siendo ya una persona enormemente improductiva de dicción torpe, se casó con una mujer de rostro difícil que hoy por hoy sigue sin hablar el castellano correctamente. El rey, carente de ímpetu, cubrió y preñó por instinto a dicha mujer para la perpetuidad del linaje. El Rey concibió dos hembras y un macho. Cabe destacar, por su importancia histórica, que una de las hembras es sensiblemente subnormal. La hija subnormal del Rey se casó con un hombre de andares torpes y rasgos alelados, apellidado Marinosequé.


El Rey, no obstante, tiene aficiones que requieren de cierto desgaste físico. Por ejemplo, El Rey, los días de verano se aventura a surcar los mares y muy de vez en cuando estampa su jeta contra el suelo. El Rey, ya en una edad avanzada, ha desarrollado una siniestra adicción por el gatillo, es por eso por lo que El Rey, evocando tragicómicos tiempos de juventud, se ha convertido en un reputado cazaelefantes.


Un día, El Rey, a lo mejor se muere.




Post scriptum: El monárquico concienciado te dirá que una república valdría más dinero.


Tags: Su Majestad, El Rey, La Corona

Regurgitado por Cabronidas @ 0:21
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Viernes, 07 de septiembre de 2012

Cuando estás en un bar disfrutando de una bebida, una escisión de dimensiones galácticas se abre en tu universo interior y socava brutalmente tu espíritu cuando, de forma inesperada, se acerca a ti un ciudadano de la medianía y, educada y altruistamente, se ofrece a depilarte los pelos del culo. Ante un gesto tan repentino como íntimo cabe tomar, como mínimo, una resolución.


De buenas a primeras, pensé en administrarle un buen par de hostias como corresponde por semejante atrevimiento y falta de tacto. Luego pensé que a lo mejor, estúpidamente, si me afeitan el culo, follaría más o más seguido. Aunque aquí cabe matizar para evitar malos entendidos, que considero mi esfínter únicamente como un orificio de salida. Tan solo permito que me introduzcan un dedo y ha de ser hasta la primera falange; evidentemente, la mano debe ser de una mujer, aunque tenga la uña larga y halla peligro de desgarro interior. Segundos más tarde, simplemente, quise huir y llegar más lejos que el puto Forrest Gump. No obstante, no hice nada, puesto que la extraña petición anuló mi capacidad de reacción.


Decidí mirar al tipo directamente a la cara.


La fisonomía del depilador anal era normal y no tenía deformidad ni rasgo destacable. Según como, la sobriedad de su mirada trasmitía una sensación de inexplicable afabilidad, semejante a la de los ositos de peluche pero sin la ternura de estos. De todos modos y a decir verdad, no me inspiraba confianza y estaba muy lejos de tranquilizarme. Finalmente, consideré que la depilación del culo, aun solicitada con educación, era un acto antinatural y sumamente violento, por lo que, con gesto reverencial, vacié la bebida sobre su cabeza y le introduje la botella, sin titubeo alguno, por donde amargan los pepinos.


Tags: depilación, culo, esfínter, petición

Regurgitado por Cabronidas @ 23:40
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Martes, 04 de septiembre de 2012

Los viernes al anochecer, saliendo de la facultad, gustábamos de ir a antros cochambrosos a deglutir alcohol. Nos gustaba beber de viernes a domingo mientras, entre trago y trago, despejábamos el cerebro de tanta información académica y hablábamos con desprecio de lo cabrona que había sido la semana. 


El tugurio de aquella noche era ostensiblemente diferente del de otras sesiones etílicas pasadas. Pese a ser espacioso, la situación de la barra y la colocación de mesas y sillas era caótica, como si las hubieran lanzado al aire para luego dejarlas caer allí donde fuera. Aquel sitio estaba mal iluminado y sus luces desvaídas producían una incómoda intermitencia, dando la sensación de que allí dentro la vida transcurría a fotogramas. Los altavoces, a un volumen que impedía escuchar tus pensamientos, vomitaban canciones que hablaban sobre ríos de sangre anegando ciudades y vírgenes sodomizadas en el infierno.


Pedimos cerveza. Siempre sabíamos con qué empezábamos a beber pero nunca con qué acabábamos. El caso es que nuestro amigo Punko, última incorporación a nuestro grupo, pidió una cerveza sin alcohol. El tipo que servía iba vestido como si viniera de algún jodido castin de Mad Max, y haciéndose oír por encima del estruendo musical que llenaba la sala, exclamó: ¡Aquí ni cero cero ni nada! ¡Hostiaputa! ¡Aquí se sirve cerveza para hombres! Punko se quedó extrañamente impertérrito y yo notaba una sensación de tensión tan espesa y opresiva, que creo que podía estrujarla entre mis dedos para luego guardarla en una bolsa. Más allá de nuestra mesa, sin embargo, la vida y la noche continuaban como si el resto del mundo estuviera en otro plano existencial. Punko, con una voz desprovista de toda vibra y emoción, como un cyborg, dijo: pues ponme una de las otras.


Como ya conté, gustábamos de ir a beber de viernes a domingo. El bueno de Punko, aquella noche arremetió el gaznate con unos cuantos litros, y puesto que no tenía costumbre, pilló una cogorza de proporciones titánicas.


De aquellas que llaman de órdago.


Tags: borrachera, alcohol, cerveza, ebrio, bar, juerga

Regurgitado por Cabronidas @ 14:49
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