Jueves, 29 de octubre de 2015

Yo tenía diecinueve años cuando fui seducido por una compañera de aula de idéntica edad, bella como su mismo nombre. No es que fuera meritorio que Estroncia me sedujera, pues por aquel tiempo remoto consideraba que todo agujero era trinchera, por lo cual, me mostraba predispuesto y accesible a todo acercamiento e insinuación de cualquier persona que tuviera vagina. Además, el clamor popular comentaba que Estroncia no era una chica que gustara de conquistas difíciles, y sabedora de que en su entorno estudiantil la circundaban más capullos que los que se abren y colorean el campo, se alejó del esfuerzo y me eligió a mí, fácil capullo entre los capullos más fáciles.


Estroncia se exhibió ante mí en una danza de galanteo e incitación revestida de un erotismo intencionado, y puso voz a esas señales como melosos encantamientos de un cuento prohibido, de tal modo que en menos de diez minutos me tuvo a su merced. Cual fiel lazarillo impulsado con la única voluntad de una libido creciente, obedecí cuando me pidió que la llevara a aquella planicie alejada cuatro kilómetros del pueblo, donde bajo el resguardo de verde floresta, jóvenes, amantes, enamorados, inexpertos y principiantes en los rituales del apareamiento, desataban la tempestad de sus apetencias y tentaciones carnales.


Detuve mi viejo coche de segunda mano en una zona que confería la suficiente intimidad, como para que Estroncia y yo liberáramos nuestras energías tormentosas y nos fundiéramos en un diluvio de arrobamiento. Pero entonces, ella, melodía que excitaba los sentidos, anhelada fruta de mi más ferviente apetito aquella noche de finales de enero, retiró su calurosa mano de mi bragueta reventada, vistió su pecho encendido y descuidando el infierno rusiente y obsceno de mi entrepierna que con tanto ardor había provocado, dijo que no podíamos continuar; no podía ser; no podíamos hacerlo. No.  Aquellas palabras cayeron sobre mí como la lápida de un gigante muerto. Y mi corazón antes desbocado, se enfrió como si sobre él se hubieran desplomado hasta enterrarlo los helados polos de la tierra.


Los únicos sonidos que se oían eran los extraños silencios del bosque y sus diminutas criaturas, claros y soberanos en aquella ausencia de posibles explicaciones o disculpas, que en aquel momento crucial hubiera agradecido y jamás llegaron. En aquella ausencia embarazosa, ensordecedora como un alarido prolongado, las únicas palabras que brotaron de los carnosos labios de Estroncia, seguras y firmes de quien ha ganado todas las lides, me pedían que la llevara de regreso al pueblo. Pero el embrujo de Estroncia ya no empañaba mi mente, y se esfumó en favor de una ira que inundaba mi alma y que hasta ese momento jamás había conocido. Pasados unos momentos en los que incluso respirar dolía, aquel volcán en erupción se apagó en un universo sin estrellas, y en aquella negrura sosegada de mi espíritu, cobijé la enormidad de mi perplejidad. Solo entonces puede pronunciar las palabras que surgieron de mi incomprensión por su negación... y de mi orgullo herido.


Bájate del coche, le dije, con una voz hastiada que no reconocí como mía. Bájate del coche, no como una amenaza o como el preludio de alguna acción de la cual más tarde pudiera arrepentirme. Bájate del coche, le dije, como la resuelta convicción de una acción perentoria e irrevocable. Y el rostro de Estroncia, duro y frío como el metal, se alumbró con una incredulidad mayúscula como jamás se vio en la cara de nadie. Como si nunca en su joven vida la hubieran hecho diana del más mínimo desplante. Segundos después, sin palabras, me preguntó con una mirada socarrona si lo dicho iba en serio, y sin palabras contesté yo señalándole la puerta con el mentón, en un gesto preñado de despecho e indiferencia.


Estroncia salió del coche apartando su mirada con desdén, en un aspaviento de nobleza teatral, y con el porte de una princesa indignada que acaba de perder su legitimidad al trono, cerró la puerta de un portazo que sonó como el estruendo de una bomba. Arranqué el coche y me puse en movimiento. Miraba a Estroncia por el retrovisor, cuya silueta en la gélida noche empequeñecía, a medida que me alejaba de aquel lugar que habría de recordarme para siempre aquella maldita aventura de amargo fin. Cuando perdí a Estroncia de vista y me quedé a solas con mis pensamientos, parecía conducir por inercia. Sentí un sabor agridulce que me llenaba la boca, y la sensación de albergar en mis tripas todo el desencanto del mundo.


Los días que siguieron a esa noche fueron surrealistas y de un absurdo atroz. Los rumores, puede que de terceros malintencionados y la tergiversación de los hechos, provocaron que el joven vulgo del instituto, impetuoso e irreflexivo, se dividiera en dos bandos de hostilidad cómica, convirtiéndonos a ambos, sin quererlo ni necesitarlo, en puntos de referencia. Las chicas, en una comprensible posición de simpatía respecto a Estroncia, me proclamaron sucio adalid de los cabrones, de los pervertidos, de los cretinos y de los capullos. Mientras que los chicos, posicionándose a mi favor e igualmente excesivos en su juicio, erigieron a Estroncia como reina bastarda de las furcias y las calientapollas.





Tags: Calientapollas, pervertido, cabrón, pareja, follar, sexo, Serj Tankian

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Lunes, 26 de octubre de 2015

Siempre he creído que el peor y más peligroso de los fanatismos es el religioso. Lo he llegado a maldecir en tantas ocasiones, que solo con la mitad de maldiciones bastaría para matar a la humanidad un millón de veces. Y, acertadamente o no, también lo he hecho con los creyentes cegados de fe y la religión, a la que considero uno de los muchos y más grandes males que infectan a la humanidad.


Hace pocos días, mis profundamente amados y admirados Anthrax, presentaban un single que estará incluido en su esperadísimo nuevo álbum, cuya aparición en las tiendas está programada para el primer trimestre del 2016. Scott Ian, guitarra rítmica de la banda, en referencia al título y letra de la canción presentada, dijo esto: "Me afectó mucho la masacre de Charlie Hebdo además de todos los tiroteos que han tenido lugar en colegios o cines. No me puedo imaginar qué llevará a alguien a pensar que eso es lo correcto. "Se lo mostraré al mundo, haré a mi dios feliz". Eso simplemente es una mierda. No estoy culpando a la religión, no es mi intención pero sí a la gente que lo lleva al extremo, que creen que son jueces, jurado y verdugos de cualquier tío solo porque no cree en lo mismo que ellos. Creo que ese es el Evil Twin (gemelo malvado) de la humanidad. Escribir sobre eso es mi única catarsis".


Probablemente, Scott está mucho más acertado que yo al no culpar a la religión, que aunque sea un instrumento de manipulación y engaño, no toda la culpa es de ella. Eso me hace pensar que la persona que mata a otra porque siente que esa persona ha hecho con su dios (lo que sea) algo que no se debe hacer, es un ignorante de mierda, un devoto enfermo y un hijo de puta. Si cada vez que alguien se burlara de algo que nosotros creemos sagrado e inviolable, reaccionáramos con el asesinato, en pocos días despoblábamos el planeta.


Con toda seguridad, seguiré maldiciendo por millonésima vez.



Tags: religión, Anthrax, dios, fanatismo

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Mi?rcoles, 21 de octubre de 2015

Apenas guardo recuerdos de mis vidas pasadas cuando estoy despierto, pero son recurrentes en la fase uno del sueño y muy vívidos en el estado REM. Una amiga aficionada al trasiego desmesurado de alcohol, los sudokus y la hipnosis regresiva, balanceó un péndulo delante de mis narices y dada mi predisposición, me hizo caer en trance. La extraña conversación que mantuve con ella en ese delicado estado, quedó registrada en una cinta de casete TDK de sesenta minutos. Transcribo un breve y fidedigno extracto de lo referido a mis encarnaciones pasadas.


—Cabrónidas, ¿cuántas vidas pasadas has tenido hasta llegar a la actual?
—Muchas.
—¿Qué recuerdas de tu vida anterior más inmediata?
—Nihilismo. Teocracia. Oligarquía. Epígonos del PP. Hijos de puta.
—¿Y antes?
—Guitarra. Cataluña. Butifarra. Autodestrucción.
—¿Y antes?
—Coño. Follar. Mujer. Hostia. Ruptura. Masturbación. Muñeca hinchable. Vómito.
—¿Y antes?
—Colegio. Instituto. Universidad. Aprobado. Hijos de puta. Mierda. Dinero.
—¿Y antes?
—Maxi-Cosi. Tacatá. Babas.
—¿Y antes?
—Un gran vacío insondable. ¡El horror! ¡El horror! ¡El Horror! Carrera. ¡He llegado! ¡He llegado! ¡He llegado!


Llegados a este punto, desperté en un estado catatónico alarmante, por lo que mi amiga decidió ingresarme en un centro especializado donde me lobotomizaron. Os puedo asegurar que allí hicieron un gran trabajo: mis vidas anteriores no me atormentan, tengo memoria de pez, y lo que es mejor: mi entorno social no ha notado la diferencia y me considera un igual.







Tags: Hipnosis, reencarnación, vidas pasadas, lobotomía, catatonía, Chronosphere

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Martes, 20 de octubre de 2015

Cualquier persona mayor de edad que intencionadamente rompe una guitarra ajena, ya sea acústica, española o eléctrica, se hace merecedora de que le rompan (por este orden) el espinazo y la cabeza con una guitarra nueva. Aunque en el proceso, la persona castigada muera y dicha guitarra nueva también se rompa a causa de los impactos. Solo y bajo esta circunstancia, como medida disciplinaria, una guitarra podrá romperse expresamente.



Tags: Guitarra, romper, castigo

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Lunes, 19 de octubre de 2015

Quizá penséis que el poco entendimiento del que hago gala, ha desaparecido como el humo de un cigarrillo si os digo que siempre defenderé a los trols. Y no me refiero a los que aparecen en la literatura fantástica, sino a los que campan por los blogs, amenizando el ambiente y sobretodo, haciendo reír. Yo tenía uno que cometía tales faltas de ortografía y acentuación, que someterlo a torturas inquisitoriales sería poco. No era brillante ni ocurrente, desde luego. Pero era profundamente divertido cuando, a través de sus comentarios, se mostraba perdonavidas y aleccionador; hilarantemente soberbio. Solo bastó contradecirle un par de veces para que eso sucediera. Por otro lado, un par de blogueras cuyo nombre no citaré, me informaron por correo que mi trol estaba chiflado y que en todos los blogs por los que se paseaba, mostraba la misma conducta. Quizá por ese motivo, muy en la superficie, me caía bien. Ahora hace ya 18 meses de su primer comentario en este espacio, y creo que no tenía que haberle dicho que lo nuestro era imposible, que no era mi tipo. Tendría que haber sido más delicado y caer en la cuenta de que, a una persona que en principio muestra un leve desequilibrio mental, no se la puede contradecir puesto que, aunque tarde, intuyo que es muy sensible. El caso es que no creo que regrese a esta bitácora a divertirme de nuevo; de hacerlo, me llenaría de júbilo. Pero en fin, creo que el chavalín se merecía, por mi parte, una despedida digna. O al menos, a la altura de su persona.


Hasta siempre, Mahler Dean, conseguiste casi como nadie, que el pecho se me abriera de la risa y las carcajadas se derramaran a borbotones. Para ti esta canción, que te fuiste.



Tags: Trol, despedida, Los pecos

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Jueves, 15 de octubre de 2015

Para quien acostumbra a entrar aquí, ya sabe que gran parte de mi escasa formación intelectual, se la debo a las películas despreciadas por la crítica y la lectura en viñetas. En el cine de mi pueblo asistía a sesiones maratonianas en las que tragaba y digería películas de toda índole, siendo mis predilectas las de terror y ciencia ficción. Como complemento y en cuanto tenía unas cuantas monedas ahorradas, me proveía de cómics y libros baratos del mismo género. Si bien con el tiempo he diversificado mis apetencias como lector, sigo consumiendo cómics, libros y metrajes de terror y ciencia ficción con insaciable voracidad adictiva, con la consiguiente merma neuronal que ello supone. Como espectador y lector devoto, rebobino atrás sin tener que retroceder en demasía y constato que novelistas y guionistas —grandes visionarios por otra parte— no previeron en absoluto. O hasta donde yo he leído, nadie predijo internet tal y como lo conocemos.  


Siguen sin existir cápsulas espacio-temporales. De androides antropomorfos que se encarguen de las tareas agradables y desagradables, menos todavía. Por lo visto, siguen siendo incapaces de servirte una copa sin que ésta se haga añicos o de subir y bajar escaleras sin romperse la cibercrisma. De pequeñas naves voladoras en sustitución de los vehículos a ruedas, nada de nada; y eso que vivimos en el siglo XXI, una época que debiera ser ya la de las colonias en Marte y el teletransporte. Por consiguiente, cuando alguien escribe sobre el porvenir tecnológico, se arriesga a caer en la obsolescencia, intencionadamente o no. Por ello resulta absurdo el término "nuevas tecnologías". No solo porque nos movemos en el terreno de lo fugaz, de la inmediatez, sino porque la tecnología, al igual que la ciencia, siempre están en constante movimiento hacia adelante.


Cada vez que se me acaba la permanencia, la empresa a la cual pago para que me provea de banda ancha, me llaman con la intención de convencerme para que cambie mi dispositivo móvil por otro más pequeño o más grande, pero siempre más versátil y más caro, además de aumentar las prestaciones de mi servicio contratado. Actualmente, los autores que menos arriesgan o los más prudentes (según se mire), evitan meter la pata arrastrándonos con sus historias a paisajes postapocalípticos, donde la tecnología fue la canción de una era remota y la humanidad ha de reaprender cómo salir adelante sin ella. Hasta donde sabemos, o mejor dicho, hasta donde nos permiten saber, los humanos no han aterrizado sobre superficie extraterrestre, por suerte para ese planeta. Ningún replicante con apariencia de Daryl Hannah cocina para mí, pero disponemos de una tecnología con la que ni soñábamos hace unos pocos años. De hecho, nos resulta imposible entender la vida sin la tecnología y mucho menos la de aquellos a quienes no ha llegado. La ausencia inequívoca de ésta nos causaría profundo pavor.


Yo soy como tú y como tú; como todos vosotros: uno más de toda esa adocenada colectividad mundial de hongos que teclean, abstraídos, sobre la pantalla retroiluminada de sus móviles, tabletas y ordenadores. Mientras lo hago, pienso en todas las actividades que requieren de la tecnología, en mayor o menor medida: economía, educación, salud, arte (sea lo que sea tal cosa), ¿el amor?... Como si fuera lo más importante, paseamos el dedo por la pantalla mientras cagamos, conducimos, meamos, nos levantamos, nos acostamos, cocinamos, compramos, caminamos, hablamos, bebemos, (quién sabe si hasta cuando follamos), en los cortes publicitarios de la tele, etc. Los cables están al borde de la desaparición ya que tenemos las ondas para interactuar, y en los espacios virtuales nos desenvolvemos con absoluta naturalidad, aunque para ellos tengamos que recurrir, todavía, a artefactos ópticos. Hemos dejado de ser simples espectadores de todo aquello que se nos cuenta, para ser copartícipes directos de las historias. Nunca tanto como hoy y mañana, sentimos ser el personaje que nos representa o decidimos ser.


Si no fuera porque no tengo tiempo, construiría una máquina del tiempo para ver hacia dónde vamos. Creo que algún día llegaremos a controlar, telepáticamente, diminutos ingenios que nos permitirán recrear con precisión quirúrgica nuestro entorno y paisajes imaginarios, paseando y viviéndolos como si fueran reales, para así, disfrutar de una vida de bosques, selvas y océanos que ya no existirán. O quizás, el día de mañana alguien despierte sudoroso de un mal sueño mirando alrededor y, cual Charlton Heston maldiciendo a la humanidad en una playa donde se erigen las ruinas de una estatua que nunca significó nada, comprenda horrorizado que todo se fue a la mierda.


Qué bonito.



Tags: Tenología, vida, ciencia, futuro, móvil, dispositivo, Evildead

Regurgitado por Cabronidas @ 17:58
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Lunes, 12 de octubre de 2015

Debo ser uno de los pocos que curran hoy, día de los mata-indios. Perdón, de la Hispanidad, quería decir. Qué estupendos que sois, españolitos.



Tags: Genocidio, matanza, indígenas, L'odi social, Hispanidad

Regurgitado por Cabronidas @ 16:05
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Jueves, 08 de octubre de 2015

Hace ya un buen rio de años, mi tío se deshizo de un puñado de viejas cintas de casete dándomelas a mí. Según me dijo, para él ya no significaban nada, pero tampoco quería tirarlas o que se murieran de olvido en algún cajón que ya nunca más abriría. Yo entonces contaba con diez años de edad (1983), y gracias a él y esas cintas, descubrí grupos tales como Accept, AC DC, Iron Maiden, Judas Priest, Motorhead, Saxon y demás grupos de rock y heavy de finales de los setenta y principios de los ochenta. No recuerdo qué música escuchaba antes de aquel regalo desinteresado, en caso de que escuchara algo, pero aquellos ritmos adictivos recién descubiertos, se clavaron en mi corazón para siempre y me dieron a conocer un mundo en el cual, probablemente, habite hasta el fin de mis días.


En mi época escolar y más en la del instituto, la piratería musical estaba a la orden del día (como siempre ha estado) y el intercambio de cintas de casete entre unos y otros, se sucedía a diario en un trajín ininterrumpido, preñado de nuevos y excitantes descubrimientos musicales. Por aquel entonces y con trece años (1986), ya estaba impregnado de pies a cabeza, y con agrado, de toda aquella cultura urbana del rock y del heavy. A finales de noviembre de ese mismo año (entonces tenía catorce años puesto que los cumplo en marzo) uno de mis coetáneos de chupa de cuero y vaqueros ajustados, me dio una cinta de casete Sony de noventa minutos y me dijo algo que jamás he olvidado: "Ten, no sé qué grupos son, pero vas a alucinar. Es de un colega de mi hermano que vive en Francia". El contenido de aquella cinta cambió, más si cabe, la percepción que yo tenía de aquella música que tanto adoraba. Volví a sentir aquella sensación que me invadió, hacía ya tres años, con las grabaciones de mi tío, pero multiplicadas por mil.


Al día siguiente y habiendo escuchado la grabación un par de veces, no podía dejar de exclamar para mis adentros, tremendamente excitado: "¡Pero quiénes son estos tíos! ¡No veas si tocan rápido! ¡Cómo cantan estos hijos de puta! ¡Esto qué es!". Entonces supe que el heavy metal evolucionaba y se ramificaba en otros estilos mucho más rápidos, agresivos y anticomerciales como el thrash, death, black, hardcore, etc. Con el tiempo, gracias a internet y buscando, investigando, preguntado, leyendo publicaciones especializadas (Heavy Rock, Metal Hammer, etc.), descubrí qué grupos eran aquellos que ocupaban aquella cinta de casete, que no eran otros que: Sodom, Deathrow, Tankard, Kreator, Anthrax, TDK, Schizo, Possessed, Celtic Frost, Carnivore, Laaz Rockit, Exumer, Dark Angel, The Accused, Exorcist, Holy Moses, Doom, Slayer, Cryptic Slaughter, DRI, Attitud Adjustmen, Mortal Sin... Y así hasta acaparar noventa minutos.


De todas aquellas canciones de aquellas bandas (algunas aún en activo y otras no), hubo una que me entusiasmó sobremanera y se grabó a fuego en mi cerebro. En cambio, eso también supuso una gran frustración, pues nunca he podido saber, por más que pregunté en aquella época, a qué grupo o disco pertenecía aquel tema. Aparte, disponía de muy poca información al respecto. Tan solo sabía que era una canción de 1986 de una formación de thrash metal. Que su sonido mantenía una producción perfecta para su época, teniendo en cuenta que su presupuesto no debía ser el suficiente para costear una mezcla de lujo, y que la carismática voz del cantante, era capaz de emitir gruñidos prominentes y agudos desgarrados, portando a su vez un registro natural medio/agudo muy disfrutable.


Soy un obsesionado de todo aquello que me apasiona, ya sea el cine, la lectura o la música, y en todo este tiempo desde la audición de la cinta, que no ha habido mes que no me haya preguntado a qué banda o disco pertenece la jodida canción de la que os hablo. Pero ayer, al fin, de la forma más inopinada, lo descubrí. En una de mis incursiones por la red, en busca de música nueva y vieja que llevarme a los oídos, cliqué al azar sobre una canción... y ahí estaba, sin más. Fue una catarsis que me sacudió a escala cósmica. Después de veintinueve años, y aunque puede sonar profundamente irrisorio, pude concluir un importante capítulo de mi vida demasiado tiempo abierto. Incomprensibles estas palabras para quien tiene el alma vacía y desapercibe cualquier expresión musical, entenderá el melómano la dicha exultante que me produce colocar, aquella pieza de mi existencia largo tiempo desubicada, en el sitio que le corresponde en el puzzle de mi pasado.


    


Tags: Música, cinta de casete, grabación, piratería, canción, heavy metal, Cyclone

Regurgitado por Cabronidas @ 18:12
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Jueves, 01 de octubre de 2015

No me gustaba ir al colegio. De hecho, tuve que abandonar mi verdadera educación para ir a la escuela. Además, ¿a quién se le ocurrió unir la educación con la física? No es que de ello surgiera un término antagónico, pero sí algo chocante. ¡Qué sudorosa y extraña asignatura! Si eras un niño cachas o de anatomía precoz, sacabas sobresaliente. Si no, no. Los altos pegaban un saltito y se colgaban de la escalera horizontal, desplazándose de barrote en barrote en un balanceo simiesco y coordinado. Yo, en mi condición de pelele aún por dar el estirón, tenía que subirme a una falca de plástico para alcanzarla. Me colgaba de uno de los barrotes, y allí me quedaba como si no existiera el tiempo: inmóvil y rígido como un jamón curado, la cara enrojecida por el esfuerzo pero sin elevarme un milímetro. ¡Qué podía hacer! Mis bracitos no eran más que hueso y pellejo. Había algunos más patéticos que yo, que pedaleaban a la carrera como si ascendieran por una escalera invisible, quién sabe si con la esperanza de que sus codos se doblaran como por arte de magia. Otros incluso eran peores: pedaleaban con furia en esa escalera imaginaria produciendo, increíblemente, la inercia necesaria para lograr entrelazar ambos pies en uno de los barrotes, adoptando una postura deforme semejante a una hamaca. Entonces, mientras recuperaban el resuello, miraban de izquierda a derecha, luego de arriba abajo y con voz lastimera de quien está en un aprieto de vida o muerte, preguntaban: "¿Cómo bajo de aquí ahora?"


Para quienes la hemos padecido, sabemos que la justicia académica del bíceps es despiadada. Mientras algunos ejecutaban, como fuelles utilizados por la mano de un dios inagotable, las seis flexiones que daban el aprobado, otros suspendíamos. Es decir: cero flexiones, un cero. Yo estaba ahí, bocabajo mirando el suelo, soportando el peso de mi escuálida anatomía con los bracitos estirados, atento a la señal. El sonido del silbato llenaba el espacio de las cumbres más lejanas, y entonces yo flexionaba los brazos hasta rozar, como una brisa, el suelo con la punta de la nariz. Y lo mismo sucedía a continuación con el tórax y la pelvis. Yo quería realizar la flexión completa, pero era como si la tierra conjurara contra mí, quintuplicando su poder gravitatorio de tal modo que me mantenía pegado a ella. Por supuesto, los que aprobaban los ejercicios de la escalera así como las flexiones, ascendían por la cuerda en forma de escuadra. Yo peleaba con la cuerda como si estuviera viva, y siempre me ganaba anudándose a los tobillos y haciendo que quedara colgado bocabajo como un vulgar trocillo de chistorra. Si las flexiones se me daban bien, imaginaos el salto de altura: siempre pasaba por debajo de la barra, al menos, sin que se inmutara aun estando a ras de suelo. ¡Y qué decir del plinto y el potro!, ¡eran grandes y amenazadores!, así que en lugar de sortearlos con una voltereta sobresaliente, los derribaba. Aunque muchas veces ni siquiera eso: salía rebotado para atrás.


Ay, aquellas clases de educación física. Lo que más recuerdo es el maestro que las impartía, el señor Javier. Adorablemente comprensivo y paciente, chándal Adidas y silbato en ristre sin quitárselo de la boca, dictaminaba: "Va a suspender otra vez, Cabrónidas. ¿Y sabe por qué? ¡Porque en todo el curso que no le he visto cara de esfuerzo!"





Tags: Educación física, gimnasia, plinto, potro, chándal, Iron Reagan

Regurgitado por Cabronidas @ 20:24
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