Lunes, 29 de diciembre de 2014

Lo sé, lo sé, lo sé. Dije que no habría nuevas publicaciones hasta el año que viene, pero el teclado no paraba de reclamar mi presencia. Quería, nuevamente, la caricia de mis dedos, o si acaso, la rudeza con la que hago que hable.


Ven... ven... ven... entra en mi templo. No importa de dónde vienes ni quién eres. No importa si es él o ella. No importa si me admiras o me odias. Tampoco tus inquietudes, tus pensamientos, tu credo. Solo quiero que vengas, que te adentres en mi vida hasta donde yo te permita y cosas mi alma a preguntas, que de eso se trata. Pregúntame, pregúntame, pregúntame. Alégrame el día con el más banal de los interrogantes, con el más íntimo, el más trascendental, el más ofensivo, el más necio. Venid... venid... venid... entrad todos y todas a la constelación de mis respuestas y que se perpetúe el ciclo. Pregúntame todo y nada, que Facebook y Twitter se me han quedado pequeños. Pregúntame y te haré creer que me desnudo ante ti. Así que entrad y preguntad, preguntad, preguntad. Alimentad mi ego hasta la obesidad mórbida y emborrachad mi soberbia. Haced que el pecho se me abra de la risa y las carcajadas se derramen a borbotones. Enaltéceme la polla hasta que se ponga dura como el Carbino. Ponedme tan cachonda que la humedad de mi coño sea capaz de apagar el sol. Entra a mi templo y pregúntame, y entre los dos, entre todos, dejaremos muestra flagrante y escrita de nuestra profunda imbecilidad y del gran asco que damos.


Pero, Cabrónidas, ¿estás amargado?, ¿estás enfadado?, ¿esto es una manera patética de llamar la atención? No, no y no, mi querida musa. ¿Acaso no oyes mis carcajadas rivalizando con el bramido de la ciudad?


Tan solo vomitar, querida musa. Entre trago y trago, tan solo vomitar.


 


Tags: Red social, ask.fm, pregúntame, Def con dos

Regurgitado por Cabronidas @ 19:08
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Mi?rcoles, 24 de diciembre de 2014

Otra vez más para estas fechas, alejándome de cualquier atisbo de originalidad, me iba a unir a la corriente obvia, previsible y manida de colgar el típico artículo sobre La Navidad. Sí, la gran cabrona; la hipócrita ilusionista; la vendedora de sueños de cartón, naftalina y mierda seca; la farsante que viste opulentos trajes arrugados y oculta su rostro de impostora tras maquillaje barato. Y no, no lo voy a hacer (joder, lo he hecho). Lo que sí voy a hacer es dejaros, como siempre y con mis mejores deseos, un villancico dedicado a todos vosotros/as. Y a quien siga interesando lo que aquí se vomita y excreta, encontrará nuevas monstruaciones el año que viene.


 


Tags: Navidad, El Chivi, celebración, hipocresía

Regurgitado por Cabronidas @ 8:00
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Viernes, 19 de diciembre de 2014

De acuerdo con lo que somos y echando un vistazo atrás y otro en el presente, si tuviera que imaginar un futuro en el cual no nos exterminamos, este sería muy lejano y no sería otro que el que atendiera, básicamente, a las leyes de la robótica que nos diera a conocer Isaac Asimov. Dicho de otra manera: los androides y cualquier vida artificial que fuéramos capaces de crear, sería destinada, en principio, a realizar todos los trabajos: los buenos, los malos, y los que no son ni una cosa ni otra. Nosotros, al no tener que vender nuestro tiempo, dispondríamos de él en su totalidad y cualquier actividad, incluso las básicas como nacer, cagar, comer, beber, mear, dormir, follar y morir, adoptarían insospechados matices de creatividad nunca antes experimentados.


Algunos humanos seguirían invirtiendo su tiempo en el progreso de la medicina, la ciencia y la tecnología, pero está claro que la mayor parte de la humanidad continuaría cultivando la necedad, la incuria, la inactividad y la autocomplacencia, que como ya se sabe, son unos de sus rasgos más característicos e inalienables. A saber: escribir mierdas eróticas en un blog, masturbarse con el número de visitas, pasar el día frente al espejo como acto de autoafirmación, dibujar circunferencias con el índice entorno al ombligo, mirar las esquinas de los techos, babear, mascar chicle por inercia como única muestra de vida, explotar burbujas de plástico de embalar, rascarse los genitales sin que piquen, observar un punto imaginario hurgándose la nariz, etc.


Naturalmente, tal planteamiento poco desarrollado, apunta a la filosofía trasnochada y a la ciencia ficción cutre, pero tan solo responde a una convicción decimonónica gestada desde la observación de hechos contrastados. Para todos existe un ideal de vida o un cierto futuro imaginario. O al menos existe para todos aquellos que tenemos más que cubiertas nuestras necesidades vitales. Mi ideal de vida sería mayormente quimérico y concretando mucho también contemplaría la absoluta disponibilidad de mi tiempo. Pero no tengo suerte en las apuestas del estado y tengo que seguir vendiéndolo. Además de que por el momento, tampoco podemos hacer viajes espacio-temporales. Ah, el tiempo... ese despiadado insolente con el que ya casi hemos quemado otro año. Y tampoco sabemos cuántos años viviremos en el futuro; las bolas de cristal no sirven y la manipulación de hortalizas tampoco.


Así que como el pasado ni se cambia ni se olvida, y el futuro es incierto y a menudo trunca nuestros planes, mejor vivir el presente tanto como nos dejen y podamos. Es lo que deseo para todos vosotros.


 


Tags: Death, tiempo, pasado, ciencia ficción, presente, futuro, ideal de vida

Regurgitado por Cabronidas @ 16:11
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S?bado, 13 de diciembre de 2014

Acto primero.


Por qué, por qué, por qué. Vienes a joderme en el preciso momento que escojo yo para joderte a ti. Por no caer me siento y todo son demonios y sombras. Te vistes con las caras de otras, viertes en mí tus embrujos y me requiebras alrededor. Para qué, para qué, para qué. Qué coño haces aquí si siempre hay algo que hago mal. Deseo que te mueras, sí. Tú y tú, que por no lastimaros os voy a dar la espalda y dar un salto al vacío. El suelo parece que supura ginebra, desangrándose como mis brazos. Apenas quedan cristales rotos en la ventana. Con las manos embutidas en los bolsillos, me alejo pensando en ti aun queriendo que desaparezcas, y en mi crispación los he llenado de agujeros.


Acto segundo.


Tengo los sentidos embotados de ese sabor ácido a impacto y a sangre. El vino acabado, bilis en la garganta y la ventana hecha añicos. Quise gritarte todo mi odio, pero se me iban a quebrar los dientes de tanto apretarlos. Habría podido matarte a puñetazos, pero decidí hacerlo con la habitación. Y luego arrancarme el pecho, arañarme los ojos y abrazarme a mí mismo hasta morir de amargura. Pero me asomé a la ventana, y de nuevo la brisa trajo aquella canción paseándose entre las aristas. Tus caras se difuminaban y ya no quise volver a entrar. Salté como en aquella ocasión, pero sin cristal alguno que pudiera herirme. Un suelo esponjoso como una nube acarició mis pies. Extendí los brazos con las palmas abiertas, ofreciéndome a la calidez de un sol recién nacido. Su luz bañaba mi cara como un bálsamo, y dejé que de mis ojos cerrados fluyera la ira mejillas abajo. Tan solo estaba sonriendo. Y llorando. Llorando de amor.


 


Tags: Frustración, renacer, ruptura, idilio, relación, Within temptation

Regurgitado por Cabronidas @ 16:58
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Lunes, 08 de diciembre de 2014

Las llamativas formas orondas y fondonas del Homo Botijus, nos pueden llevar a pensar que come mucho, que come mucho a todas horas, o que come mucho a todas horas y sin masticar. Pero no es así, pues todo ser humano que se precie come sin tener hambre, pero no todos alcanzan la categoría del Homo Botijus. Todo se debe, en principio, a una mala genética y peores hábitos alimenticios. El Homo Botijus, cuya denominación engloba por igual a gordos y gordas, suele embutir su deformidad corpórea en los más cutres, singulares y económicos lugares destinados a comer. Los veréis royendo, atiborrándose, rumiando y masticando incansables como si estuvieran presos de una especie de gula maligna, emitiendo gruñidos de satisfacción en esos templos del mal alimenticio, llamados Food Factory, Burger King, McDonalds y similares. La sabrosa a la vez que bajísima calidad de lo engullido se traduce en sendas lorzas, que como olas capaces de aterrorizar al marinero avezado, caracterizan lo alto y ancho de su sebosa estampa. El Homo Botijus emplea dos de sus orificios muchas más veces que el común de los mortales, pues es de lógica comestible que tanto como entra y es digerido, ha de ser expulsado. Uno es el orificio de entrada que está siempre visible, aunque parezca que vaya a desaparecer a causa de la brutal dilatación a la que someten los carrillos cuando devoran. No así como el orificio de salida, que permanece oculto en la más estricta invisibilidad, en medio de un monstruoso culo conformado por dos glúteos celulíticos de titánica soberanía. De todas formas, seré benévolo y para no abundar en la grosería, no escribiré sobre ese mecanismo que activa nuestro inteligente organismo, cuando se ve obligado a expulsar aquello que es ingerido por el mismo orificio por el que ha entrado.


No negaré que, aparte de una necesidad, el comer es uno de los muchos gozos de la vida. Pero mejor que estos no trasciendan la misma. Dejarían de tener sentido.





 


Tags: El sentido de la vida, comer, gula, gordo, gorda

Regurgitado por Cabronidas @ 23:09
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Jueves, 04 de diciembre de 2014

Exactamente hace dos minutos, acabo de sufrir una pérdida. Después de diez años de actividad aplicada e irreprochable... me ha dejado. Mi lavadora ha muerto. Gracias por todo, Fagor. Un minuto de silencio.


Tags: Lavadora.

Regurgitado por Cabronidas @ 12:14
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Martes, 02 de diciembre de 2014

Mi primera novia, a la que llamaré Bonifacio para preservar su identidad, no era una chica guapa pero estaba muy desarrollada para su edad. A sus trece años, su cuerpo era el de una guitarra de curvas precoces y armoniosas capaz de evocar en quien lo contemplara las más bellas melodías. Yo tenía un año más que Bonifacio e íbamos al mismo colegio. Una fría mañana de enero, en el recreo, Bonifacio se acercó hasta mí y me dijo que llevaba un gorro de invierno muy bonito. Casi sin pensar, nervioso y azorado, le dije que su bufanda era aún más bonita y que se la cambiaba por mi gorro. Aquella bufanda desprendía un olor revitalizante, semejante al de la tierra recién regada por la lluvia. Desde ese día, siempre que el cielo llora sobre la tierra me acuerdo de Bonifacio. Los fines de semana salíamos en pandilla a deambular por las calles, plazas y parques de la ciudad, síntoma inequívoco de que no teníamos nada mejor que hacer. En una de aquellas excursiones, Bonifacio me cogió de la mano y me separó del grupo. Estaba anocheciendo y nos sentamos en el borde de la acera, y justo cuando el manto de la noche engullía la última luz del atardecer, se acercó y me besó en la boca. Fue mi primer beso. Desde aquel instante imborrable, me quedé perdidamente enamorado de Bonifacio y mi persona y espíritu quedaron irremediablemente a su merced.


Como corresponde a nuestra naturaleza hetero, Bonifacio y yo fuimos novios casi durante un año. En ese recordado intervalo de tiempo, ella vino a mi casa y yo a la suya, donde conocí a su madre y a su padre con el que, valga decir, evidenciaba un parecido severamente acentuado que iba más allá del lógico consanguíneo: la misma frente ancha, curvada y despejada cual capó de un 600, con ese gracioso nacimiento del pelo próximo al colodrillo, que en el caso de su padre era calvicie y en el de ella un remoto rasgo de belleza primitiva. Eso sin desapercibir la curiosa desemejanza entre sus diminutas orejillas de trasgolisto, y sus enormes incisivos centrales de castor que sobresalían amenazadores, impidiendo cerrar la boca y reclamando una ortodoncia. En un principio, pudiera pensarse que la naturaleza fue especialmente cruel con mi novia y su papá. Pero no es así, puesto que tuvo a bien la antedicha dotarlos de rasgos propios: ella no tenía bigote y a su padre no le crecía el pecho. Todas las veces que iba a casa de Bonifacio nos encerrábamos en su cuarto. La mamá y el papá de Bonifacio enseguida me calaron y me consideraron un niño inofensivo. De hecho, lo era, por lo que jamás mostraron oposición al respecto. Mientras ellos hacían cosas de mayores, mi novia se tumbaba sobre su cama y yo trataba de tumbarme sobre mi novia, pero sin éxito. Ella, entre risas y con movimientos firmes, me obsequiaba cariñosos empujones que me enviaban rodando al suelo. Sin embargo, yo perseveraba obedeciendo a mi ímpetu de amor pubescente y en una de esas, cuando ella descuidó su guardia (creo que expresamente), por encima del sujetador, la recia camiseta de algodón y el gordo jersey de lana... ¡conseguí tocarle una teta!


Se acercaba el verano y como cada año, Bonifacio y su familia irían a Mallorca a disfrutarlo. Ante semejante realidad, cruda y fatídica, mi tristeza aumentaba a medida que se acercaba la fecha inminente. Me preguntaba una y otra vez, entre hondos suspiros, qué sería de mí todo un largo y cálido verano sin mi novia, hasta que una tarde le comuniqué mi profundo pesar respecto a su partida. Ella, por el contrario, más que contenta parecía exultante, y para apaciguar mi desasosiego me dijo que me tranquilizara. Que había urdido un plan.


El plan de Bonifacio, algo intrincado y asombroso para su edad, consistía en que, como me iba a quedar sin novia durante unas semanas debido a su ausencia, me había buscado una de repuesto hasta que ella regresara de la isla. La elegida era una buena amiga suya a la que llamaré Clodomiro para respetar su anonimato. Bonifacio me explicó que había hecho creer a Clodomiro que yo estaba colado por ella y que íbamos a cortar. Esto, a bote pronto, no me gustó nada. Las crueldades y mentiras del amor son imprevisibles, y a menudo se revelan contra quien las utiliza. Además, y pese a que durante muchos años, obedeciendo a mi condición de hombre simple y primario, abanderé aquella frase que dice que todo agujero es trinchera, lo único que pude contestar fue un no; que yo no era ningún puto. Bonifacio, empleando una réplica que creo tenía más que estudiada, me dijo que no se trataba de ser un gigoló. Si no de ser una buena persona que trasmitía amor a otra buena persona, que además lo necesitaba. Aparte, añadió que Clodomiro, a la que yo conocía tan solo de vista, estaba conforme con su cometido de novia sustituta. Un punto a favor de aquel guiso desaguisado era que Clodomiro era guapa, pero sus futuros encantos corporales, más que dormidos, estaban más soterrados que la lava de un volcán muerto. Bonifacio finalizó diciendo que si yo accedía a semejante ardid, ella se sentiría menos culpable de sus posibles ligues que pudieran surgir en Mallorca. ¡Ajá!, pensé, ¡criatura diabólica y manipuladora!, ¡así que se trata de eso!


No obstante, Bonifacio, empleando sus prematuras artes de mujer, me convenció prometiéndome que para su regreso, me recibiría con un largo beso con lengua como anticipo de un tórrido apareamiento auténtico y sin ropa. ¡Madre mía! ¡Un beso con lengua y un apareamiento auténtico sin ropa! ¡Por fin! Mi relación con Clodomiro duró apenas una semana, puesto que no prosperó de acuerdo con el plan. Más que romper de mutuo acuerdo, fui yo quien tomó la difícil decisión de hacerlo. No estuvo bien, pero valga esta débil justificación, era un crío. Respecto a Bonifacio, cuando regresó de Mallorca, no le supuso ningún esfuerzo sentimental darme de tacón como si fuera un mero objeto, ya que no cumplí con mi parte asignada de aquella desastrosa maquinación. Aparte, según ella, hice daño a Clodomiro que era una de sus mejores amigas. De todas formas, de este tragicómico triángulo amoroso extraje una valiosísima lección sin fecha de caducidad, que me ha servido para estar a la altura de todas las relaciones que vinieron después: y es que aprendí de Clodomiro que los besos con lengua son húmedos y multidireccionales, y no con la lengua inmóvil y pegada al alveolo del paladar de la chica, como me había hecho creer Bonifacio, mi primera novia.


 


Post scriptum: Publicado en 2009. Revisado y republicado en 2014.


Tags: Novia, White Lion, relación, amor, noviazgo

Regurgitado por Cabronidas @ 14:51
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