S?bado, 30 de enero de 2016

La única certeza de la vida es la muerte. Mientras me encuentra, voy a seguir viviendo. El suicidio para los infelices.



Tags: suicidio, vida

Regurgitado por Cabronidas @ 17:00
Supuraciones (5)  | Enviar
Mi?rcoles, 27 de enero de 2016

El Padre Esperancejo camina, flemático, de un lado a otro de la clase en un silencio solemne y calculado. La luz aséptica de los fluorescentes, confiere un brillo desapasionado a su cabeza tonsurada, y cierta aura pálida apenas visible en el contorno de su silueta espigada. Presa de su rijosa e indisimulada lascivia, y no por ello percibida por quienes le escuchamos, decide el Padre Esperancejo que es la persona adecuada para aclarar nuestras dudas incipientes acerca del sexo. —Sé que sus cuerpos están cambiando, y sé de sus deseos y dudas. El ápice de la lengua del Padre Esperancejo humedece cadencioso su labio superior, de una comisura a la otra. —Y sé lo que cuesta confesar esas dudas, por tal motivo que he decidido ayudarles. El Padre Esperancejo ladea la cabeza y cruza las manos sobre su pecho, como si sostuviese un Sagrado Corazón. —Adorables niños, yo también tuve vuestra edad, y aunque el señor me reclamó joven, también padecí vuestras cuitas y zozobras. Mi responsabilidad, como pastor de este rebaño, es la de aclarar cualquier incertidumbre que podáis padecer. Así, con sinceridad y sin miedos, preguntad cuanto queráis saber sobre las vicisitudes de vuestra naturaleza anatómica. No hay que sentir remordimientos. Después de todo, nuestro señor nos hizo a su imagen y semejanza. Él, en su infinita sabiduría, comprende vuestros pecados y el abocamiento a cometer sucios y denigrantes actos...


Después de aquella perorata de aquel día pretérito, supe que el Hacedor, el Gran Arquitecto, realmente existe y comprende. Porque solo él, poderoso entre los poderosos, pudo evitar en los días que siguieron, que se adueñara de mí la invidencia por más que yo cometía, una y otra vez, aquel solitario, desestresante, y placentero acto impuro.

Amén.


 


Tags: cura, mentiras, ceguera, masturbación, impuro, pecado, Death

Regurgitado por Cabronidas @ 2:42
Supuraciones (5)  | Enviar
Martes, 19 de enero de 2016

El otro día observaba desde cierta distancia, como una pandilla de cinco chavales preadolescentes, jugaban a chutar un balón tan fuerte como podían contra uno de los muros enladrillados que conforman la zona residencial en la que vivo. Puesto que, como también pertenecen al vecindario del cual formo parte, los conozco y estoy en posición de decir que son buenos zagales si nos atenemos a los parámetros políticos y gubernamentales. Es decir, reciben la formación obligatoria en un colegio concertado, son chicos educados que no vociferan más de lo permisible para su edad, y ni escupen ni se mean en las esquinas (de momento). Los padres, a los que también conozco no más allá de una relación cordial entre vecinos, son honrados conciudadanos que pagan sus tributos y que, como mucho, se quejan del calor que hace en verano, del deterioro premeditado del barrio, y del frío que hace en invierno.


Pero ¡ah, la vida en la gran ciudad! La policía municipal entiende que no es una actividad responsable y decente jugar con un balón de reglamento en la calle, puesto que merma el patrimonio histórico cultural de la urbe y hace peligrar la integridad física de los conciudadanos. Así pues, una patrulla de uniformados funcionarios de la ley y el orden, cuyos sueldos pagamos entre todos, les ha requerido la filiación y acto seguido les ha requisado el balón, poderosa arma de caos y destrucción por todos conocida. Yo, que aunque pueda no parecerlo, soy persona ponderada, comprendo la dedicación de estos abnegados esbirros que velan día y noche por nuestro bienestar sin pedir cuentas y que, la mayoría de las veces, sufren en sus torturadas almas la incomprensión de aquellos a quienes con tanto ahínco protegen. Por lo tanto, deseo agradecer desde esta humilde tribuna (o sea, mi puto escritorio), a estos bizarros avalistas de la ley que saben mejor que nadie, de los terribles peligros que entraña una pelota en manos de una muy bien camuflada célula de niños sanguinarios.


¡Hostia puta mandarina!





Tags: calle, balón, policía municipal, jugar, adolescentes

Regurgitado por Cabronidas @ 2:45
Supuraciones (8)  | Enviar
Jueves, 07 de enero de 2016

Cualquier persona que tenga sensibilidad y mascota, como por ejemplo, un perro, abandera aquella oración que dice: "Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro". Mi amigo Orencio, maniático inofensivo del cine slasher, tuvo a bien bautizar a su perro con el nombre de Cañardo. Y no era para menos, pues dada la súbita impetuosidad con la que el can salía del portal a la calle, diríase que era Cañardo quien paseaba a Orencio. De tal modo, que todas las mañanas que me es posible, acompaño a Orencio cuando es paseado por su perro; no fuera a ser que le pasara algo (a Orencio).


Como cada mañana, Cañardo, inquieto de naturaleza y de apretones estomacales centrifugados, espera ansioso su paseo crepuscular. Huelga decir que Cañardo es de inteligencia limitada. De hecho, su mirada, aunque canina, deja entrever una inexplicable humanidad y la nada. Y por consiguiente, la misma innegable opacidad que percibo en el ochenta por ciento de mi entorno social y el cien por cien del gobierno. Por otra parte, tan singular sabueso carece de gustos sofisticados: le basta con comer a deshora y dislocar el hombro de Orencio cuando arranca de su posición para olfatear los esfínteres de otros canes. Otras, ladra amenazadoramente a los vehículos con rotativos luminosos y a los pizzeros motorizados. En los momentos de sosiego, Cañardo olisquea orines ajenos, deja los propios en lugares de difícil acceso y se lame el escroto con fruición. Esta mañana, Orencio y yo nos miramos, ratificando que Cañardo, que también nos mira intuyendo nuestra debilidad y ajeno al más mínimo decoro, va a utilizar todo su repertorio.


Tanto es así, que Orencio se pertrecha con todo el equipo de supervivencia, para lo que siempre es un paseo hipertenso en el que solo se relaja, sin éxito, propinando golpes de puntera a los cojones de Cañardo. Pero Cañardo es duro. A saber: látigo y collar asfixiante. Puño americano para castigar el costillar y lo que es más importante: bolsa de plástico ignífuga XXL, puesto que el chucho no solo depone en lugares indebidos, sino que sus heces son del tamaño de la rueda de un tractor. Por otra parte, ropa cómoda y adecuada para la lucha de especies: una sudadera con manchas imborrables de cerveza y múltiples orificios, cuya antes visible ilustración, corresponde a la portada de un disco de Anthrax del 83. Encima de esta, una chupa de cuero tan parcheada con nombres de grupos de metal, que mire por donde se mire parece una portada de la HeavyRock. Cómo no, tejanos con más kilómetros de rodaje en la lavadora que el cimbrel de tito Siffredi en el porno. Para conjuntar con los tejanos (o lo que queda de ellos), nada como calzar unas bambas de media caña con más arrugas que la cara del maestro Yoda. Y por último y no menos importante, embutirse un gorro de invierno sobre las cejas y hasta el lóbulo de las orejas, cuyo lema estampado no puede ser otro que el amigable y universal: motherfucker.


Así pues, vamos Orencio y yo con Cañardo, transitando la calle bajo un desapacible y blanco cielo invernal. Tan pronto descuidamos la prudencia, Cañardo, cuarenta y dos kilos de músculo marmóreo, como si fuera La Masa empapada en cocaína, esprinta de súbito hacia la farola más cercana. En tan enérgica acción, derriba a Orencio que a su vez me derriba a mí, aterrizando ambos en una acera moteada de chicles y escoria diversa. Mientras aún estamos por el suelo intentado recobrar la compostura, y Cañardo amorrando el ocico a la base de la farola, bautizada con meadas recientes y añejas, nos encuentra Preciliana en sus sesiones de footing, una hippie recauchutada de cincuenta y cinco años de edad reconvertida a profesora de yoga.


—¡Anda, sin son Batman y Robin! ¿Qué pasa? ¿A estas horas y ya vais cocidos?
—No. Estamos paseando al perro y nos ha tirado —contestamos al unísono mientras nos ponemos de pie.
—Mira que bien. Y yo que me pensaba que era un Tiranosaurio Rex —bromea Preciliana desde una distancia prudente y corriendo sin moverse, sabedora de la destructiva efusividad de Cañardo.
—Cuidado con lo que dices, Preciliana, no vaya a ser que Cañardo te quiera dar un lametón y te joda los chacras —contesta Orencio sonriendo mientras sujeta las riendas que Cañardo tironea con ahínco.
—¡Ni se os ocurra tirarme esa cosa encima, mamones! —exclama Preciliana reanudando su carrera matinal.


Al tiempo que Preciliana se aleja, Cañardo contrae los cuartos traseros, deja caer la lengua a un lado, y un hedor denso como el ectoplasma obtura nuestras fosas nasales. Orencio y yo miramos, escalofriados, la ciclópea cagada de nuestro querido cánido, que presenta la consistencia del hormigón armado y los vapores mefíticos propios del más rusiente Averno. En un gesto de acostumbrada resignación, recogemos la titánica deposición, sabedores de que el hedor que desprende persistirá largo tiempo en nuestros ropajes. Acabado nuestro acto de civismo en pro de la higiene pública, continuamos el paseo por la parte céntrica de la ciudad, que a esas horas de la mañana ya respira a todo pulmón ofreciendo una bullente actividad. Avanzados unos cuantos metros, nos encontramos con el antagonista de Orencio y Cañardo, un anciano de rasgos similares a los de Saruman, que pasea algo parecido a una barrica peluda. Dicha criatura, en consonancia con el caminar de su dueño, que se mueve a la velocidad de lo inanimado, avanza por instinto un nanosegundo por encima de la velocidad de su amo, sacándole así tres metros de ventaja merced a la correa extensible y al paso de los años.


Cada vez que nos cruzamos con el abuelo y su barrica peluda, esos tres metros de nailon suponen un arma de destrucción masiva. Orencio y yo ignoramos el atractivo animal que despierta en Cañardo la presencia del ponzoñoso ser que pasea el anciano. El caso es que Cañardo, cegado quizás por sus feromonas o por una ambigua homosexualidad gerontofílica, arremete vigoroso contra esas dos formas de vida que se mueven en ultralentitud y se enreda, una vez más, en los tres metros fatídicos de nailon. El viejo y su criatura peluda permanecen inmóviles, pareciendo estar atrapados en un fotograma congelado de Matrix. Orencio abre con cautela los dedos del viejo y yo cojo la correa y la libero. El anciano parece disecado; ni parpadea. Comienzo a desenredar las correas de los canes con el pulso firme; no así como mis orbiculares, que vibran incontroladamente. Entretanto, Preciliana vuelve a aparecer con su deportivo trote y sin detenerse, nos obsequia con su dedo medio y una sonrisa de Cheshire. A su vez, Cañardo aúlla y se dispone a solazarse analmente con el pobre bicho, también en estado vegetativo. Orencio y yo nos miramos horrorizados: ese aullido es el paso previo a la monta.


Mi amigo y yo nunca hemos sido partidarios de la necrofilia con el propio sexo, por lo que nos apresuramos en el desenredado del correaje y de un tirón, liberar no solo a Cañardo, sino también la oquedad de la barrica peluda, segundos antes profanada. Como que estamos agotados, decidimos volver a casa. Cañardo parece sonreír satisfecho. Desandamos nuestro camino dejando atrás, como muñecos de cera, al viejo, su barrica peluda y los tres metros letales de nailon. Una vez más hemos logrado huir de ellos, y estaremos preparados para nuestro próximo enfrentamiento.


Ya sabéis, cuidad y quered a vuestros sabuesos tal y como son. De ser incapaces, siempre podéis adoptar un virus.





Tags: perro, mascota, paseo, amo, dueño

Regurgitado por Cabronidas @ 20:25
Supuraciones (7)  | Enviar
Lunes, 04 de enero de 2016

El otro día me decían que Nochevieja es el máximo exponente de los abrazos. Y es verdad: En esa noche las multitudes se abrazan a sus bebidas con más celo que Gollum al anillo único. Finalmente, al alba, se abrazaban a las farolas.



Tags: Violadores del Verso, bebida, borrachera, nochevieja, abrazos, Soziedad Alkoholika

Regurgitado por Cabronidas @ 9:00
Supuraciones (7)  | Enviar
Viernes, 01 de enero de 2016

¿Ya te has levantado?


Estrenas un nuevo año y te despediste del pasado maldiciéndolo, quizás como hiciste también con el 2014. O no. ¿Ya te has desecho de aquellas promesas incumplidas que tanto resplandecían cuando nacieron? Claro que sí: se hicieron cenizas y tan pronto cesaron las campanadas, las depositaste en el fondo de la urna del olvido junto con otros propósitos chamuscados, sustituyéndolas por otras de nuevas para esta recién estrenada andadura, que salvo sorpresas, siempre es la misma. Qué poco cuesta arrugar esa pequeña lista de deseos frustrados para regresar al autoengaño con otra de nueva, ¿verdad? No quiero decir con esto que no intentes evitar los errores del pasado; claro que no. Pero en el proceso no reniegues de la elección ni de la decisión; no coartes las posibilidades que han de presentarse en tu camino por miedo a volver a errar. Y por favor, acepta de una condenada vez quién y qué eres. Acepta tus limitaciones y el hecho de que no siempre conseguirás aquello por lo que luchas con uñas y dientes. Algunas metas serán siempre inalcanzables, y pese al fracaso, no solo te respetaré, sino que te admiraré por ello;  porque te atreviste a intentarlo. Y dicho esto, asume tus puntos fuertes que estoy seguro tienes, sobre todo aquello en donde sí puedes hallar una indiscutible victoria. Qué fácil y gratuito, lo sé. Qué falso suena así dicho, así escrito. Iba a desearte a ti, a ti, y a ti también, un feliz año 2016, pero creo que solo os voy a desear suerte, mucha suerte en todo aquello que la creáis necesitar.


El resto, siempre lo has sabido, va a depender de ti.



 


Tags: nochevieja, deseos, promesas, suerte, año nuevo

Regurgitado por Cabronidas @ 5:43
Supuraciones (10)  | Enviar