Martes, 30 de abril de 2013

Klaudyna era una chica que se crió ajena a los turbios negocios de su padre en un bonito pueblo al sur de Rumanía. Una preciosidad tímida de bellos ojos azules y parca en palabras que aquella precisa noche en la que tenía que cuidar de ella, decidió olvidar por completo todas las prohibiciones que le impuso su patriarca. Aquello fue como una colosal bola de acero cayendo desenfrenada por una ladera. Como un huracán en absoluta desinhibición, Klaudyna bebía sin cesar, eructaba, se humedecía los labios, contoneaba la pelvis con obscenidad, se acariciaba los pezones y se morreaba con todos los tíos que se cruzaban en su zona de baile como si quisiera sorberles la fuerza vital. Mientras que yo, en lugar de huir de aquel pozo de desesperación en el que me veía sumido, trataba urgentemente de tranquilizarla puesto que se había follado a más tíos aquella noche que Gigi Love en un año de rodaje. Con gran esfuerzo conseguí acomodarla en un sofá al lado de un holandés, que de haber podido, le hubiera relamido con fruición hasta los sudorosos sobacos.


Procuré templar los nervios y adueñarme de aquella calamitosa situación bebiéndome dos cubatas en dos parpadeos, y de pronto lo vi todo claro: lo más apropiado sería sacarla de allí, atarle un buen pedrolo a los tobillos, bascularla al río más cercano e iniciar una nueva vida en el Punto Nemo. Pero había desaparecido. Ya no estaba. La había dejado en el sofá más tirada que una mortaja y sencillamente ya no se encontraba allí. Hostia puta. Ahora sí que se iba a liar parda. Eran las siete de la madrugada, Klaudyna estaba en paradero desconocido y mis huevos se iban a quedar como dos huérfanos desvalidos en manos de la mafia rumana. Salí de allí corriendo como un silbido de bala cuando de pronto empecé a elevarme del suelo de forma gradual. Y en efecto, un par de matones de Dragosi me interceptaron a la carrera y me despegaron del suelo asiéndome de un brazo cada uno, con lo que me vi corriendo ridículamente en el vacío, y de esta guisa me llevaron a ver al capo, ante la atónita mirada de la numerosa multitud trasnochadora que ocupaba las aceras. Al cabo de media hora volví a pisar suelo firme en casa de Dragosi: estaba sentado con una mirada más gélida que la de un lobo ártico.


-Y bien, chico. ¿Dónde estai Klaudyna?

-No lo sé. No está.


Dragosi alzó la vista mumurando unas palabras al techo como si esperara una respuesta divina. -Doamne, am de gând să fac cu acest biet. ¿Sabies lo que esto signifiquia? Signifiquia que te voy a cortiar los huevios y se los diaré a mis mujeries para que pintien sobre ellios para luego exponerlos en semania santia en Moldavia. ¿Dónde estiá mi cinta de cuero?


Dragosi ordenó que la poda escrotal se realizara en mi piso ya que no quería dejar su casa perdida de sangre. Además, el piso donde yo vivía también era propiedad suya, así como un eficiente equipo de limpiadores que siempre hacían desaparecer todas las pruebas, con lo cual importaba bien poco dónde se iba a llevar a cabo la carnicería. Todo se había acabado y no sé qué era peor: si morir desangrado o volver a mi tierra castrado y con la innegable certeza de que jamás podría tener descendencia. La capacidad de engendrar pasaría a ser tan solo un recuerdo convertido en pesadilla cada vez que fuera a ducharme, a mear, a cambiarme los calzoncillos, a hacerme una paja o a follar. Mi pene estaría ahí, sobre un escroto grotescamente cicatrizado y más arrugado que una bolsa de té usada. La incapacidad de contribuir a la perpetuidad de la especie sería hasta el fin de mis días una realidad irreversible, y no me seducía lo más mínimo la idea de poder echar polvos libremente sin el riesgo de concebir un bebé no deseado. Sí, me ahorraría mucho dinero en condones, pero es que los cojones no tienen precio.



Estos negros pensamientos ocupaban mi cabeza hasta que me encontré delante de la puerta de mi piso. Dragosi estaba detrás de mí y ordenó que sus matones me dejaran en el suelo para que pudiera abrir la puerta. Introduje la llave; giré; el sonido de la cerradura sonó suave como el olor de un niño, abrí la puerta y ahí estaba Klaudyna, recién duchada con el largo cabello todavía húmedo, saboreando sin el menor atisbo de sorpresa un plato rebosante de mis cereales chocolateados. Alzó la vista hacía mí y su semblante parecía albergar todas las resacas del mundo. Eso no impidió que una sonrisa que sabía demasiado inundará su rostro y me guiñara un ojo.


Y así sorprendentemente, a causa de los caprichosos sesgos del destino con los que a veces nos descoloca la vida, es como en la actualidad puedo dar gracias a la madre suerte por poder procrear y obviamente, conservar intactas mis pelotas.


 


Tags: Rumanía, castración, vacaciones, mafia, Strawberry hardcore

Regurgitado por Cabronidas @ 2:40
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Viernes, 26 de abril de 2013

Decir de los italianos que son unos mafiosos, los franceses unos estirados, los alemanes unos cuadriculados, los estadounidenses unos imperialistas, los catalanes unos tacaños y polacos -además de los naturales de Polonia- y los madrileños unos chuloputas, sería caer en los tópicos de siempre que tanto complican la vida. Así que nos quedaremos en que los rumanos son unos tipos muy serios que descienden de Vlad Tepes. Esto viene a cuento de que durante unas vacaciones invernales estuve conviviendo con unos rumanos. Concretamente, compartía piso con dos rumanos de aspecto tosco y una chica rumana, además de con sus compatriotas que venían dos horas antes de la comida a tomar chupitos de tuica, y a jugar a ver quién de ellos desmontaba y montaba más rápido su arma semiautomática.


Entre ellos estaba Dragosi, un rumano bajito como un hobbit de La Comarca que gastaba más mala leche que una rata almizclera. Él era el capo; el Gran jefe; la última persona a la que más vale no malhumorar. Por sus manos pasaba el setenta por ciento de las ganancias obtenidas en atracos informáticos y desvalijamiento de cajeros automáticos. De él se decía que empleaba contra quienes lo traicionaban, un singular método de poda testicular con una cinta de cuero, que se basaba en una técnica desarrollada por sus antepasados hace cientos de años en noches de pesadillas e insomnio, allí en la antigua Valaquia. Él era quien organizaba las bacanales en el Kristal Glam Club y si le caías en gracia, estabas invitado a un combinado de vodka y a una noche de sexo lujurioso con la escort más deseada de la ciudad. Si se la jugabas o le caías mal, aunque no te despertaras en la cama con la nariz pegada al ocico de un caballo descabezado, pero lo hacías con una cinta de cuero anudada delicadamente a tu escroto, ya sabías lo que eso quería decir.


Al ser yo un inquilino de excepción en su base de operaciones, no era ningún secreto que a Dragosi le caía bien. Yo le ofrecía discos de Peret y le di a conocer la butifarra catalana y el pa amb tomàquet, y él a cambio, me ofrecía protección las veinticuatro horas del día. Hasta que involuntariamente interferí en sus negocios. Una fatídica y fría madrugada de febrero, conducía por los cuatro kilómetros de carretera desierta que me separaban de mi piso, cuando de pronto en una curva, el coche derrapó estrellándose contra un cajero automático y la persona que lo manipulaba. Me bajé del coche, me acerqué al tipo y comprobé si tenía pulso: farfullaba una jerga extraña pero respiraba y no parecía tener heridas mortales, así que lo liberé del amasijo de plástico, hierro y cristal en el que estaba atrapado. Lo metí en la parte trasera del coche y salí de allí como una exhalación. Se me heló la sangre en las venas más que la propia carretera, cuando al mirarlo por el retrovisor reconocí al tipo del cajero: era Fiorenzo, el enlace de los rumanos en Italia. ¡Pero qué coño hacía ahí ese puto espagueti!


Fiorenzo, ya recuperado de la conmoción y palpándose las partes magulladas del cuerpo, no paraba de imprecarme: ¡Mamma mia!, ¡bastardo di merda!, ¡figlio di una cagna! ¡Hai sprecata giusto!, ¡basta scopare un grosso problema! ¡Dragosi sta per tagliare le palle!, ¡darà buon asino! Por lo poco que pude entender, acababa de hacer saltar por los aires -aparte del cajero- un golpe planeado por los rumanos, lo cual quería decir que estaba en un lío tremendo. Tenía que regresar inmediatamente a mi piso donde sin duda estaría El jefe, haciendo recuento de la pasta para cuadrar cuentas. Tras llegar y explicarle a Dragosi que jamás se me ocurriría desbaratar ninguno de sus planes e intentar convencerle de que todo fue un desgraciado accidente, me ofrecí voluntario para realizar algún tipo de trabajo gratis, en un intento inequívoco de salvar el pellejo. Y Dragosi, puede que en un momento de debilidad, me condujo a un rincón de la cocina, me invitó a un vaso de tuica y me dijo sin apartar la mirada en su peculiar castellano:


-Chico, me has hecho perdier muchio diniero. Esta noiche hay una fiestai pero yo no foy. Klaudyna, mi hija que tambiein es tu acompañiante de piso, sí quiere ir. La llevias contigio y hases que se diviertia. Pero la trais sana y virgien por la mañania. Si le pasa algoi, me cago en la hocstia que te pego una hocstia de fondo de patio y te meto en bolsia de plástiquio y te corto los huevois. Mis mujeries pintarián senefas en tus cojonieis y quedaríán para adornar el resibidior-. Estaba claro que no tenía escapatoria. ¿Cómo iba a cuidar de una persona en una fiesta, si a la que me tomo tres copas estoy suplicando a las camareras que me pongan las tetas en la cara? Jamás lograría regresar a mi Cataluña natal -pensé- y de hacerlo, sería sin testículos y con voz de castratti. A pesar de todo, logré tartamudear un sí vacilante al tiempo que Dragosi asentía con una atemorizante muesca de satisfacción.





Continuará en el próximo artículo.


Tags: rumanos, mafia, vacaciones, inquilino

Regurgitado por Cabronidas @ 19:02
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Jueves, 18 de abril de 2013

Era verano y eran buenos tiempos.


Íbamos en el tren de cercanías camino a la facultad. A escasa distancia de mí, Rubén despegó sus nalgas de donde estaban aposentadas y me dijo: "mira lo cachondo que me pone Eva", y liberó su polla vigorosamente erecta con desconcertante naturalidad, como quien saca un pitillo en una concurrida sala de fumadores. En la punta del glande refulgía una gota de fluido pre-eyaculatorio. Me lo quedé mirando durante escasos segundos (a él y a su polla; por ese orden) y contesté con voz atonal, totalmente deshumanizada: "eres un hijo de puta". Con una sonrisa de autocomplacencia, volvió a enfundar su polla en su prisión de lycra. El sol desaparecía tras un horizonte inalcanzable y las luces desvaídas del vagón parpadeaban. El paisaje del tendido eléctrico parecía no tener fin.


Era verano, siempre repleto de goces efímeros pero intensos. Y la juventud ya se pasó.


Estoy en casa de mis padres y se escucha de fondo follow the sign. Kai Hansen es un maestro acariciando las cuerdas y los acordes llegan a mí desde el comedor fluctuando con la candencia del reggae. Aquella tarde fregaba los platos y le preparaba un café a mi padre. Las gotas de sudor caían lentamente por mi espalda en cosquilleante incomodidad. Detrás del ventanal miro a mi madre mientras trabaja con manos experimentadas en el jardín de mi infancia: los geranios, las enredaderas, el naranjo, las azucenas, las margaritas, los cactus... El agua del aspersor cae en el césped en un abanico de perlas... Huele a tierra mojada, lavavajillas y frescura silvestre. De pronto, la brisa aviva en un bucle imposible el vaho aromático del café y las pompas iridiscentes del Fairy. El aroma del café y las burbujas danzan a mi alrededor con pereza imprevisible antes de salir bailando por la ventana para estallar y disiparse en la flora ajardinada.


Soy feliz en verano más que en ninguna otra estación.


 


Regurgitado por Cabronidas @ 23:09
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Jueves, 11 de abril de 2013

Los noticiarios dijeron que era la noche del fin del mundo. La pregunta que durante el principio de la humanidad atormentó siempre al hombre por fin fue contestada: no sabemos aún de dónde venimos, pero sabemos que los marcianos existen y van a por nosotros con todo su armamento pesado; sálvese quien pueda; maricón el último. Era el fin de todo lo conocido y yo había quedado con mi novia, Doménica Cazarnosa, para pasarla juntos, pegados, abrazados; para intercambiar saliva y si se daba el caso, echar el último gran polvo en el balcón como homenaje a la vida con nuestras siluetas moviéndose rítmicamente en un idílico paisaje crepuscular.


Como os cuento, era la noche del Apocalipsis y yo llegaba tarde a mi cita, entre otras cosas, porque estuve releyendo mi colección de los 4 fantásticos y luego me puse a jugar al guitar hero en nivel de experto, y al ver que me encontraba en estado de gracia, debía aprovechar el momento para sacarme de una vez por todas la canción Through the fire and flames de Dragonforce. Sin embargo, mi virtuosismo con la guitarra de plástico no fue suficiente y en un arrebato de frustración, agarré la guitarra por el mástil y la estrellé cuarenta y siete veces contra el suelo como hacen los roqueros auténticos.


Corría tanto con el coche que a mi paso derretía el alquitrán de las calles y apunto estuve de matarme al esquivar a una delirante comitiva de Hare Krishna que danzaban con estremecedor fervor religioso. Imaginaos qué disgusto si mis padres se enteran de que muero estrellado porque corría más que Vin Diesel justo antes del gran silencio, y además de muerte no natural... Ay, pobre, si es que veía demasiado cine y eso no es bueno. Cuando llegué al portal y clavé el dedo en el timbre, una, dos y hasta tres veces, apareció por una de las ventanas del sexto piso una anciana desdentada con cara de troll, exclamando puño en alto que a qué narices venían esas prisas a aquellas alturas del fin de la humanidad, ¡Será posible!, ¡indocumentao!, ¡zarrapastre!, ¡bebecharcos!, ¡descerebrao!...


Miré la hora en el móvil mientras la anciana seguía con sus esputos e improperios a mi noble persona: eran las veintitrés y cincuenta y cinco y llevaba como hora y media de retraso sobre la hora convenida. El Papa, Hacienda, los Servicios de inteligencia, Íker Jiménez, Javier Sierra y todos los científicos del mundo habían coincidido en vaticinar la desaparición de todo lo conocido, el fin de todos los tiempos, la guerra de los mundos para aquella misma medianoche, lo que significaba que la gran hecatombe, el armagedón, la reputísima hostia consagrada, el copón bendito se nos vendría encima más o menos en cinco minutos.


Las primeras naves marcianas estaban llegando y al entrar en contacto con la atmósfera terrestre ardían como enormes bolas de fuego; yo resoplé y se me encogieron un poco los testículos. En ese mismo momento Doménica me contestó y quise otra vez mío y por última vez aquel cuerpecito elástico, firme y prieto como un arco vikingo; su voz sonó evocadora como una calurosa tarde de verano sentado al borde de la piscina; melódica y adictiva como un estimulante amanecer primaveral, por el portero automático de su piso: "Neneeeeeee, todavía no acabé de maquillarme... ¡Tómate una cerveza y espérame quince minutos, cari! ¡Ahora bajo, eh!"


Y eso fue todo.


 


Tags: ataque, marcianos, el fin, Megadeth

Regurgitado por Cabronidas @ 15:32
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Jueves, 04 de abril de 2013

Siempre pasa lo mismo, es decir: cuando se te avería el coche, todos aquellos que te rodean resulta que son excelentes mecánicos que ya querría para sí cualquier escudería de Fórmula 1. Pero tú sabes que esas mismas personas nunca han utilizado una llave inglesa. Cuando contraes una gripe o un simple constipado, o te diagnostican hipertensión o hipercolesterolemia, resulta que todos tus conocidos poseen unos conocimientos médicos tan amplios que hasta podrían dejar en evidencia al farmacéutico; aunque tú sabes que esas personas se auto medican sin leerse nunca el prospecto. Y cuando el peso de la justicia cae sobre ti, resulta que todos los de tu entorno social dominan la abogacía de manera tan virtuosa, que Perry Manson no es más que un chiste con mal sabor añejo.


Os confieso que en el pasado he conducido muchísimas veces en avanzados estados de embriaguez, cosa de la que me avergüenzo profundamente (debe ser la madurez). Y debo reconocer pese a todo que he tenido muchísima suerte: jamás tuve un accidente ni maté a nadie con mi inconsciencia ni, obviamente, me maté yo. Pero cuando tientas a la suerte una y otra vez, esta acaba por darte la espalda y debes enfrentarte a las consecuencias de tu irresponsabilidad.


Un sábado de madrugada di positivo en un control de alcoholemia. Seguidamente y como cometí una grave infracción, los mossos d'esquadra, que en todo momento me trataron con absoluta corrección y respeto, procedieron al ritual correspondiente. El coche lo inmovilizaron con el cepo. Me sancionaron con dos mil euros de multa y la retirada de mi carné de conducir por un tiempo no inferior a dos años. Seguidamente me dieron cita para el lunes a las nueve horas para la celebración de un juicio rápido por lo penal. Me leyeron mis derechos en catalán y en castellano y me preguntaron si los había entendido. Finalmente, me ofrecieron la opción de llamar a alguien desde el teléfono de su furgoneta para que fuera a buscarme y llevarme allí donde fuera que tuviera que ir.


El mismo día del juicio conocí al abogado de oficio que me asignaron: claro y directo. Me mostró un gráfico donde se ilustraba con claridad, todas las sanciones económicas que existían en función de los resultados del control de alcoholemia, así como el tiempo de retirada de la licencia de conducir. Me explicó que si hubiera marcado 0,50 o un valor inferior se podría considerar la posibilidad de alegato en función de mi peso y estatura, además de que la sanción hubiera sido por vía administrativa. Yo di 1,10 la primera vez y 0,99 la segunda, con lo cual la sanción fue por vía judicial o penal (no recuerdo exactamente el término) y no había nada que alegar.


No obstante, el abogado de oficio me explicó que al no tener antecedentes, no lo tenía muy mal. Mi abogado debía entrar en la sala y comunicarle al juez y a la fiscal que su cliente, o sea yo, aceptaba mi culpabilidad y la sanción impuesta, con lo cual, automáticamente, dicha sanción se rebajaría en un treinta por ciento (creo recordar). Le dije que adelante y así fue. Cuando salió me dijo: "Vale, dentro de cinco minutos nos van a llamar. Hay tres sillas delante del escritorio del juez. Tú te sentarás en la del medio, yo a tu izquierda y la fiscal a tu derecha. El juez te leerá todos los hechos ocurridos desde que los mossos te dieron el alto: fecha, hora, inicio, procedimiento y finalización de tu sanción. Te preguntará si los datos son correctos, contesta sí y luego te dictará la sanción que debes cumplir. ¡Ah! Es posible que te haga algunas preguntas, pero puedes contestarlas o no. No afectará a tu sanción".


El juicio duró de diez a quince minutos. En todo ese tiempo, desde que entré hasta que salí de la sala, en ningún momento la fiscal apartó su mirada de las medias que vestían sus piernas cruzadas. Todo quedó en ocho meses de retirada y quinientos euros a pagar en plazos o de una vez. La verdad que no salí insatisfecho, sin embargo, el abogado de oficio me dijo que esto aún no había acabado: era su obligación cursar una solicitud a la comisión de justicia gratuita para que no tuviera que correr con los costes del juicio. Es decir, me explicó que esa comisión, básicamente, es la que se encarga de dictaminar si soy solvente o insolvente.


Mi abogado de oficio, claro y directo como dije más arriba, me dijo con toda seguridad que tendría que pagar. Pasada una semana de la celebración del juicio, me llegó una carta cuyo remitente era "Comisión de asistencia jurídica gratuita", donde me solicitaban el envío a sus dependencias de un montón de burocracia que acreditase mi situación económica. Yo llamé al número de teléfono y pregunté: "qué pasa si no envío nada de lo que me pedís", y contestaron que me imputarían no sé qué, no sé cuántos y en definitiva, que me darían duro y fuerte por el culo. Así que envié todo el papeleo solicitado, y como que soy altamente solvente y cobro un buen pastizal cada mes, tuve que pagar mil cien euros. Y os estoy hablando de hace unos... nueve o diez años aproximadamente.


¿Qué os quiero decir con todo este rollazo? Que insolvente es aquel que no tiene ni mierda en los bolsillos y a buen seguro el estado se encargará de comprobarlo. Que las películas son mentira, de verdad. Si el coche se avería llevadlo al taller de confianza. Si decidís auto medicaros en lugar de supervitaminaros y supermineralizaros como  nos decía Súper Ratón, no lo hagáis en exceso. ¡Ah, se me olvidaba!: ya no soy aquel irresponsable enloquecido carente de conciencia. Puede que continúe estando algo loco todavía, pero aprendo rápido la lección con tan solo un guantazo que me den. Hace tiempo que practico el civismo y las buenas maneras. Además ¿quién coño iba a hacer caso a Steve Wonder cuando decía eso de "si bebes, no conduzcas"? Si él no conducía porque no veía, que si no...


 

 


Tags: Embriaguez, control de alcoholemia, mossos d'esquadra, fiscal, juez, justicia, zer bizio

Regurgitado por Cabronidas @ 0:41
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Martes, 02 de abril de 2013

Yo he ido muchas veces a la discoteca. No importaba qué discoteca era; ni su caché, ni su fama, ni dónde estaba ubicada, ni nada; si me dejaban entrar, entraba. De hecho, nunca acabaron de gustarme, siempre he sido más de bares y de descontrolarme en festivales de música en directo. Con el trascurrir de los años (no muchos) todas llegaron a parecerme odiosamente iguales. Al principio, creí que mi parecer se debía a una visión subjetiva provocada por la inalterable regularidad con que las frecuentaba. Pero ahora que hace tiempo que no me dejo caer por ninguna, pensando en retrospectiva, caigo en la cuenta de que mi parecer no era desacertado: todas son iguales porque en todas se repite un mismo guion; un mismo patrón de comportamiento por parte de los que allí pululan.


Podría empezar diciendo que los pertenecientes al servicio de acceso y seguridad, son tipos que te miran con un fulminante movimiento de ojos sin girar el cuello. Suelen ser especímenes corpulentos u obesos sin llegar a amorfos, de apariencia un tanto intimidatoria cuyos rasgos son claramente simiescos. Se dice que están debidamente adiestrados para infligir dolor y reducir con celeridad al discotequero incómodo o al pringao; pero nada más lejos de la realidad: lo que mejor saben hacer los seguratas es dejar entrar a camellos y a tías buenas a cambio de favores. ¡Ah! Y también vigilan atentamente el retrete (el de señoras).


Como bien sabréis, la sala no se hace responsable de la pérdida o deterioro de los objetos personales que lleves en tu chaqueta, pero siempre puedes dejarla en el guardarropa con previo depósito monetario, donde siempre hay dos chicas que te tratan con fingida amabilidad; digo fingida porque las delata la expresión de asco con que visten sus jetas. Pero recuerda: a la discoteca se la suda lo que guardes en tu chupa. Evidentemente, dada mi condición de hetero, nunca me fijaba en los camareros sino en las camareras. Casualmente, todas son jóvenes y atractivas, y no por eso te vas a llevar a alguna a la cama, puesto que para poder aguantar el desgaste que supone, ya no aguantar a gilipollas, sino servir copas toda la noche, van más puestas y enchufadas que Sid Vicious en el día mundial de la coca.


Mmmm...Las gogós; las gogós están varios peldaños por encima de las camareras en cuanto a atractivo físico. Han cultivado el cuerpo y han descuidado el cerebro. El vulgo masculino las devora con miradas que brillan de deseo contenido, y más de uno se hará una paja imaginándose que se la mete a todas por todos los agujeros del cuerpo excepto oídos y fosas nasales. Y ellas, engañadas por el mismo tipo que les consiguió el trabajo, se contonean con sacrificio y entrega esperando la oportunidad de algún día ser estrellas. Aunque algunas acaben siendo estrellas del porno o de nada.


¿Y el pinchadiscos? Pues dicen que es el verdadero amo de la vida en la disco. El controlador de tu estado anímico. El dios del ritmo que dicta tus movimientos. El que a través del bafle moldea a su antojo tus impulsos. Aunque yo siempre he pensado que la función del DJ está sobrevalorada y aparte de no hacer nada, nadie sabe lo que hace. ¿Y quién es ese fenómeno? Es el bailarín más increíblemente hábil que jamás verás en una pista de baile. Porque ese prodigio de la naturaleza no es que baile, es que parece que se haya dividido en cuatro o cinco bailarines cada vez que se menea. Siempre está pendiente de las novedades musicales y se conoce todas las putas canciones, incluso aquellas que todavía no se han grabado.


Pero si hay alguien realmente omnipresente en todo este circo, ese es sin duda el camello. El camello es un auténtico profesional que va allí a trabajar y no dudará en subir los precios de su material a medida que avanza la noche. Siempre clandestino, en la retaguardia, entre bastidores, desplazándose como una sombra entre claroscuros. A la búsqueda de sus esclavos y no te equivoques: tú no encuentras al camello, el camello te encuentra a ti. Jamás se te acerca, pero para el consumidor se muestra claramente accesible. Tu adicción y debilidad hará el resto y él te proporcionará toda sensación que creas necesitar.


Y por último, que este artículo está siendo más largo de lo acostumbrado en mí, ya avanzada la noche hace aparición el baboso común. Este ejemplar de baboso bebe en exceso, tan en exceso que pasan dos cosas: que va dando tumbos marcando las lindes de la disco sin llegar a caerse, o va más pasado de vueltas que Amy Winehouse en una cata de vinos. En ambos casos, el baboso común como si fuera un zombie invidente, se choca y deja resbalar sus manos y parte de su cuantiosa salivación por las zonas pudendas del cuerpo de las parroquianas, hasta que finalmente es reducido por las propias acosadas o los simios amorfos del local. Por supuesto, jamás conocerás al dueño de la discoteca, ese tipo importante que está en otra parte haciendo negocios con el alcalde y sobornando a la policía.


En las discotecas ya no me río. Que tengo 40 años y ya soy mayor. Pero a los conciertos a lanzarme desde el escenario seguiré yendo aun a riesgo de perder el gallao y la dentadura postiza.







Tags: Discoteca, exodus, disc jockey, camello, camarera, gogó

Regurgitado por Cabronidas @ 5:50
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