Jueves, 30 de enero de 2014

Como Edward Norton en El club de la lucha, me encontraba a altas horas de la noche tumbado en el sofá con la mirada insomne frente al televisor. Estaba rodeado de latas de cerveza, había una pizza a medio comer en la mesa y al lado un cenicero reventado de colillas. La única parte de mi cuerpo que parecía estar viva era la mano con la que sostenía el mando a distancia y el dedo con el que cambiaba de canal una y otra vez con ademán autómata. De pronto, en un segundo, apareció ella acaparando toda la pantalla: una atractiva mujer pelirroja, que desde la ventanilla bajada de un automóvil y enfatizando con gesto resolutivo, decía: "Yo a mí... Yo no sé los demás qué dirán, pero a mí me gustan grandes".


Nunca sabremos cuánto cobró por decir aquello. Quizás lo hizo bajo la promesa de aparecer como extra en alguna pestilente película de Almodóvar. ¿Acaso fue un descarado ejercicio de sinceridad? ¿Puede que un claro y desafortunado menosprecio a los que están pobremente dotados? ¿O sencillamente una verdad ancestral e irrebatible? Pese a mi desvelo vegetativo, caigo en la cuenta de que no se refiere al coche en el que va montada, pues se trata de un anuncio sobre un aparato de apariencia extraña y de uso antinatural y diabólico llamado ridículamente Jes Extender. Para quien no lo sepa si es que hay alguien, el artilugio en cuestión ha sido concebido para aumentar la longitud y el grosor de la polla humana y en consecuencia, enfocado para un potencial comprador insatisfecho e iracundo con la madre naturaleza que cree que esta se ha portado mal.


Sin nada mejor que hacer, mientras me rascaba el testículo izquierdo, se abrieron en mi mente ciertas cavilaciones: las más consideradas dicen que lo mejor es un tamaño normal, intermedio. Las que se creen chulas dicen que lo que importa es el tamaño del cerebro; del de la polla ya se encargan ellas. Las que nunca se manifiestan ni de un lado ni de otro, dicen que lo importante es saber usarla indistintamente del tamaño. Y no es que yo ahonde en la incredulidad, pero me sigo creyendo más que a ninguna a la chica del pelo cobrizo.


 


Tags: tamaño, pene, polla, Jes Extender, mujeres, anuncio, Chemical Assault

Regurgitado por Cabronidas @ 18:06
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Mi?rcoles, 22 de enero de 2014

El pasado 18 de Enero de este año, casi rozando el nacimiento del domingo, volvíamos de un concierto de Dream Theater que se dio lugar en el Sant Jordi Club, Barcelona. Íbamos cinco en el BMW con la satisfacción que otorga el haber asistido a un concierto de matrícula. El caso es que la intrascendencia de lo ocurrido en el trayecto de regreso a casa o, mejor dicho, a algún bar abierto, nada tiene que ver con la música en directo. Hacía frío y lloviznaba de manera intermitente en varios puntos del camino, cuando un kilómetro después de dejar atrás Monistrol de Montserrat, vislumbremos en la oscuridad de la noche la figura de un encapuchado que, ligeramente encorvado, caminaba a grandes zancadas por el arcén. Parecía solo un tipo inofensivo con prisa, y nosotros éramos cinco, por lo que consensuamos pararnos para ver si necesitaba ayuda o le había ocurrido algo. Era un muchacho de entre unos veinticinco o veintiocho años que nos explicó que se había quedado tirado en Monistrol y que regresaba a su casa, ubicada en Sant Vicenç de Castellet.


No es que fuéramos valientes o excesivamente humanitarios. De haber observado algo inusual o sospechoso, nos hubiéramos largado de allí de inmediato sacando fuego de las ruedas, pero como tantos otros, sabíamos muy bien lo que es quedarse tirado por ahí en cualquier lado por las causas que fueran, o hacer dedo y que no te parara nadie. Aparte de que al chico le quedaba un frío y húmedo peregrinaje a pata de ocho kilómetros aproximadamente. De modo que como nos pillaba de paso de regreso a Manresa, decidí llevarlo a su pueblo de mutuo acuerdo entre todos. Como quizá estéis presintiendo, no circulamos ni cuatro kilómetros cuando me dieron el alto dos miembros de las fuerzas represoras, y mientras aminoraba la marcha hasta detener el vehículo, les dije a los de atrás un escueto "dejadme hablar a mí".


El mozo de escuadra, con un "buenas noches", me preguntó de dónde venía, a dónde iba, y sobre todo, qué hacíamos seis tíos circulando en un coche con capacidad de cinco ocupantes como máximo. El mozo de escuadra, atento, escuchó de mi boca un resumen de lo anteriormente narrado unas lineas más arriba del post, a lo que cuando finalicé, apostilló que seguía siendo peligroso y motivo de sanción y que no podía ser. Con fingido abatimiento y resignación, le dije "mire, tiene usted razón. Yo pago la multa y aquí os dejo al chaval y haced lo que queráis con él. Venga chaval, bájate que los mossos no quieren que te llevemos, ya se ocuparán ellos...". No acabé la frase cuando se obró un cambio más que notable en las intenciones del mozo. Como he comprobado otras veces, parece que si delegas en ellos ciertas responsabilidades, se tornan altamente razonables y flexibles respecto al incumplimiento de según qué leyes. Con lo cual, dijeron que llevara al chaval hasta Sant Vicenç de Castellet y que luego, como teníamos intención de hacer, nos fuéramos a Manresa (a buscar un bar abierto). Que ellos lo comprobarían e irían patrullando por la zona y que no me querían volver a ver en todo lo que quedaba de noche con seis personas dentro del vehículo. Si no, procederían a la sanción pertinente.


Qué buenos que son los mozos por perdonarme la multa. Con ellos dando por culo, me siento más seguro que Iker Casillas.


¿Quién dijo proteger y servir?


 


Tags: Dream Theater, mossos de escuadra, anécdota, vehículo, bar

Regurgitado por Cabronidas @ 17:05
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Jueves, 16 de enero de 2014

Atención, algo condenadamente extraño le está sucediendo a Lena Prado, pero empecemos por el principio.


Son las cinco de la tarde y a Lena le están creciendo un par de testículos. A ver si me explico: ahora mismo, los cojones nacientes de Lena Prado son más grandes que la propia Lena Prado. Lleva horas sumida en una enajenante perplejidad, mientras asume, enmudecida y aterrada, su desconcertante mutación. Entre el horror y la fascinación, intenta encontrar un sentido a su abominable trasformación. Sobre las tres y media de la tarde, mientras se atusaba distraídamente su frondoso vello axilar tumbada en el sofá, comenzó a sentir un lacerante picor en su tupido tabernáculo. Esto, en principio, no la preocupó demasiado. Desde su primera menarquía que no higienizaba sus partes nobles, por lo que acostumbraba a hospedar a una variada e innumerable forma de vida parasitaria en dicha zona. Sin embargo, después de aquel picor incómodo notó una molesta sensación de tirantez, por lo que se despojó de las bragas, se incorporó hasta quedar sentada, abrió las piernas y contempló que de ella pendía un escroto que abrigaba sin atisbo alguno de dudas, un buen par de perfectos y ovalados testículos que pendulaban en insolente armonía rozando el suelo.


Se llevó una mano a la boca para acallar un grito y un llanto floreciente, mientras que sus ojos miraban frenéticos en todas direcciones buscando alguna explicación. Lo primero que pensó fue en ir a la cocina, hacerse con el cuchillo más afilado y cercenarse el escroto y tirarlo a la basura. Desde luego y nunca mejor dicho, tenía huevos para hacerlo, pero desechó la idea de morir desangrada y profirió una risotada histriónica por la incomprensión de aquella situación desquiciante. Se le ocurrió que podría llamar a urgencias; sí, eso es: vendrían a por ella, la llevarían a quirófano y le extirparían aquel par de malditos cojones. Pero justo cuando se disponía a alcanzar el teléfono, a los dos primeros pasos se elevó en el aire y sus pies dejaron de tocar suelo. Su escroto, ahora compacto y redondo, había aumentado al tamaño de un seiscientos. Lena se encontraba sentada sobre sus propias pelotas en un precario equilibrio, oscilando como una boya en altamar. Hasta que finalmente la gravedad ganó la partida y rodó hacia delante impactando de bruces. Su cara se estrelló con violencia produciendo un sonido sordo, pero Lena era una mujer dura y no se permitió ninguna lágrima, aun cuando el dolor de haberse roto el tabique nasal y un par de dientes le laceró el rostro como un latigazo de fuego.


Lena permaneció unos segundos aturdida en un mundo de sombras. Pasados unos minutos, recobró la visión y en un gesto inconsciente pasó el dorso de su mano por la cara, ensangrentándola. Ante ella tenía el ancho pasillo que en poco más de siete metros acababa en la puerta de entrada de su piso de planta baja. Solo tenía que cruzar aquel tramo de superficie, alcanzar el pomo de la puerta y salir a la calle. Una vez fuera, los transeúntes la verían y los menos cobardes acudirían en su ayuda. Intentó ponerse en pie pero le resultó imposible, así que pertrechada de esperanza y con la resolución que otorga el instinto de supervivencia, empezó a arrastrarse como si fuera una enorme araña de cuatro patas, espeluznante criatura de pesadilla. Desde el suelo y con el peso que tenía que desplazar, aquellos casi ocho metros de pasillo parecían la distancia insalvable de una vasta autopista. Se arrastraba pesadamente, resoplando y respirando con dificultad, intensificando a cada movimiento de piernas y brazos el dolor que palpitaba furioso en su nariz destrozada.


En aquel reptar tortuoso, creyó sentir la mirada solemne de aquellas fotos de rostros enmarcados que flanqueaban ambos lados del pasillo. A su izquierda la miraban sus amigas Cabeza Reducidita, Arma Di, Shakesphobic y Mia Mo. A su derecha y con igual impasibilidad, la contemplaban Virginie Despentes, Valerie Solanas, Margarita Nelken y su médico de cabecera, Josef Mengele. Todas ellas eran personas a las que quería y admiraba, por lo que se infundía ánimos diciéndose a sí misma que no podía fallar. Tenía que lograrlo y despertar victoriosa del delirio enfermizo en el que estaba inmersa. Cuando pareció que el pomo de la puerta dejaba de ser una mera visión a ser algo palpable y real, el escroto de Lena volvía a crecer. Las paredes empezaron a agrietarse desde el suelo hasta el techo. Crecían y crecían. El pasillo se derrumbó en un montón de escombros y los cristales por donde entraba la luz de la noche empezaron a resquebrajarse. Crecían y crecían. Los ventanales y las paredes exteriores estallaron como metralla mortal en todas direcciones ocasionando múltiples bajas. El escroto de Lena se extendía por la civilización como un alienante mar de lava y ella, desprovista de toda cordura, abrasaba sus cuerdas vocales en gritos desgarradores de sinrazón e impotencia.


Los cojones de Lena Prado crecían y crecían. Con los primeros rayos del sol, el caos ya se había adueñado del mundo y la locura del universo.


 


Post scriptum: Todos los nombres y nicks que aparecen en esta breve narración kafkiana, corresponden, algunos, a personas que existen y otros, a personas que han existido. Todo escrito desde el cariño. 


Tags: Lena Prado, Todas somos Yoko Ono, Carcass

Regurgitado por Cabronidas @ 6:03
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S?bado, 11 de enero de 2014

En este mi blog que también es vuestro, aunque sí he escrito parcialmente y a la ligera de las redes sociales, nunca les he dedicado un artículo donde esparcir y desarrollar en él mi parecer al respecto. Quizá lo haga más adelante pero no ahora, que por lo leído en otras bitácoras, es un tema que se ha tratado últimamente. Por otro lado, no es que el rap y el hip hop me apasionen, aparte de que me considero profano en dichos ritmos, pero cualquier cosa que pudiera decir yo sobre, por ejemplo, Facebook y Twitter, ya lo ha dicho Tote King con acierto inigualable. Así que, bien pensado, quizá nunca escriba sobre las redes sociales.


Tote King, como buen visionario, me leyó el pensamiento.


 


Tags: Redes sociales, Tote King, Facebook, Twitter, rap, hip hop

Regurgitado por Cabronidas @ 12:31
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Jueves, 02 de enero de 2014

Llevo año tras año reincidiendo en un error de calificación, que estriba en tachar de hijos de puta a fascistas, dictadores y opresores en general. No es correcto decir, por ejemplo: Franco es un hijo de puta, cuya madre puta entre las putas, lo alumbró allí en El Ferrol, criadero inmundo de fachas y por ende, de hijos de puta. Y no es que yo sienta más desprecio y aberración por el caudillo, que otros seres de diverso calado histórico y más o menos misma ralea, como Mussollini, Hitler, Stalin, Husein, Abu Minyar al-Gaddafi, Walter Ulbrich, Mao Zedong, Pinochet, Wojciech Jaruzelski y demás ratas aborrecibles y asquerosas y en definitiva, asesinos en masa.


El caso es que encuentro demasiado benévolo calificar de hijos de puta a toda esa variedad de basura humana, que a tantos millones y millones de personas han privado de su vida y un mejor destino. Más que nada y entre otras cosas, porque entre las prostitutas que lo son por necesidad, las hay decentes, honradas, y en consecuencia, buenas personas. Y siendo así, incurro en un error y no es de recibo que los considere hijos de alguna de ellas. Sin ir más lejos, todo anciano y anciana de esta España inculta, cerril y mohosa que haya sufrido el azote inmisericorde de la tiranía, dirían que Franco fue parido por una mula, que como ya se sabe, es una de esas bestias del reino del señor que son híbridas y estériles. Y que por consiguiente, no vio la luz por el orificio esperado y natural; ese que únicamente tienen las hembras y desata las pasiones más turbulentas y hasta se derrocan imperios. Sino que fue parido por el culo de la mula por donde hay un orificio, que como es bien sabido y también de forma natural, acostumbran a salir gases malolientes y la mierda.


Y es que creo que he iniciado el año nuevo con una inexplicable sensibilidad que hace que sea más delicado y correcto en todo aquello que escribo y hablo. Por lo que a partir de la publicación de este artículo, al dirigente Mariano (ese barbudo con gafas, trajeado, embustero y demagogo), que casualmente y como el generalísimo, también es natural de Galicia, lo calificaré como malnacido de mierda. Y así yo contento, y las putas y las mulas, también. 


Feliz reciente 2014.


 


Tags: Franco, dictador, fascista, opresión, España, Ska-p

Regurgitado por Cabronidas @ 13:37
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