Viernes, 30 de enero de 2015

Estimados lectores y no menos estimados trolls, estos últimos días habréis observado ciertas añadiduras que han ido apareciendo en mi blog. La última, es el bloque de votaciones que dicho sea de paso, es posible que sea la más inservible de todas (exceptuando el útil traductor que es ajeno a miarroba). ¿Por qué? ¿Vuelvo a cometer excesos destructivos con el alcohol? ¿Se me ha maltrecho la mollera más que a Alonso Quijano? ¿Un macetero me cayó desde lo alto en el occipucio?


Quién sabe, quién sabe... El caso es que me gusta probar y explotar sino todos, la mayoría de los servicios que ofrece este alojamiento, versátil donde los haya. Así que como dijo el tercer presidente, golfo y ladrón de la mal llamada democracia de este estúpido país: "Vayan a votar. Vayan a votar".



Tags: HHH, Votaciones

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Mi?rcoles, 28 de enero de 2015

A vosotros, que supisteis engañar a quienes os dieron la victoria en las urnas y os otorgaron el timón para dirigir la nave, y desde los despachos estampáis vuestra firma en papeles oficiales. Y a vosotros, que con orgullo portáis sobre los hombros galones de la más alta graduación, y exhibís vuestras más honorables condecoraciones en un pecho henchido de patriotismo de opereta.  A todos vosotros os preguntaría que, si como decís es preferible la buena voluntad y el diálogo como único modo de entendimiento, ¿para qué son todas esas armas? ¿Por qué las balas siguen oyéndose por encima de todas las voces? Y si decís que deseáis la paz mundial, ¿por qué veneráis al dios brutal de la guerra? ¿En qué momento le arrancasteis las alas a la paloma y la tirasteis al fango? Y si decís que trabajáis para ofrecer un futuro mejor, ¿por qué el desarme nuclear todavía no se ha cumplido?


¿Todavía habrá quien os crea? Porque no podría creerlo.



Tags: Paz mundial, Jefes de Estado, presidentes, guerra, armas, desarme nuclear, Anaal Nathrakh

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Lunes, 26 de enero de 2015

A mí, de pequeño, mis padres me educaron en función de unas directrices políticamente correctas. Me dijeron que robar y mentir son asuntos de malas gentes. Y que la ostentación y la vanidad son de mal gusto. También me explicaron que la ignorancia es atrevida y que ser un cenutrio iletrado no conduce a ninguna parte. Me enseñaron que no importa el color de las personas ni su manera de ser, entendiendo que el respeto ha de ser algo recíproco. Y me hablaron del valor del esfuerzo para crecer e intentar ser feliz. Y que uno no podía abandonarse a la molicie y la estulticia. Me contaron que matar era el más terrible de los pecados.


Luego pienso en la diferencia que hay entre casualidad, que es la combinación de circunstancias imprevisibles e inevitables. Y causalidad, el principio según el cual nada puede existir sin una causa suficiente. Soy bastante profano en el tema pero a fin de cuentas, creo que ambos conceptos tienen una explicación basada en la percepción de ciencias o creencias muy susceptibles al debate.


Cambiando de tercio, todavía baila en mi cabeza la inesperada muerte del fiscal Alberto Nisman, cuatro días después de denunciar a la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, y a otros funcionarios afines, por encubrimiento de los autores de un ataque terrorista iraní perpetrado en 1994. Alberto, una vez hecha la denuncia, iba a exponerla (con pruebas y demás) ante la Comisión de Legislación Penal. Pero no pudo hacerlo, puesto que horas antes de la comparecencia lo encontraron muerto en su departamento con un balazo en la sien. Resulta que el ministro iraní de Exteriores afirma que el señor Nisman se ha suicidado. Aunque Cristina, muy inteligentemente (o quizás no tanto) afirma que no lo cree así. Qué casualidades más insólitas, verdad. ¿O serán causalidades?


No es que en puta España seamos menos despreciables, pero de momento, cuando alguien legitimado, con pruebas y atendiendo a las obligaciones de su trabajo decide alumbrar ciertas oscuridades o remover según que mierdas que apestan al gobierno, este, en lugar de asesinar (también dirían suicidio, supongo), inhabilitan. Llámese Baltasar, Elpidio u otros. Y eso por qué, ¿casualidad o causalidad? ¡Pues ni una cosa ni otra, leñe! ¡Eso es mala educación! ¡Mala educación!


 


Tags: Megadeth, Ley de causa y efecto, casualidad, causalidad, educación, suicidio, matar

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Mi?rcoles, 21 de enero de 2015

Al igual que Lizzie, puede que alguien más (o no, que nunca se sabe) ha entrado en mi blog estos últimos cinco días y se ha hecho un par o tres de preguntas. Por ejemplo, por qué mi bitácora ha estado dos días sin poder verse. Por qué yo no respondía a los comentarios cuando siempre lo hago. O por qué tardaba tanto en aparecer un nuevo artículo. Un mensaje llegó a mi correo donde leí que los administradores de miarroba eliminaron esta bitácora por considerarla Spam. ¿Un simple error? ¿Quizá alguna denuncia? No contentos con eso, también bloquearon mi IP incapacitándome totalmente, ya no a administrar mi espacio, sino a no poder acceder, salvo al de contacto por mensajería, a ninguno de los muchos servicios de los que dispone miarroba para sus usuarios. Los mensajes pertinentes en los que reclamaba una solución no se hicieron esperar. Fuera lo que fuera, hoy ya está solucionado y mi estatus aquí como administrador ya ha salido del coma.





Tags: IP bloqueada, Blog eliminado, Over Kill

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Mi?rcoles, 14 de enero de 2015

Un Harlem Shake cuidado hasta el último detalle y en definitiva, bien coreografiado, es algo digno de ver. Para algunos no es más que una muestra inequívoca de extrema idiotez, propiciada por la disposición de mucho tiempo libre y sustentada por una evidente carencia del sentido del ridículo. Para mí es un acto grupal (cuantos más, mejor) de humor, de ingenio y de "desordenada" coordinación. Si no se observan las aptitudes antedichas, el Harlem Shake realizado desluce mucho y solo sirve para combatir el más severo de los estreñimientos. Me dicen los zagales de mi entorno, que el Harlem Shake es un producto muy explotado que ya no está de moda. Hecho más que comprensible, teniendo en cuenta la masiva propagación viral que tuvo y su rotundo éxito. Parece ser que ahora, un nuevo virus está irrumpiendo, aunque con timidez y sin apenas ruido, en la sociedad cibernauta. Según me cuentan los mozuelos, esta tendencia emergente nace en un programa de La Sexta y está condenada al fracaso, pues solo consiste en que aparezcas bailando, haciendo el gilipollas o el subnormal, detrás de alguien a muy corta distancia sin que este lo advierta. Y a grabar.


No tenía la menor idea, ignorante de mí. Descubrí el Harlem Shake gracias a las masqueperras (aún me río) y ahora esto. Señor, por qué juegas así con tus criaturas menos dotadas. Eres un cachondo.


 


Tags: La Sexta, grabarse bailando, Iron Maiden

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Lunes, 12 de enero de 2015

Igual que la masa bloguera, yo también os ofrezco una lista de los libros que leí el año pasado, aunque no os importe ni siquiera cuatro montones de malolientes heces. De tal modo y aunque no lo necesitéis, ya tenéis un motivo para hermanarme con toda esa multitud galáctica de fatuos y mequetrefes que enumeran lo propio.


En enero, siempre prefiero empezar por las lecturas de narrativa enciclopédica y densa, y dejar las sencillas y asequibles para los meses finales del año. Así que me atreví a leer (y con éxito) El libro gordo de Petete. Como ya es sabido, Petete es un ilustre pingüino que practicó la docencia televisiva en apariciones de uno y dos minutos. Nadie, en tan breve espacio de tiempo, enseñó tanto. Sus eruditas enseñanzas fueron recopiladas en un solo tomo de incalculable valor, que ahora descansa como reliquia de coleccionista en mi diversa y vasta biblioteca.


Enero fue un mes duro de dura y complicada lectura. Así que necesitaba vivir febrero, inmerso en prosas simples, lineales y poco creativas. Tanto es así, que me decidí por una tal Lucía Etxeberría. Y llegados a este punto, nada más pienso decir de tan vil plagiadora.


Empecé marzo casi al borde de la locura y aun sin ser decadente, solo atisbaba el suicidio como única solución. Y no es de extrañar si uno osa leer más de la mitad de la insufrible obra de la plagiadora antes mencionada. Solo os detallaré que mi cerebro involucionó a un estado primitivo, casi uterino. Necesitaba con urgencia colmarme de historias sanadoras y reconstituyentes, que fueran capaces de descontaminar mi mente y conducirla a la normalidad. Contra todo pronóstico, mi profunda locura y cierta predisposición académica, me empujaron a leer el DRAE en su totalidad. En contra de lo que podáis pensar, eso propició la pronta recuperación de mi sesera retornándome a una conducta humana civilizada.


Con la recuperación total de mi dolencia mental, llegó abril y decidí que iba a ser el mes en el cual me empaparía de las grandes obras. Ya me entendéis: literatura inmortal ante el ineluctable paso del tiempo. Desbordante riqueza narrativa de genios adelantados a su tiempo. Joyas lingüísticas de suprema belleza donde cada frase, cada párrafo, cada página, es una enseñanza al hombre, a la humanidad... Dicho de otra manera, pues me embarga la emoción y debo aquí detenerme, leí Kamasutra sin límites de Beatriz Trapote, Ambiciones y reflexiones de Belén Esteban, y Lo que me sale del bolo de Mercedes Milá.


Mayo fue incluso pero que marzo. De hecho, fue un infierno peor que el de Dante y no hace falta explicar por qué. No enloquecí, o acaso me acometió una locura diferente a la citada con anterioridad, pues desarrollé una adicción enfermiza por los deportes de riesgo. En concreto, el que más practiqué durante todo aquel mes demencial, en barrios marginales del extrarradio y en edificaciones abandonadas, fue el de la ruleta rusa con balas de verdad. Podría aquí explayarme en una delirante redacción sobre el karma, el yin y el yang, la mala y la buena suerte, pero baste decir que estoy, sorprendentemente, vivo.


Empecé a pensar que tentar a la suerte más allá de un atrevimiento inconsciente, era, como poco, desafiar a los mismísimos dioses. Quizá fueron ellos los que evitaron que un tercer ojo se abriera en mi sien y por consiguiente, hallara la liberación ante tanto dolor y sufrimiento. No dudo de que me castigaron por mostrar semejante irrespeto por mi propia vida. Y menudo castigo, pues no satisfechos con eso, causaron en mí la necesidad de leer durante junio y julio, todos los prospectos de los numerosos medicamentos que atiborraban las estanterías de los lavabos de amigos y familiares. Aprendí la lección de las deidades, pues no es casualidad que me hicieran leer, precisamente, cómo deben administrarse los fármacos que, por supuesto, fueron concebidos para combatir y paliar los síntomas de aquellas enfermedades que, en mayor o menor grado, atentan contra nuestro bienestar corporal y nuestra vida. En fin, la vida es valiosa (y bella, como nos enseñó Benigni). Aprendí la lección y sacrifiqué, como muestra de gratitud a los Hacedores, un carnero en un lugar alejado de la civilización.


Todavía resonaban los agudos estertores del carnero en mi mente, cuando agosto hizo su entrada. Yo ya estaba recuperado y con la firme convicción de elegir bien mis lecturas o, en todo caso, controlar mis ansias de leerlo todo y canalizarlas en elecciones más acertadas para con mi salud. Sin embargo, agosto fue un mes de varios conciertos intensos y mayores desfases, y la lectura quedó relegada para tiempos posteriores.


Como acostumbra, septiembre irrumpió caluroso, trayendo consigo el hambre de devorar nuevos libros. Pero no podía precipitarme, pues sois pacientes conocedores de que fui víctima de mi ímpetu lector, creyendo que era inmune a según qué insalubres y horripilantes engendros que jamás debieron ser publicados. En verdad, padecí lo indecible y no podía errar, o de lo contrario, la guadaña de la muerte me encontraría ante un tercer embate de disgusto y aversión. Pero, ¡oh!, queridos amigos y deseadas mujeres, desatad el nudo de vuestras gargantas, pues creí nacer de nuevo e incluso agigantar mi alma, cuando mis ojos se posaron en las letras largamente silenciadas de Bakunin, Bellegarrigue y Rafael Barrett. Nunca es tarde, y la educación libertaria repta de las profundidades a donde fue relegada, para emerger ante aquellos que la quieran encontrar.


Llegó octubre y con él, el principio tímido del otoño y su beneficiosa pluviosidad. Aún hervían las voces de los anarquistas en mi interior, y quizás por eso me encontraba en un estado superlativo próximo al de los sabios atemporales, pero, obviamente, sin el respeto de estos. En cualquier caso, la música es otra de mis pasiones; no como ejecutor pero sí como receptor. Y descubrí, en mis repetitivos buceos por la red metalera, una banda llamada Anaal Nathrakh. Entonces, no pude más que escuchar cual melómano entusiasmado durante todo aquel mes, canción a canción, disco a disco, la caótica, impactante y deliciosamente extrema, música de este gran grupo.


Octubre desapareció del almanaque lo mismo que las prendas de manga corta. Noviembre llegó con el amarillo marchito de las hojas arbóreas, y en mí floreció la hambruna de alimentarme de nuevas historias. Pero ocurrió algo inesperado. Yo todavía estaba bajo el influjo de la atronadora música de Anaal Nathrakh. De hecho, era como estar en un mundo indescriptible de paranoias universales y magia negra. Y aunque me gusta el negro, acabé leyendo Aprenda usted magia, del entrañable, cachondo, e imaginario maestro violinista, Juan Tamariz.


Diciembre hizo su especial aparición, como siempre, en un preludio de reinicios, cambios e ilusionantes promesas. Anhelos que acababan muriendo a los pocos días o semanas, por falta de amor propio, de verdadera convicción y voluntad. En cuanto a mí, el último libro que leí el año pasado, es el mismo que encontraron aquellos pobres, ignorantes y desdichados jovenzuelos en los sótanos de aquella desastrada cabaña en medio del bosque. Ninguna fuerza infernal me poseyó al recitar en voz alta los ritos arcanos de sus primeras páginas. Tampoco cuando lo finalicé. Pero sí, El Necronomicón, que fue escrito por el árabe loco Abdul Alhazred y que ahora se encuentra en mi poder al lado de un usado libro de recetas de cocina, es el libro que leí.


¡Ya he hecho como otros en la blogosfera! ¡Mostrando la calidad de mis lecturas y lo mucho que leo! ¡Qué guay! ¡Cómo mola!


 


Tags: libros, lecturas, narrativa, prosa, historias, Anaal Nakthrakh

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Jueves, 08 de enero de 2015

Los TDK (Terrorismo, Destrucción y Kaos) tienen una visión muy particular y siniestra (no por ello irreal o exagerada, sino obvia) sobre el hecho irrefutable de que comamos animales. Da igual si se trata de los animales que surcan el cielo. De los que caminan sobre la tierra, o de los que viven bajo el agua. También cabe la posibilidad de que seas vegetariano, por lo cual quedas excluido. O que seas un malnacido de esos que tienen en su armario la piel de algún animal con la cual abrigarse. En fin, qué grandes son TDK. 


 


Tags: TDK, Carne, Comer animales, Animales muertos

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Lunes, 05 de enero de 2015

Hacía un día espléndido. El sol brillaba en un cielo despejado de un precioso color azul, y era un día tan bueno como cualquier otro para decirle que lo haría.


—He acabado —dije cerrando el libro con un suspiro, y dejándolo en la mesita junto al revólver. Levanté la vista para admirar, por última vez, su bonito cabello multicolor tan lleno de vida—. Cuando acabes con eso, avísame. Solo entonces empuñaré la pistola y te descerrajaré un tiro entre ceja y ceja.


Estaba junto a mí, con los ojos cerrados y abrazando con los dedos el filo incisivo de un cuchillo. Al oír aquello me miró y se detuvo. La sangre apareció de su puño en un fino hilo que descendía lentamente por el antebrazo. En sus ojos había un poso de cierta extrañeza, como si en un primer momento me creyera incapaz de semejante acto. Dispárame al terminar, me dijo varias veces, en un pasado preñado de mutilaciones e hilvanado de hebras encarnadas. Y yo empezaba a estar harto de tan sombrío dictamen y de aquellas estúpidas crisis existenciales. Acerqué mi mano y le acaricié una mejilla.


—Tranquila —le dije esbozando una sonrisa—, con una sola bala bastará. No pienso fallar.



 


Tags: Pistola, dolor, crisis existencial, final, bala, revólver

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Jueves, 01 de enero de 2015

Vieja e imperiosa necesidad. Siempre vuelve y me insta a ponerme frente a la pantalla en blanco, y a someter el teclado al albedrío de mis dedos. A veces llega como el arrullo que adormece al niño; como la calidez que desprende el fuego hogareño en el crepitar de la leña. Otras, irrumpe como el más noble corcel devorando al galope la llanura; como la temible embestida del toro bravo. Pero qué digo, vuelve: apareció hace años sin que se la esperara. Vehemente y entrometida, sin llamar, se alojó en mis entrañas sin apenas pedir permiso; quién sabe si para quedarse hasta el fin. En aquel primer momento, ahora remoto como los albores de la creación, pensé que sería una convivencia fugaz, como el trazo luminoso que dibuja la estrella en el firmamento. De verdad creí que aquella necesidad se convertiría, ya no en un equipaje indeseado, sino demasiado pesado y por ello condenado al exilio de mi ser.


Pero... vieja e imperiosa necesidad, ahora ya como un rito hecho tradición. Ante mí, el blanco del monitor colmándose de todo aquello que tengo ganas de decir. De lo que necesito decir sin que nada importe. El teclado hablando en su constante cadencia monocorde, fluida y caudalosa como el río rebosante. A mi derecha, siempre a mi derecha, la copa donde descansa, en inalterable quietud, el recio mosto. Más allá, la puerta de la habitación abierta, siempre abierta, por donde entran desde un lugar no muy lejano, las risas cantarinas y vitales de dos hermanos pequeños. No mucho más lejos, reverbera con insistencia la tos imposible de un anciano. A mi izquierda, ya sea en horas tempranas, crepusculares o de azabache, la cortina siempre descorrida y la persiana subida. A veces, entre frase y frase, el teclado enmudece y miro ese paisaje urbano tan familiar, tan conocido. Un cuadro que ahora se muestra ante mí, solitario, frío y desapacible, sin atisbo alguno de vida. En una hostilidad imprevisible, el viento zarandea de tanto en tanto los viejos árboles, arrancando melancólicos susurros de sus decrépitas hojas. Cuando el viento cesa, un manto de silencio inmóvil y mortuorio cae pesado sobre ese paisaje desangelado. Y ahí queda, como el antiguo fotograma de una película muda que ocurrió hace tiempo.


Respiro hondo y bebo del elixir de la copa. Es un sorbo prolongado y generoso, mil veces repetido. La copa vuelve allí donde debe estar y el teclado, compañero infatigable, cobra vida de nuevo, trasmitiendo una vez más el mensaje que nace, sin modo alguno de poderlo evitar, de aquella absoluta, maldita, querida conocida, vieja e imperiosa necesidad.





 


Tags: Escribir, post, necesidad, blog, Yngwie Malmsteen

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