Jueves, 30 de mayo de 2013

En los conciertos, las normas de comportamiento siempre las dictan el público y supongo que eso es extensible a toda clase de conciertos de toda clase de música. Con la edad, los pogos empezaban a ser realmente cansados, peligrosos y atentaban seriamente contra mi integridad física, con lo cual hace tiempo que no me meto en medio de la vorágine descerebrada a darlo todo; eso es para los jóvenes. Así que si no pasa nada, el día 1 de junio, vuestro tito Cabrónidas se va de conciertos para dicha de La Estrella Damm y del servicio que haya detrás de la barra, procurando mantenerse en la retaguardia o sensiblemente alejado del ciclón de masa humana que no tiene reparos en aniquilar cualquier forma de vida que se interponga en su paso.


A pesar de los numerosísimos conciertos que llevo a las espaldas, siempre me asaetea ese cosquilleo adrenalínico de ansiedad que sentí por vez primera con dieciséis años cuando vi a los Subterránean Kids, en el primer concierto serio de mi vida. Siempre empieza dos o tres días previos al día del festival y va aumentando gradualmente hasta que es liberado con el primer acorde en directo. Lo que nunca sé de qué forma será; pero se libera. Como siempre digo, lo mejor de asistir a un evento musical de varias horas de duración no es el hecho de ir, sino el poder regresar entero para poder contarlo y regocijarse en el recuerdo. Seguro que volveré a sentirme joven y vital como aquel mocoso de dieciséis años que cada vez queda más y más lejano.


Las cervezas ingeridas, por supuesto, van por ustedes.


 


 


Tags: Sonisphere, conciertos, música, pogo, cerveza

Regurgitado por Cabronidas @ 21:35
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Mi?rcoles, 22 de mayo de 2013

Dicen que la cámara se paró hace tiempo y dejaron de rodarse buenas historias por la red. Que la creatividad de los genios yace olvidada como un montón de heces humeantes en el arcén de alguna carretera abandonada y la originalidad que los hacía únicos se tambalea por las calles mendigando limosna. Dicen que allí en Múnich se ha gestado un fútbol que reinará con incontestable hegemonía en todos los campos del mundo y que los de la camiseta blaugrana solo podrán mirar y palidecer. Dicen que el club blanco de la meseta central da por finalizado su ciclo de números circenses y que el payaso arrogante de gesto agrio deja el timón para recalar en otras tierras.


Dicen que el erotismo es bello y trata sobre el complicado arte de sugerir sin mostrar, pero no hay nada más risible, fútil y burdo que la sugerencia sin una acción real que la respalde. Y así, el erotismo se queda en eso: en una burla; en una engañosa neblina que impide ver con claridad; en la efervescencia de una intención que nunca se materializa para quedarse tímidamente en la antesala que precede a los actos reales. Y esos mismos dicen que la pornografía en su condición de sexualmente extrema y explícita es indigna, enfermiza y vulgar, por lo que se empeñan en estigmatizarla una y otra vez.


Dicen que el posible atractivo que pudiéramos despertar en los ojos de los demás con nuestra anatomía no es relevante, por eso, el día que alguien se atrevió a decir que si el exterior no le atraía el interior no le importaba, le escupieron, le juzgaron y lo tacharon de cruel hijo de puta que no sabe lo que dice. Dicen que debiéramos aceptar la imagen que nos devuelve el espejo y resignarnos con la báscula, porque los gimnasios y las dietas tan solo son para evitar la vida sedentaria, problemas de salud y no de autoestima.


Dicen que el ranquin de los hombres más deseados de la tierra son mayoritariamente deportistas de élite, estrellas del cine y del pop, y que cada vez que aparecen en la foto y los medios, el diluvio universal cobra nuevo sentido entre las piernas de una mujer. Pero no es cierto; los hombres más deseados son aquellos de mente envidiable y privilegiada como Stephen Hawking y ese vecino soltero, calvo y obeso al que jamás prestas atención cada vez que se cruza contigo para ir a impartir docencia en la universidad. Dicen que todos somos iguales y si alguien dice lo contrario es un insensato. Dicen que la finalidad de la escuela es la de crear una base sólida de formación futura, aunque como la mayoría, tuve que abandonar mi verdadera educación para ir al colegio.


Dicen que todavía no existe el hombre que tenga más de una neurona que le permita hacer dos cosas a la vez. Dicen que aún no ha aparecido ese tipo de hombre que piensa con la cabeza de arriba y no con la de abajo y no contempla a las mujeres como un simple envoltorio donde poderla meter. Dicen que las mujeres son peligrosas con un volante en las manos y con una tarjeta de crédito rebosante de liquidez. Dicen que una vez hubo una mujer de pelo rubio que accidentalmente hizo la O con un canuto y jamás pudo volver a realizar tamaña proeza. Dicen que vanidad y narcisismo a menudo nos convierten en los seres más solitarios del planeta y dicen que Dios los cría y ellos se juntan, por eso en ocasiones alzo el mentón, pierdo mi mirada en las nubes y me digo: "Señor, eres un cachondo". Dicen y dicen...


Dicen tantas cosas y se vomita tal cantidad de basura en todos lados, en toda esta pútrida blogosfera de mierda, que hoy más que ningún día soy incapaz de soportar tanta vorágine de imbecilidad humana. Me pregunto qué os hace ser tan miserablemente hipócritas y cobardes. Qué estúpido miedo tenéis a que os rechacen y os señalen con el dedo por pensar de manera diferente a lo establecido. Qué os hace ser tan encarnizados defensores de los clichés y estereotipos políticamente correctos hasta el extremo de lo repulsivo. En qué maldito momento os convertisteis en parte de esa chusma aduladora e interesada que se abandera en los tópicos de siempre. Me pregunto de dónde viene tan obstinado empeño en guardar las apariencias y agradar a todo el mundo.
 

Y como que no hallaré respuestas y vuestra existencia es insoportable, voy a ir al bar más cercano a esconderme de vuestra decadencia y a beber hasta dejar de sentir el profundo asco que me dais.


Ojalá se os seque el coño y la polla se os caiga a trozos.





 


Tags: Slipknot, tópicos, clichés, estereotipos, mujeres, hombres

Regurgitado por Cabronidas @ 14:00
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Viernes, 17 de mayo de 2013

Mis primeros contactos con la mafia rumana empezaron a fraguarse, insospechadamente, mucho antes de compartir piso con ellos. Aquellas vacaciones aventureras me llevaron como principio a vivir en casa del tío Vasile, un exterrateniente viejo, escuálido y delirante, poseedor de un arraigado sentimiento patriótico, que regentaba un lúgubre caserío a las afueras de la mágica ciudad de Brasov. Tío Vasile, al que curiosamente no se le conocían hermanas y hermanos, alquilaba habitaciones a mochileros y estudiantes por una módica cantidad que quedaba fijada durante un acalorado regateo.


Lo que el engañoso anuncio de Vasile ocultaba, es que se paseaba con actitud militar por todas las inmediaciones de su propiedad, ataviado con un casco de aviador de La Primera Guerra Mundial, unos gallumbos de color indefinido y unas deslustradas botas de media caña, impartiendo con estridencia y enérgicos movimientos de fusta, órdenes en rumano a nadie sabe quién. Irrumpía en tu habitación en mitad de la noche desbocándote el corazón con un disonante toque de corneta; se bebía todas las cervezas de la nevera antes de que se enfriaran; engullía tus flanes como quien bebe agua de un vaso; se comía los cereales de chocolate que tú comprabas y te obligaba a ayudarle en las duras tareas de mantenimiento de sus fangosos terrenos.


Yo tenía todo el cuerpo cubierto de sudor cuando acabé de podar los descuidados arbustos del decrépito jardín del tío Vasile. En ese momento, se acercó hasta mí un muchacho de cabello rizado tan extraordinariamente voluminoso, que de ser un día de sol, lo hubiera eclipsado por completo. Se presentó ante mí como Fiorenzo, mi nuevo compañero de habitación. Fiorenzo me enseñó todo lo que verdaderamente uno debe conocer de Italia: que en efecto el secreto está en la masa, que el risotto es en realidad un ataque de risa, que ningún habitante de Venecia sabe nadar, que La Cosa nostra originariamente iba a ser un equipo de fútbol que derivó en el AC Milán, y que -como siempre he creído- Sophia Loren y Raffaella Carrà fueron la primera pareja lésbica de la humanidad y que en la actualidad mantienen tórridas conversaciones por WhatsApp.


Por mi parte y en justa correspondencia, yo le enseñé a bailar la sardana y le confesé que uno de los grandes secretos de Cataluña era la pigmentación de la piel de La Moreneta. Le hice entender que debía sustituir sus vinilos de Laura Pausini y Eros Ramazzotti por cedés de Rhapsody of fire y Alkoholizer. Le enseñé a diferenciar entre Marujita Díaz y Carmen de Mairena, y lo adiestré en el uso del cuchillo jamonero y el modo correcto de empacharse de calçots hasta lo enfermizo como si no hubiera mañana. La verdad que había conexión; nos hicimos buenos amigos hasta el punto que planeamos concienzudamente una estrategia para escapar de la opresión rural del tío Vasile.


El plan que urdimos era sencillo, pero precisábamos la colaboración de otra persona. Fue entonces cuando Fiorenzo me presentó a Dragosi, un rumano de mirada glacial y de tamaño tan reducido que parecía estar en mp3. Mientras Fiorenzo y yo estuviéramos cortando leña como dos aizcolaris dementes, Dragosi llamaría a la puerta haciéndose pasar por un vendedor de La Redoute. Aficionado como era tío Vasile a travestirse y a usar toda clase de cosméticos para abrillantar su cabeza tonsurada, accedería sin duda alguna a probar un novedoso tratamiento contra la alopecia, consistente en aplicarse por toda la calva foie gras tratado químicamente. Al tiempo que Dragosi untara con una rasqueta del jardín el foie gras químico por todo el cabezón de tío Vasile, nosotros aprovecharíamos para recoger nuestras cosas con la máxima premura. Dragosi le explicaría que tenía que aplicarse calor moderado en la zona untada para que el ungüento fuera efectivo, y le haría meter la cabeza en el horno en modo "gratinador suave". Entonces, en los tres minutos en que durara el tratamiento, Dragosi se uniría a nosotros y pondríamos pies en polvorosa. La estrategia del plan era infalible; no podía fallar.






Tags: Rumanía, vacaciones, Benny Hill

Regurgitado por Cabronidas @ 13:56
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Lunes, 13 de mayo de 2013

La primera vez que vi Martín (H) creo recordar que tenía dieciséis años. Cuando acabé de verla, tuve el convencimiento de que grandes verdades que siempre han estado ahí fuera y que la escuela se negaría a enseñar, me fueron reveladas en todo su esplendor de manera directa e ingeniosa. Recuerdo que la disfruté con la mayor de las atenciones de principio a fin. Y lejos de olvidarla como hice con tantas otras una vez aparecían los títulos de crédito, durante varios días estuve reflexionando desde diferentes prismas sobre aquellos diálogos fluidos, claros e irreverentes que se fueron desgranando a lo largo de toda la película (sin llegar a ninguna parte en concreto, por cierto).


Unas cuantas horas previas a la publicación de este post he vuelto a visionarla de nuevo y las sensaciones han sido diametralmente opuestas. No sé si será porque estoy padeciendo una alarmante carencia de buen gusto. O para según qué películas se requiere algo más que apetencia y predisposición para su disfrute. O si, como diría el estulto profundo en un alarde oportunista de falsa sabiduría: "no está hecha la miel para la boca del asno". O que sencillamente, lo que a una edad temprana pudo parecerme esclarecedor, genial y sublime, ahora en una edad más avanzada me parece declamatorio, forzado y presuntuoso.


Desde luego, con dieciséis años era un gran desconocedor de todo y con cuarenta sigo siendo un profundo ignorante cuyo único aval argumentativo son las numerosas experiencias que he ido acumulando a lo largo de los años (y las que me quedan, espero). Por esa razón, sabiendo o creyendo saber lo que sé ahora, Martín (H) me ha parecido una película plagada de grandes ideas colocadas en un plano tan primerísimo, que se diluyen en un vasto mar de obviedad e inconsistencia, en la que navegan unos personajes que quieren mostrarse tan profundos a la vez que reales, que acaban naufragando para ahogarse entre aparatosos chapoteos de excesos y sobreactuaciones.


Me ha parecido intragable el don para la verborrea de la que hace gala esta película. Diálogos incontrolados en los que cada frase es una sentencia disfrazada de análisis engañosamente lúcido. Cada vez que los personajes abren la boca, pontifican con un alarde vehemente y lapidario como si se tratase de una verdad empírica irrefutable. Dante, por ejemplo, el bisexual drogata de personalidad expansiva es el puto amo porque se pone hasta las trancas de toda droga que se cruza en su camino...¡para abrir la mente! Claro; nunca se me había pasado por la cabeza. Además, él cree que  las drogas no son malas, sino los humanos que nos avocamos a un vicio incontrolable que consiste en experimentar cualquier sensación menos la de abrir la mente. Si yo te entiendo, Dante, por eso deseo que entiendas que el día que yo haga desaparecer tu cara de un disparo a bocajarro con una magnum 10 mm, no soy yo quien te mata sino la bala, ¡y también te habré abierto la mente!


Y cómo no, obedeciendo a su condición de bisexual (y bien que hace) cata sin ningún tipo de pudor y reparo cuantas pollas y coños se cruzan en su hedonista vida. Y por ese motivo Dante, ese gran pensador de existencia compleja amigo de Martín padre, cuya dilatada experiencia como follador lamedor activo-pasivo le ha enseñado tantas cosas, nos alecciona diciéndonos que a la hora de follar lo importante son las mentes: follarse a las mentes. ¿Y qué clase de mentes le seducen a Dante? ¿Un premio Nobel? ¿Un cociente intelectual de 230? ¿La mente de Leonardo da Vinci? ¿Una mente como la suya? ¿La mente de Miguel Ángel? ¿La de Oprah Winfrey? ¿La de Jesús Vázquez? ¿Acaso sabe él la clase de mentes que me atraen a mí? No cuela, Dante, no cuela. Una cosa es sentir admiración por la inteligencia, la habilidad o la sabiduría de una persona indistintamente de su físico. Pero cuando se nos pone más dura que el acero de una espada toledana, nos da igual si sabe sumar dos más dos. No jodas, hombre, no jodas, que te has abierto la mente tantas veces que te es imposible recomponerla.


En fin, lo más seguro es que soy rematadamente idiota y no he entendido la película de Adolfo. Además, ¿cómo no me puede gustar Martín (h) y sí las pelis de Kevin Smith?



 


Tags: sdi, Martín (h), Dante, película, Argentina

Regurgitado por Cabronidas @ 5:09
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S?bado, 04 de mayo de 2013

Jeff Hanneman, natural de Oakland y criado en Long Beach, murió el pasado 2 de mayo del 2013 a la edad de 49 años. Naturalmente, si no estás metido de lleno en el mundo del heavy metal, no solo no te importará lo más mínimo su fallecimiento, sino que tampoco tendrás las más remota idea de quién te estoy hablando. Si por el contrario y como el que suscribe, estás metido hasta las cejas desde hace ya un buen puñado de años, tan desafortunada noticia te habrá dejado totalmente descuadrado y falto de reflejos. Jeff no era un virtuoso con su instrumento, pero sí era un grandísimo guitarrista, compositor y miembro cofundador de Slayer, uno de los combos más letales e hirientes de cuantos se conocen en toda la historia del thrash metal, estilo que contribuyeron a crear de manera innegablemente brillante.


Hace ya unos doce años, Chuck Schuldiner, uno de los guitarristas más precoces, virtuosos e influyentes del death metal nos dejó a causa de un glioma con 34 años de edad, pero su legado es enorme. Así como Ronnie James Dio, una de las voces más talentosas del género, cuya luz se apagó hace ya tres años a causa de un cáncer. O la terrible muerte de otro guitarrista mágico como era Dimebag Darrell, asesinado de un balazo con 38 años de edad en plena actuación en diciembre del 2004. Podría seguir y seguir y mostraros una lista que empieza a ser ya dolorosamente larga y que por desgracia solo puede aumentar. Y justo cuando parecía que la muerte nos daba un respiro y pasaba de largo se lleva consigo al bueno de Jeff, truncando una alquimia perfecta que funcionaba como una máquina perfectamente engrasada desde 1983.


Atrás deja para la posteridad una discografía bañada en oro de una magnitud colosal; un hueco insustituible y veintiocho años de giras preñadas de directos absolutamente brutales y demoledores. Jeff se ha ido demasiado pronto; aún tenía mucho que decir con una guitarra sobre un escenario, y muchos seremos los que le echaremos de menos cuando vayamos a ver a Slayer y haya otro en su lugar. Pero sabiendo como se las gastaba con su instrumento, a buen seguro estará en el infierno burlándose de nosotros, estúpidos mortales.



Tags: Slayer, thrash metal, Jeff Hanneman, música, guitarrista

Regurgitado por Cabronidas @ 8:44
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