S?bado, 31 de mayo de 2014

1. Como en el mundo tiene que haber de todo, el Emo tiene derecho a nacer (porque un Emo nace, no se hace) aunque inmediatamente después del milagro necesite horas de incubadora y al crecer se dé cuenta de que la vida es dura y se arrepienta.


2. El Emo tiene derecho a plantarse delante del espejo el rato que considere necesario para ensayar poses y poder maquillarse y vestirse hasta el extremo de hacer indeterminable su sexo.


3. Los Emos tienen derecho a ser andróginos aunque eso cause pena y risa a partes iguales.
 


4. Los Emos tienen derecho a ser utilizados como blancos en campos de tiro con arco.


5. El Emo tiene derecho a que se le apalice diariamente con el único fin de animarlo y desproveerlo de su tristeza y depresión.
 

6. El Emo y solo el Emo, tiene derecho a llorar desconsoladamente como un dibujo manga si, por ejemplo, está sentado en la taza del retrete tocándose distraídamente el piercing de la nariz y ve que el rollo de papel higiénico se ha acabado.


7. El Emo, puesto que es una subespecie improductiva sin oficio ni beneficio, tiene derecho a pedirle a sus padres, bajo la amenaza de cortarse una oreja si se niegan, tanto dinero como se requiera para comprar ropa e ir a conciertos de My Chemical Romance y Tokio Hotel.


8. El Emo tiene derecho a poder acceder cuando lo crea necesario, a todo tipo de cuchillas y utensilios cortantes para poder utilizarlos contra sí mismo y así hacer más soportables sus crisis existenciales.


9. Los Emos, dada su predisposición a sangrar, tienen derecho a ser sujetos preferentes en snuff movies y sacrificios en los cuales se invoque al Innombrable.


10. Los Emos tienen derecho a recibir toda clase de ayuda que necesiten en sus intentos de suicidio.



 


Tags: Emo, emocional, emotivo, suicidio, tendencia

Regurgitado por Cabronidas @ 12:46
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Lunes, 26 de mayo de 2014

El aburrimiento, cuando no es buscado, conduce a la incuria y la sandez, cuando no a la asechanza y al infundio, que en manos poderosas, me dan mucho miedo. Apenas me aburro porque no sé, pero cuando me han aburrido me he irritado. Me irrita que me obliguen a ir de compras a los centros comerciales, como si se tratara de una especie de visita turística en la que detenerse en cada puta estantería, porque me hastía profundamente y tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo sin proponérmelo. Me irritan, y cada vez lo disimulo menos porque cada vez soy menos hipócrita, las personas que sin preguntarles nada, me hablan de lo que no me incumbe ni me importa. Pero más que todo eso, me irrita que aún hay quienes esperan, por ejemplo, que debo creerme que la infanta contesta la verdad, y es realmente tan desmemoriada e ignorante respecto a los asuntos de su marido, como se muestra en el tribunal. Me irrita que aún hay quienes creen que la democracia no es más que la borregada yendo a meter el sobrecito en la urna, cuando para mí, es un concepto muchísimo más amplio y complicado. Y podría continuar y continuar hasta provocar... eso, el aburrimiento.


La ruindad y la soberbia, que combinadas son peligrosísimas, abundan entre los monárquicos, los votantes concienciados y los patriotas. Y es que ya lo dijo el ilustre Dr. Johnson: "El patriotismo es el último refugio de los canallas". Por lo tanto, un patriota es un palurdo malintencionado y la mayoría de veces, racista. Y lo peor y quizá lo más triste, es que tienen sus defensores y adeptos. No entenderé nunca que cualquiera se sienta mejor o distinto que otra persona por haber nacido en un lugar o en otro. Y eso que yo nací y me crié en un pueblo minero rodeado de montañas, circunstancias las cuales dicen los viajantes, imprimen belleza y carácter. Aburridos patriotas y patriotas aburridos rebosan en cada esquina, y en una pared de una de esas esquinas, conduciendo camino a mi casa saliendo del trabajo, alcance a leer esta quimera en grafiti: "Malnacidos y embusteros, ya sois conocidos. Acabaréis todos como Isabel Carrasco". Y todas mis irritaciones desaparecieron en una gran sonrisa.


 


Tags: Patriota, racista, monárquico, Habeas corpus, Isabel Carrasco

Regurgitado por Cabronidas @ 19:16
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Lunes, 19 de mayo de 2014

Doña Miconio, que contaba cerca de setenta y siete años de edad, se despertaba temprano y se levantaba con el sol. Después de hacer la colada y al tiempo que tarareaba para sí canciones populares escandinavas, tendía la ropa en el balcón de su modesto piso de sesenta metros cuadrados. Justo cuando acababa de pinzar su faja donde cabría sin dificultad el Increíble Hulk, se detuvo a observar a las ordinarias de abajo que parloteaban a viva voz mientras transitaban de un lado a otro por el mercadillo. Aquella aglutinación de verduleras se desplazaba sin orden ni concierto por el resbaladizo adoquinado de la plaza como una indisoluble, compacta, y correosa plaga de cucarachas: gritaban con estridencia, se daban codazos, manoseaban las piezas de fruta, desplegaban la ropa de sus tenderetes para luego no comprarla y dejaban todo hecho una santa mierda. Respiró hondo y exhaló con lentitud, como si al hacerlo admitiera, a desgana, reconocerse en aquel tumulto vociferante. Se dio la vuelta y asió los calzoncillos de su marido y los tendió junto a su faja, haciendo desaparecer de su campo visual aquel sol que recién despuntaba en toda su plenitud. Corría una fresca brisa que hacía ondear con reverencial majestuosidad aquellas prendas íntimas como lo hicieran siglos atrás los imponentes estandartes romanos. Doña Miconio se metió dentro del piso y al cabo de pocos minutos volvió a salir con un moderno catalejo entre las manos. Lo colocó sobre su trípode con ademanes hábiles, muestra inequívoca de que lo había hecho otras muchas veces, y se dispuso a otear todo aquello que desde su balcón se le ofrecía.


Doña Clitoria, de setenta y nueve años de edad y en consonancia con muchos de sus coetáneos, también amanecía con el sol y el trino bello y musical de los pájaros, que contrastaba con la sonoridad de las flatulencias que dejaba escapar como recibimiento al nuevo día. Siguiendo su propio ritual, mientras la lavadora empezaba a trabajar a horas tempranas, doña Clitoria llamaba a su gato con leves siseos sabiendo que no aparecería hasta que el hedor de las ventosidades se disipara. De hecho, no en vano lo bautizó con el nombre de Homero, pues ella tenía la firme convicción de que el gato consideraba que sus malolientes pedos, que producían un sonido semejante al desgarro de una sábana, eran originarios del inframundo. El mecanismo de la lavadora se detuvo, se apagó la lucecita roja que indicaba que el programa seleccionado había acabado, y empezó a tender la ropa ante un esplendoroso sol recién nacido. Le encantaban aquellas mañanas de sábado en las que poder asomarse al balcón, y ver el mercadillo abarrotado de gente y su frenética actividad. Pequeñas corrientes de aire le traían, ahora sí ahora no, aquel olor inconfundible y característico del detergente y el suavizante que desprende la ropa recién lavada, y eso la hacía sentir especialmente feliz y satisfecha. Pero no tanto como lo que estaba a punto de hacer. Doña Clitoria entró en su piso y al momento apareció con unos magníficos binoculares que también servían para visión nocturna, que colgaban de su nuca hasta la boca del estómago. Se los llevó a los ojos con gesto acostumbrado, expertamente colimó los prismas hasta obtener una definición óptima, y empezó a observar todo cuanto tenía a su alcance con un rictus de concentración.


Quiso el destino en uno de sus caprichos, que la vida de estas dos venerables ancianas, antes de ser ancianas y ni siquiera señoras, se cruzaran cuando tan solo eran dos jovencísimas señoritas con todo por aprender y experimentar, dando inicio a lo que acabaría siendo una larga y sólida amistad hasta los días presentes, de tal manera, que se casaron en una boda doble y fueron a vivir a la misma zona residencial. Aquel complejo urbanístico en el que echaron raíces, consistía en un gran bloque rectangular de diez plantas más el dúplex, flanqueado en ambos extremos por una torre de veinte, construidas en diagonal casi como si se miraran la una a la otra. Quién sabe si por lo privilegiado de las vistas, por su posición estratégica o por alguna singular razón que solo ellas conocían, doña Miconio optó por la torre de la derecha y doña Clitoria por la de la izquierda. Y al poco de vivir allí, ambas desarrollaron una afición que han ido perfeccionando con el trascurrir de los años hasta el día de hoy. ¿Para qué instalar un caro y complicado sistema de alarma en aquella gran comunidad, en un intento de preservar la seguridad y evitar posibles robos? Aquellas dos inofensivas ancianitas, formaban un dúo de vigilancia no remunerada de una efectividad y fiabilidad impecables. Durante todo el año y las veinticuatro horas del día, alternándose o simultáneamente, observaban desde sus atalayas con disciplina militar, todo lo que acontecía en un radio de dos kilómetros a la redonda. No existía sobre la faz de la tierra un sistema de vigilancia como aquel. Nada, absolutamente nada, escapaba de los ojos avizores y escrutadores de aquellas dos centinelas de la tercera edad.


Tanto es así, que una vez el resto de numerosos habitantes de aquella zona residencial entre los que me cuento, superamos lo que creíamos una despiadada intromisión a distancia de nuestras vidas e intimidad, un control opresivo de nuestros movimientos, tuvimos a bien el nombrarlas La Vigía y La Corresponsal. Y no hace falta que Iker Casillas me diga lo que ya sé: con doña Miconio y doña Clitoria barriendo el perímetro donde vivo como dos radares incansables... me siento seguro.


 


Tags: La polla récords, vigilante, espía, vecinos, comunidad

Regurgitado por Cabronidas @ 14:59
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Martes, 06 de mayo de 2014

Subo al púlpito de los jactanciosos y me alzo ante un vulgo cómodamente sentado. Tengo que vomitar un discurso y hacer que se les meta en la cabeza, pero el nerviosismo hace que las palabras se atropellen en mi garganta y tengo la impresión de que sus oídos están saturados de mierda naranja. Así que me imagino a toda esa agrupación de oyentes, desnudos. Al cabo de pocos segundos, muertos; y finalmente desnudos y muertos. Entonces empiezo y las palabras se liberan, fluctuando en un capricho imprevisible por toda aquella aula abarrotada, a medida que voy sumergiéndome en mi propia cadencia discursiva. No recuerdo qué perorata vertí sobre ellos cuando finalicé y volví a emerger a la realidad. Y ahí seguía toda aquella numerosa caterva de oyentes como si fueran maniquíes; no muertos pero sí desnudos e inmutables, en un silencioso escenario donde el tiempo se ha detenido.


Veo al fondo a la derecha a una chica que hace pompas de jabón. Algunas están a mitad de su proceso de desintegración y otras, desordenadas e inmóviles, rodean a la chica como si estuviera atrapada en una especie de constelación jabonosa. Al lado de ella hay un joven que lanza una pequeña pelota de goma al aire, quedando paralizada por encima de su cabeza, con la mirada entornada hacia ella y la mano abierta esperando un descenso que nunca se produce. Delante del joven hay una obesa saltando a la comba, suspendida en el aire en un salto inacabado con sus dos largas trenzas apuntando al techo. Más a la izquierda hay una mujer que se está corriendo, desaguándose en un potente y arqueado chorro eyaculatorio, que queda interrumpido a pocos centímetros de la espalda de un anciano que se encuentra cuatro metros alejado de ella. El anciano, a su vez, manipula una baraja de cartas que hace correr en el aire como un abanico de izquierda a derecha con la habilidad de un ilusionista. Junto al anciano, un hombre de mediana edad tropieza hacia delante con un gesto eterno de sorpresa en el rostro, con los brazos extendidos en un intento instintivo de evitar la caída y permaneciendo su cuerpo en una inclinación imposible. A la izquierda del tipo que se precipita, una bella adolescente escupe una flema del tamaño de una nuez dirección a una de las ventanas abiertas, quedando ingrávida a medio trayecto y bañada por la luz del día confiriéndole el aspecto del más exótico de los diamantes. Hay un adulto cerca de la puerta de entrada, que...


No me pregunto en ningún momento a qué se debe la desnudez de los oyentes ni el porqué de la detención del tiempo. Sino que me esfuerzo en recordar, sin conseguirlo, qué arengué a toda esa turba de estatuas humanas para que estuvieran haciendo cualquier otra cosa menos escucharme. De pronto, a la izquierda y en el punto más alejado desde donde estoy, percibo un movimiento: es una niña de unos seis años que se acerca a mí a la pata coja como si apenas hubiera gravedad; a veces con la izquierda y otras con la derecha, como si lo hiciera en una secuencia lógica sobre las casillas de un diagrama imaginario que solo ella ve. Tiene el cabello muy largo y rubio como el trigo, sujeto con una diadema elástica que hace que caiga tras su espalda más allá de los hombros como una cascada, alterando su uniformidad a cada salto. Lleva una blusa de algodón de manga corta, por la que asoman unos bracitos que semiflexiona para aguantar el equilibrio. Sobre la blusa, luce un sencillo vestido a media pierna de un azul eléctrico, que ondea como una suave brisa a cada movimiento. Sus pequeños pies, vestidos con calcetines de seda, calzan unos lustrosos mocasines de charol de un brillo tal, que el sol parece estar atrapado en ellos.


Izquierda, izquierda, derecha, derecha y alto. Derecha, derecha, izquierda, izquierda y alto. Y de ese modo, sorteando personas desnudas con su propio espacio-tiempo congelado, llega a mi encuentro. Alto: la niña está a medio metro de mí. Su semblante es serio, casi solemne, y me mira desde abajo con sus grandes ojos verdes durante un minuto. Gradualmente, con lentitud, la comisura de sus labios empieza a curvarse hasta que su cara se inunda en una gran sonrisa. Trascurren unos dos o tres minutos en los que no aparta su mirada de la perpleja y expectante de la mía, hasta que, con una vocecita dulce y llena de aplomo, sentencia: "Un buen discurso, capullo". Y acto seguido, da un saltito dándome la espalda y se aleja de idéntica forma a como se acercó. Para cuando reaccioné y quise preguntarle sobre el discurso, no pude más que despertar.





Tags: Sueño, onírico, dormir, Dio

Regurgitado por Cabronidas @ 3:36
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