Lunes, 30 de septiembre de 2013

Dentro de los bosques que rodean el lugar donde vivo, en lo alto de una loma sin apenas maleza, se yergue un árbol viejo como el tiempo donde nunca se posan los pájaros, cuya negra historia susurran sus hojas los días de viento. Caminantes y peregrinos se desvían de su camino cuando lo vislumbran desde la lejanía, pues cuentan que está maldito y si te acercas demasiado a él, sientes un frío de muerte y un silencio que atenaza la garganta. Otros tantos dicen que hay algo entre sus ramas que produce quedos lamentos, pero nunca nadie se acerca lo suficiente ni permanece más tiempo del que el sobrecogimiento les permite. Empero hubo un viajero que desconocía aquellas latitudes y arribó hasta la loma donde yace el árbol, y allí tuvo que detenerse para dar descanso a sus viejas piernas que ya no le respondían.


Con el nuevo amanecer, trajo la verdad consigo y me contó a la lumbre del fuego que allí, en el árbol de la loma, a medida que el sol languidece y arrecia el viento, si no apartas la mirada, puede verse la silueta traslúcida de un hombre que se llamó Mariano, descendiendo de una de sus ramas de la que todavía oscila una soga con la que decidió acabar con todo. Dicen que es entonces cuando, si te sobrepones al miedo, te invade una tristeza tan grande que te encoge el corazón y ya nunca puedes librarte de ella. Porque ves como la silueta de Mariano se reclina en el tronco que una vez lo vio con vida, y abraza sus piernas que recoge en su regazo. Y así permanece en soledad, un día tras otro, cabizbajo e inmóvil, llorando con el viento y con sus contornos temblando con el aire, hasta  que el sol se hunde lentamente en lontananza hasta desaparecer.





Regurgitado por Cabronidas @ 0:42
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Jueves, 26 de septiembre de 2013

Hay escrito en alguna parte un dicho que reza que las mujeres son como los reverberos, que calientan pero no cocinan. En las salvajes contiendas que han ido forjando la historia de la humanidad, aquellas en las que a caballo o a pie las espadas restallaban contra los escudos, llovían flechas ensombreciendo el sol, las puntas de las lanzas refulgían y la sangre manaba del músculo desgarrado, las mujeres eran meras espectadoras que junto con los niños cocinaban y trataban de curar las terribles heridas. Y así durante eones, con la única y gloriosa excepción de las amazonas y otras pocas, cuya inusitada fiereza en tan sanguinarias lides hacía palidecer al más aguerrido de los hombres.


Así que cocinar, han cocinado y cocinan, y por supuesto han calentado y calientan. Cuando lo hacen para endurecer el nardo y revolucionar la libido sin posterior alivio para el desdichado, se dice que es por una deportiva muestra de poder. Por esa razón cariñosamente se las bautizó como calientapollas (valga resaltar aquí que es todo un cumplido, ya que algunas con su mera presencia provocan el más atroz de los espantos). Según los datos obtenidos, en cualquier relación que se precie entre hombre y mujer, si la mujer lo desea siempre hay sexo salvo cuando no quiere. Por eso es por lo que el hombre es un pajillero hasta el fin de sus días (pajero si tiene estudios) y acaba despertando a ese putero que a menudo pugna por salir y mantenía aletargado.


Las putas son mucho más respetables que aquellas mujeres que siéndolo más que ninguna, se empeñan en demostrar en sociedad que no lo son. Y es incuestionable su profesionalidad por el mero hecho de que se implican física y no emocionalmente, por lo que después de correrte no tienes que aguantarlas ni profesarles mentiras que corresponden a los enamorados. Nuestro simpático holgazán de dicción torpe, S. M, también hacía uso de ellas cuando aún tenía cierta habilidad motriz y no ahora, que cada dos por tres se tronza los huesos y hay que hospedarle en el quirófano. Suerte que a los respetables y honrados dirigentes de este ilustre país, no se les ha ocurrido recubrirle los huesos con Adamantium como a Lobezno, porque hubiera resultado aún más caro, además de que entonces sería indestructible y nunca se moriría.


Siguiendo con las disertaciones obtenidas, de un tiempo a esta parte, las mismas mujeres que potencian el uso de la zambomba carnal en sus parejas, se reunen en casa de una de ellas para mostrarse las unas a las otras, obscenos utensilios concebidos para soltar lastre a sus instintos primitivos. Entre risitas veladas y cierta predisposición entre las piernas, exhiben con alardeo todo un catálogo de dildos, vibradores, consoladores y bolas chinas. La velada se anima y empiezan a beber chupitos, convirtiendo las risitas en carcajadas cuando comparan con regocijo y crueldad el tamaño de esas enormes pollas de plástico de colores diversos con la de sus parejas, que a su vez, están cascándosela con ahínco o follándose a una puta como nunca se las han follado a ellas.


El alcohol consumido con imprudencia desinhibe más allá de lo concebible, y lo que empezó siendo una reunión sazonada con una pizca de picante, deriva en una correosa orgía lésbica de insatisfechas malfolladas orquestada por el diablo. Pues solo así puede entenderse semejante despliegue de lascivia, campando a sus anchas como ángel del pecado, por cada centímetro de piel de una gimoteante masa de carne enredada que se convulsiona en un húmedo festín de fluidos y lengüetazos. Entre miradas vidriosas, jadeos y sudor, se intercambian sus instrumentos para darse placer mutua y recíprocamente por todos los dilatados orificios de su cuerpo, que pese a la torrencial lubricación de estos, sufren enrojecimiento debido al tórrido frenesí de tanta fricción.


Una vez han finalizado, se van a la ducha por turnos y quedan para otro día y así poder repetir tan gratificante experiencia. Cabe destacar en este punto que las mujeres son cuidadosas, por eso la que vive en la casa donde se realizó el encuentro, para no ofrecer pistas y obedeciendo a la higiene del hogar, friega concienzudamente suelo y muebles que están bañados de viscosos regueros y salpicaduras vaginales. Cuando las mujeres llegan a sus casas, cuentan a sus parejas después de haberlos besado y sin pestañear, que el club de lectura al que dicen que van y pertenecen, hoy ha sido especialmente interesante ya que tocaba comentar Cincuenta sombras de Grey. Los maridos, por su parte, se muestran falsamente interesados y dicen que han estado con los amigotes de siempre jugando una timba de póker, cuando se recrean para sus adentros, con el sabor en su boca de ese coñito limpio y jugoso de veinte años del que han disfrutado y pensando en repetir.


Y así pasan sus vidas, en un absurdo carrusel de engaño mutuo que ninguno de los dos se atreve a detener.


 


Tags: matrimonio, relación de pareja, hombre y mujer, orgía, engaño, Lujuria

Regurgitado por Cabronidas @ 7:19
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Domingo, 22 de septiembre de 2013

Premio al mejor blog.


La tarde que llegamos a la sede de La blogoteca lo hicimos llegando veinte minutos tarde, con lo cual nos descalificaron del concurso Premios 20blogs con la celeridad del rayo. No obstante, como fui instruido por mis exigentes mentores en diversas disciplinas como la de la previsión, me tomé la libertad de inscribir a mi amigo y protegido Cabrónidas en el concurso de Premios Bitácoras.com. Yo me bajé del taxi en el número 2 de la calle Ronda Valencia, y allí estaba él en la acera de enfrente, fumando con la pasión de quien cree que se van a extinguir todas las plantaciones y bebiendo de una petaca como lo haría un bebé hambriento de su biberón. Le hice un gesto con la mano que no correspondió enseguida, por lo que adiviné que estaría ebrio, así que, como otras tantas veces en el pasado, fui yo el que se acercó hasta donde él se encontraba, que no era otro lugar que la entrada de la cafetería de La Casa Encendida. Miramos a través del cristal a aquella sonriente y numerosa aglutinación de fotógrafos, poetas, críticos, humoristas, escritores y blogueros en general.


—Cabrónidas, ¿puede saberse qué hace aquí fuera todavía? Todos están esperando.

—No te pongas nervioso, Léopold, ¿te has fijado en toda esa gente de ahí dentro? Esas furcias llevan más maquillaje que pintura un cuadro de Pollock, y visten como las verduleras de los mercados rurales, ya me entiendes: escote claustrofóbico, faldas que censuran la imaginación y pelo recogido de modo antierótico. Y los tíos olvidaron lo que es el orgullo y la dignidad: parecen lazarillos sumisos olisqueando las faldas de esas zorras mendigando un polvo desesperado. Solo les falta un cartel que ponga: somos gilipollas y reconocemos una puta en cuanto la vemos.

—Será mejor que nunca se muerda la lengua, Cabrónidas, porque no existiría antídoto capaz de salvarlo. Venimos a concursar con deportividad, a pasar una tarde enriquecedora y amena, y usted siempre se empecina en ser ese bloguero despreciable y amargado que despotrica sobre cualquier cosa; incluso sobre gente sencilla y amigable que podría sorprenderle.

—Lo único que me podría sorprender, mi querido Léopold, sería encontrar vida inteligente en esa exposición de caretas y poses ensayadas.


Unas ganas de abofetearle y de hacerle tragar su petaca crecieron en mí como una erupción, pero no lo hice puesto que, aparte de que siempre he sido un caballero, pertenezco a un honorable linaje de mayordomos cuya virtud sobresaliente de las múltiples que lo caracterizan, es la grandeza de quienes contienen sus más viles impulsos y bajezas. Y porque admiraba hasta límites insospechados a ese condenado bastardo. Bastardo por calificarlo de alguna manera, puesto que Cabrónidas fue el experimento fallido de un gremio clandestino de genetistas perturbados, cuyas oscuras intenciones permanecen en el más estricto secreto en los archivos clasificados que responden al nombre de "La Monstruación".


No tuve más remedio que acogerlo cuando me lo encontré con apenas un año de edad, desnudo delante de la puerta de mi mansión victoriana, antaño ostentosa edificación donde vivieron mis antepasados durante todo el siglo XIX. Aquel pequeño de mirada tierna, se crió entre cintas de casete de heavy metal y pilas de libros viejos y polvorientos. El día que cumplió diez años, supe con toda certeza que era un muchacho extraño, puesto que en lugar de jugar y relacionarse con infantes de su misma edad, prefería la soledad que le brindaba el sofá, donde permanecía durante horas leyendo libros de ciencia ficción y escribiendo inocentes relatos de todo aquello que veía.


Asiduo lector de cómics, de publicaciones de contracultura y de revistas pornográficas que consumía para aplacar su onanismo, se educó en un colegio de una pequeña ciudad de provincias, en un entorno apático y gris, donde sus compañeros de pupitre solo pensaban en coches, motos, fútbol, beber sin criterio los fines de semana y en cortejar a chicas. Cuando él, prematuro aficionado a la literatura de Tobias Wolff y Raymond Ceyver, perdió su virginidad a merced de una puta que le doblaba la edad, de la cual aprendió lo que sus contemporáneos tardaron una década, una boda, siete denuncias falsas por maltrato, cuatro órdenes de alejamiento, y un divorcio, en experimentar. Por esa razón entre otras, decidí inscribir a mi protegido en esa clase de eventos que él tanto detestaba. Deseaba con todo mi corazón que mi amigo se despojara de su hermetismo y se relacionara con gentes de sus mismas inquietudes. Y quién sabe, quizás con mucho tiempo y toneladas de paciencia, lograra convertirse en mejor persona.


Cabrónidas me sacó de mis ensoñaciones diciéndome que era el momento de entrar. Nadie reparó en su presencia cuando traspasamos el umbral y los que sí lo hicieron no le reconocieron. Andamos con paso lento pero firme hasta detenernos en el centro del bullicio distendido de la cafetería. Miró girando sobre sí mismo lentamente, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, empapándose de cada gesto, de cada parpadeo; de las conversaciones y las risas que flotaban en la calidez del ambiente. De pronto, detuvo su rotación y seguí su mirada hasta dar con la mesa que ocupaban los once miembros del jurado. Respiré el intenso desdén con el que los contemplaba, como si cuestionara la capacidad y validez de su poder decisorio. Como si intentara entender de qué iba en realidad todo aquello.


—Creo que voy a vomitar—dijo. Y se perdió entre los lamentos de un retrete que olía a desinfectante. El agua rugió con la fuerza de mil titanes cuando se llevó consigo todas sus arcadas. En un primer momento, no supe si fue por las veces que vació su petaca aquella tarde, aunque lo dudo, puesto que le ganó varias competiciones de beber a Bukowski. O que, sencillamente, sintió el hedor putrefacto de aquellos blogs edulcorados, y de aquellos poemas tumefactos y empalagosas poesías sobrecargadas de metáforas forzadas, todo de autores en busca de reconocimiento y no aptos para quien tiene un mínimo de gusto y sensibilidad, leer.


Cuando mi amigo reapareció, echamos una última mirada antes de salir, y entonces lo comprendí todo. Y pensé que lo que la peste y la soberbia del hombre no pudieron conseguir, lo hizo la decadencia.



Tags: 20minutos.es, premio bitácoras.com, bloguero, escritor, blogs, concurso, Accept

Regurgitado por Cabronidas @ 15:50
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Martes, 17 de septiembre de 2013

Lo escrito a continuación sucedió una fría noche de enero. El tipo, cuya estampa era desconocida por aquellos contornos manresanos, irrumpió en la cálida velada del bar arrastrando consigo el desagradable frío invernal. Los parroquianos más próximos a la entrada, sufrimos durante un breve instante un intenso escalofrío que nos sacudió el cuerpo de arriba abajo. Como dirían los adolescentes de hoy en día: el tío entró vacilando. Afirmaba con contundencia que era capaz de deglutir, sin apenas torcer el gesto, seis copas rebosantes de cava en tres minutos. Ni uno más, ni uno menos. Dos copas por cada minuto trascurrido. En caso de fracasar en la deglución cronometrada, correría con el gasto del cava que se precisara para tal empresa.


Al otro lado de la barra, Sito, que gustaba de esta clase de números circenses en su establecimiento, colocó delante del tipo una sucesión de seis copas inmaculadas, alargadas y estrechas, donde vertió hasta el borde, con actitud jocosa y movimiento experto, el dorado líquido gaseoso. La concurrencia del bar, sustituyendo el desconcierto inicial por la predisposición que precede al espectáculo, formó un semicírculo alrededor del tipo y sin desviar un ápice la atención de él, dio inicio a la insólita libación.


En el primer minuto, las dos primeras copas desaparecieron entre sorbos grandes y calculados; sin precipitaciones. Las dos siguientes necesitaron algo de urgencia en la ingesta, puesto que un eructo inoportuno pero previsible se interpuso entre el gaznate y la fluidez del espumoso líquido deglutido. Las dos últimas copas requirieron de una fuerte resolución y fuerza de voluntad, ya que el eructo resultó ser de una importancia capital (más que un segundo en la F1), y entorpeció notablemente el éxito de la apuesta. Faltaban escasos segundos para que todo acabara: el tipo tragaba y tragaba; sus ojos enrojecían y su cara se amorataba; un pequeño hilillo de cava se escurría por entre la comisura de sus labios y unas venillas de borrachuzo que dibujaban su nariz adquirían relieve y un intranquilizador color violáceo.


Justo en el último segundo, entre jadeos, esputos y toses, el tipo vaciaba la última copa dejándola en la barra con torpeza. Estaba encorvado apoyándose con la mano en la rodilla y alzando la otra en señal de alto como implorando un respiro. Todo estaba en silencio y el tiempo pareció ralentizarse: el tipo parecía que se iba a dar de bruces de un momento a otro, balanceándose imperceptiblemente de adelante atrás; bajó la mano lentamente hasta la barra, se apoyó en ella y en lo que pareció un segundo interminable, se irguió cuan alto era. Una tremenda ovación de aplausos y un sonoro "oooooooooeeeeee, oe, oe, oeeeeeeeeeee", "oeeeeeeeeeeeee, oeeeeeeeeeeeee" al unísono, se adueñó del bar por completo mientras que al tipo lo felicitaban y le palmeaban la espalda.


Pasados unos minutos, la euforia disminuyó no así como el consumo de alcohol en el trascurso de la noche, donde todos bebíamos más que los peces del villancico o como si fueran a decretar la ley seca al día siguiente. Más o menos unos veinte minutos posteriores al épico final de la apuesta, el tipo empezó a sentir unos leves retortijones. Una extraña sonoridad de burbujeos se abría paso por su intestino, sin duda producidos por la ingesta acelerada y forzada del cava, produciéndole una severa licuación de jugos gástricos y líquido bebido. Algo condenado e inexorable estaba obrando en sus entrañas, y no se trataba de un puto alien precisamente. Sentía unas apremiantes erupciones estomacales que pugnaban por salir cuanto antes. Sencillamente, el tipo necesitaba evacuar o iba a suceder algo muy feo, maloliente y desagradable.


Con una mano en el estómago y una expresión de alarma en el semblante, se encaminó apresuradamente a la intimidad redentora que le conferiría el lavabo, pero estaba ocupado por un trío de cocainómanas emprendiendo su particular viaje con la dama blanca. Golpeó el marco de la puerta con el puño exclamando un comprensivo "¡Hijas de puta! ¡A drogaros al coche, coño!". Se dio media vuelta directo a la salida sorteando grupos de estridentes carcajadas, bocas sonrientes de dentaduras irregulares, miradas ensimismadas en los móviles, diálogos inconexos y preguntas formuladas con jovialidad tales como: "¿qué te pasa?", "¿qué ocurre?", "¿adónde vas?", "¿estás bien?".


La acuciante necesidad de expulsar todo aquel revoltijo de efervescencias que se estaba gestando en sus tripas, se convirtió en una especie de urgencia cósmica cuando notó que su esfínter se relajaba irremediablemente. En el momento en que empujaba la puerta hacia afuera exclamando un desafinado "¡tengo que salir de aquí, jodeeeeeeeer!", todos nos giramos en redondo justo para ver como el tipo, en el tiempo en que daba tres pasos y bajo el potente haz de luz de una farola, se acuclillaba bajándose pantalón y calzoncillos. Y así, de tan embarazosa guisa y renunciando a cualquier tipo de recato y dignidad imaginables, en pos de un alivio que le supo a manantial de dioses, el tipo profirió un "aaaaaah" lastimero que se propagó en la inmensidad de la fría noche a la vez que toda aquella amalgama amarronada de materia orgánica, impactaba en la acera con vehemencia, produciendo un sonido de acuosa pastosidad.


Para cuando hubo acabado, debido al brusco contraste de temperaturas, la feroz deposición expelía vapores semejando una perturbadora forma de vida extraterrestre.


 


Tags: Indigestión, diarrea, heces, urgencia, estomacal, intestinal, Carnal Diafragma

Regurgitado por Cabronidas @ 17:16
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Jueves, 12 de septiembre de 2013

Ay, ay, ay, Mierdecillas Mierdecillas, ¿quién te ha nublado el juicio y ha hecho que una y otra vez me tires caquita?


Hace ya un tiempo, en un post de Fiona me encontré la primera caquita. Por aquel entonces, el lloriqueo pueril de Mierdecillas me hizo gracia y solo pude pensar: "vaya, otro tontorrón que me tiene en su entrecejo". Aparte, tampoco tenía ganas de enzarzarme en el típico "caca culo pedo pis" que a veces se arma en los blogs. Ni que Fiona, pese a su conocida permisividad con los comentarios, luego tuviera que venir a limpiar su casa y tirar de la cadena. Días previos a mis vacaciones en Shangri-La, no sin cierta carcajada, vuelvo a tropezarme, esta vez en el blog de Tripi, el último mono y Míchel, con la segunda caquita de Mierdecillas dirigida a mí, utilizando una errática retórica de reverso de bolsa de pipas, acusándome de lo mismo: que mal comenté vete a saber qué en su blog.


Quién sabe por qué una persona es de una manera y no de otra. Puede que Mierdecillas, en una época delicada de la vida como es la infancia, sufriera acoso escolar o que incluso sus progenitores le obligaran a fumar en papel de plata cuando, a según que edades, lo que hay que almorzar son vasitos de leche con cola cao. Quizás de adolescente, Mierdecillas tenía la cara sembrada de un horrible acné purulento y eso provocaba verdadero terror entre las chicas del instituto. Incluso, por qué no, para evitar las crueles burlas y mofas de las que era objeto en sus tiempos de colegial, Mierdecillas pasaba los días haciendo campana para sumergir el hocico en pañuelos empapados de gasolina hasta quedar aturdido. El caso es que Mierdecillas parece... no sé cómo decirlo: ofendido, provocado, malhumorado...En definitiva, que el nene tenía una espinita que necesitaba desclavarse. El caso es que dicha espinita que tanto le incomodaba no se la he clavado yo, y puesto que aquellos que lo conocen afirman que detrás de toda esa pose de King Kong de cartón piedra, Mierdecillas es un animalico tierno, afable y portaestandarte de la sinceridad, entenderá que como está equivocado y sin ánimo alguno de que se sienta especial, tenga yo que ofrecer al mundo bloguero este artículo.


Porque verás, Mierdecillas, yo nunca he comentado nada en tu blog, pese a que sí que es verdad que hay alguien, incluso más oligofrénico que tú, que de vez en cuando se dedica a comentar con mi apodo. Lo ha hecho en el blog de Fiona y en el de tus colegas Tripi, mono y Míchel; y creo recordar que una vez en el de las Masqueperras y con toda seguridad también en el tuyo. Nene, que tú hayas sido el único que ha caído de cuatro patas en las provocaciones del mencionado suplantador hijoputa, dice mucho. Eso me lleva a pensar que el más tonto de los maños siempre acaba concursando en gran hermano; aunque tú probablemente no superarías el castin por ser aún más tonto.


Obviamente, que te lo creas o no, para mí es tan importante como el número de veces que entras al lavabo al cabo del año para sentarte en la taza y hacer honor a tu nombre, pero hay lectores que quizás en algún momento se han preguntado qué hay de verdad en ese par de pataletas de bufón rural en las que sacas mi apodo a relucir. Creo que tienes que cambiar de camello o esnifarla de más calidad; y ni se te ocurra dejar de escribir. Si algo me gusta de la blogosfera es que haya diversidad, y eso implica que tenga que haber de todo; incluso divertidos personajillos escatológicos como tú, que van de duritos con una prosa anodina, ramplona y volátil que de vez en cuando y sin que haga falta, alegran los días a tipos como yo.

En realidad, Mierdecillas, creo que eres un buen chavalín, por lo que a buen seguro también sabrás perdonarme.


Mierda, cagao, culo. 


 


Tags: Me da la risa, me descojono, me parto, me troncho, Green Jelly

Regurgitado por Cabronidas @ 22:12
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S?bado, 07 de septiembre de 2013

En las películas de Jennifer Aniston todo resulta mucho más fácil y aséptico. Por ejemplo, tu jefe te permite a regañadientes irte de vacaciones a las fiestas de la Pilarica como si te concediera el favor de tu vida pese a que tienes unos días para hacerlo, pero acabas en París. Y ella que tiene tres días de asueto, los emplea en coger un vuelo dirección a París aunque en la oficina dijera a sus amigas que se iba a las fiestas del Pilar. No sabemos cómo, pero en esa oficina donde no se sabe muy bien qué trabajo desempeña Jennifer, es asombrosamente sencillo disponer de días libres. Su jefe es diferente al tuyo y le recomienda que disfrute y le da un abrazo.


Sentada con las piernas cruzadas en la butaca del vestíbulo del hotel, con la naturalidad de quien ha vivido más tiempo en hoteles caros que en su propia casa, se acerca un dandi a ofrecerle fuego justo en el momento en que ella, con ademán despreocupado y la mirada en ninguna parte, se lleva un cigarrillo a los labios. Tú estás espatarrado exhibiendo paquete en las escaleras de la entrada de un hostal, cuando se acerca una lumi retirada mucho mayor que tú a pedirte un cigarro. El dandi le invita a una copa tan solo apta para paladares adinerados. La lumi que ya no ejerce como tal, te pide con voz aquejada de ronquera pasta para una cerveza. Jennifer y el dandi tontean nimiedades ocurrentes y surge un diálogo chispeante: se declaran adictos a la exquisitez de la Nouvelle cousine aunque nunca la hayan probado, y admiradores de las fantásticas gárgolas que otean desde lo alto de la catedral de Notre Dam.


La mujer que antes era lumi te habla con verborrea errante de sus viajes de LSD de su juventud, del precio del bacalao en el mercado de "bidonville" y te pide pasta para otra cerveza. Jennifer, aunque jamás lo es en la intimidad ni cuando está con las amigas de la oficina, intenta parecer una señorita de difícil accesibilidad y niega cuatro veces antes de subir con el dandi a la suite de lujo que se encuentra en lo más alto del edificio. La lumi y tú estáis en celo y no te importa lo más mínimo su pasado de fulana ni si sabe sumar dos más dos. Subís arrastrando los pies a una habitación apestosa mal iluminada, por la que se cuela por entre la reja oxidada de la ventana un haz de luz azul oscuro.


Jennifer Aniston besa al tipo de las copas caras con la salivación apropiada. Se disculpa yendo al lavabo, no sin antes mirarlo con travesura y posarle delicadamente un dedo insinuante que parte de la mitad de su labio superior, y baja lánguidamente hasta detenerse en el labio inferior que separa, solo lo justo, para conferirle al tipo una expresión de bobalicona fascinación. A continuación, aparece con un picardías negro satén y se acerca a la cama como una pantera caminando ingrávida entre las nubes. Él se coloca tras su espalda, le aparta el cabello que cae como una cascada y la besa en el hombro; continua hasta la oreja erizándole el vello, se sumergen entre las sábanas de seda y en la siguiente escena, aparecen fumando relajados y hablando de A l'interieur de Bustillo y Maury, película cuyo tema resulta un tanto inapropiado después del ritual pélvico.


Pero nada más lejos de la realidad. Llegas a la puerta de la estancia con la lumi y te cuesta un enorme derroche de concentración abrirla, ya que en los hostales a veinte pavos la habitación con manta no rocían 6 en 1 en las cerraduras. Entráis casi desvestidos para tropezar en una cama donde habrán campado a sus anchas muchos gusanos y no precisamente de seda. Sabes que le huele el aliento porque te acaba de eructar sin querer en la oreja. Ella se disculpa y va al lavabo a mear y a cagar. Oyes como tira de la cadena y el wáter vuelve a hacer una vez más, historia. Sale, tú te disculpas y vas al lavabo. Parece ser que no ha pasado la escobilla, pero es que resulta que no hay escobilla. Mierda, escupes, meas y tiras de la cadena mirando como el agua se lleva toda la basura. Vuelves e intentas desabrocharle el sujetador, pero resulta imposible y se lo quita ella resoplando. A continuación se descalza y un hedor denso enrarece el ambiente. Os desnudáis por completo a excepción de tus calcetines del Capitán América que te otorgan un inclasificable toque de distinción. Os besáis en una descoordinación atropellada; deslizas tu lengua panza abajo hasta la zona radiactiva: huele. Deslizas tu boca panza arriba hasta colocarte encima de ella; cargas, apuntas y... Arma encasquillada.


Después del incómodo silencio posterior a ese momento que todo hombre que se precie sufre al menos una vez en la vida, intentáis retomar la acción pero esta vez con la debida protección plastificada. Besos, lametón, tocamientos, soplo en la oreja, erección... Cargas, apuntas... Y esta vez no hay un disparo de fogueo sino un disparo prematuro, absolutamente precoz. Ella mira al techo preguntándose qué la condujo a estar en esa habitación contigo, y tú miras a cualquier otro sitio que no sea su cara con la certeza de que todo ha ido estrepitosamente rápido. Sales de ella destrempado y con cuidado, no fuera que se quede todo ahí dentro.


Piensas en darle conversación pero no hay sitio para las palabras, y pronunciarlas sería como decirle a alguien te quiero cuando todo se acabó hace tiempo. Ella coge uno de tus cigarrillos con indiferencia, con los dedos arrugados y el gesto gastado de quien ha escuchado una canción tantísimas veces que ya no sabe de lo que habla. No puedes dormirte y piensas en ofrecerle otro tipo de placer; quizás pasear las manos por su piel en incipiente decrepitud y masajear sus hombros y su espalda mientras sus pómulos se estrechan como los de un cadáver entre calada y calada. Por supuesto, no sin antes haber ido al lavabo y comprobar que el condón no sea el uno entre mil que las multinacionales del sexo blindado agujerean para asegurarse futuros clientes de aquí a quince años sino antes.


Querida Jennifer, esto nunca nos lo cuentas.


 


Tags: Jennifer Aniston, Hollywood, cine, comedia, Pantera

Regurgitado por Cabronidas @ 10:09
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Lunes, 02 de septiembre de 2013

Cada vez que oigo hablar o leo algo de la película Fóllame, la recuerdo como aquella deposición fílmica de estética deplorable salida de la novela con mismo título, que sin ser pornográfica contiene secuencias de sexo explícito. Supongo que de ahí su incomprensible polémica, aparte de que las flojas escenas de violencia rayan el insulto directo al espectador menos exigente de lo mal ejecutadas que están. Y es que os aseguro que esta conocidísima escoria del celuloide no vale ni para pasar el rato.


La historia nos presenta a dos mujeres que viven en barrios marginales. Por un lado está Nadine, que se gana la vida como prostituta, y por otro lado está Manu que protagoniza películas pornográficas. Trabajos que la sociedad en general, por muy moderna y tolerante que se quiera vender, sigue considerando supuestamente amorales, indignos y vejatorios. Un día, Manu y una amiga son violadas salvajemente por un trío de indeseables con las pollas más hambrientas de lo debido. Manu, acostumbrada a ser penetrada sin deseo por varias pollas desconocidas como medio de vida, regresa a casa como si nada ilegal le hubiera ocurrido. En una acalorada discusión con su hermano sobre lo acontecido, Manu lo mata de un disparo en la frente con la pistola que este pretendía utilizar contra los violadores.


En otro lugar de la ciudad, Nadine también mantiene una fuerte trifulca con su compañera de piso, cuando esta la desprecia e insulta por su dependencia esclavista que mantiene con su amigo proxeneta al que tiene que ir a ver para hacerle un favor fuera de los márgenes de la ley. Sin embargo, su amigo muere acribillado a balazos algún rato después de que Nadine, ofendida por las palabras de su compañera, la asesina en un torpe forcejeo estampando su cabeza repetidamente contra el suelo. El destino, que es caprichoso y no hace más que jugar con nosotros a su antojo, hace que Nadine y Manu se conozcan y... ¿Qué pasa a continuación? Puede que tan poca elaborada premisa intente servir de justificación para el posterior desarrollo de la película, con lo cual intuyes que estás ante una producción pretenciosa que intenta provocar sin conseguirlo, muy obvia y extremadamente previsible.


Lo que ocurre a continuación es que Nadine y Manu están hastiadas de que la cruda realidad de sus miserables vidas las abofetee una y otra vez. Se reconocen como dos perdedoras, dos víctimas del infortunio más injusto, dos almas gemelas asqueadas por unas vidas que quizá les vendieron rotas y por la violencia machista. Llenas de rabia y desubicadas en un mundo de hombres que probablemente siempre han odiado, deciden iniciar una especie de enloquecida cruzada catárquica, preñada de sexo, drogas y asesinato, consistente en follarse y matar a cualquier hombre que se les cruce en su sangriento camino sin retorno.


De todas maneras, siempre diré que en el mundo del cine vale absolutamente todo, y en favor de este excremento de bajo presupuesto y de rodaje menos que mediocre, debo decir que la banda sonora está bien elegida y es altamente aprovechable. Y para ser más que justos, la novela, aunque no mucho, está algo mejor, lo cual tampoco es nada difícil. Así que ya sabes: si eres una feminazi, semejante bodrio te encantará y hasta puede que te sientas identificada y te masturbes incluso. Si como yo, te gusta tanto el cine que estás dispuesto a tragarte lo que sea, después de verla al menos podrás opinar.


Y oye, que si eres un misógino malnacido, sin lugar a dudas tu película es Murder set pieces.


 


Tags: fóllame, polémica, Virginie Despentes, Nadine y Manu, Las vulpess, Baise-moi

Regurgitado por Cabronidas @ 14:00
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