Lunes, 11 de abril de 2016

¿Sabes qué es que te disguste alguien tanto, que todas y cada una de las palabras que oyes de esa persona te parezcan fútiles, inexactas e imprecisas y siempre excesivas? ¿Sabes qué es tener la certeza de que en cada conversación estás desaprendiendo lo aprendido, que todo es dicho en balde, que cada frase aporta a tu vida ese pequeño instante que siempre tratarás de olvidar? ¿Sabes qué es escuchar a esa persona su tono, su timbre de voz, su volumen con tanta indiferencia que odias todas y cada una de las notas que emite desde su boca, aquella que te desvives por partir de una vez para siempre?


¿Sabes qué es que te disguste alguien tanto, que siempre sientes perder el tiempo a su lado, que cada instante compartido te parece el último día del resto de tu vida? ¿Sabes qué es vivir cada encuentro deseando que sea el último, en esa mezcla de desilusión, desmotivación, impavidez, sabiendo que será otro momento ordinario y profundamente desafortunado? ¿Sabes qué es estar con esa persona que te hace sentir con su presencia que no existen cosas bellas en el mundo, olvidándote incluso de tu propio yo y abstrayéndote en sus gestos y en sus miradas, degustándola con avidez para luego vomitarla entera?


¿Sabes qué es que una persona te disguste tanto, que lo desprecies hasta sentir dolor, que lo odies como padre, mujer, hombre, madre, como humano e incluso como andrógino? ¿Sabes qué es que te disguste alguien tanto, que por no encontrarte con esa persona pienses en mudarte, ya no de casa, ni de barrio, ni de país, sino de planeta? ¿Sabes qué es que esa persona, por mucho que la evites y te escondas, te encuentra y sientes que algún castigo divino ha recaído sobre ti? ¿Lo sabes? ¿De verdad que lo sabes? ¿Has sentido alguna vez esa pulsión?


Pues no te compadezcas: apréndete la letra de la canción que acompaña al artículo, y la próxima vez que esa persona se te acerque, cántasela con todo tu amor. A mí me funcionó.


 


Tags: Soziedad Alkoholika, relación, odiar, vomitar, sentir

Regurgitado por Cabronidas @ 8:00
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Martes, 29 de marzo de 2016

Tiburcio, más conocido en el vecindario como "El cleptómano de las tres manos" debido a su insuperable eficacia a la hora del hurto, huía de dos policías locales que lo perseguían con la intención de apresarle, y de paso, recuperar sus motos. Probablemente, para otra persona que no fuera Tiburcio, tal situación representaría un problema, pero para Tiburcio, acostumbrado desde su díscola niñez a ese tipo de aprietos, aquello no era más que otra carrera en la que los agentes de la ley dejaban el aliento tras sus talones. Si bien como él, los agentes conocían el laberíntico entramado de las calles del pueblo, eran torpes y lentos debido a sus orondas anatomías. Mientras que Tiburcio, escurridizo como el mercurio, aumentaba la distancia entre ellos esquivando coches, fintando entre los transeúntes como una corriente de aire e improvisando inesperados sesgos en las esquinas. De tal modo que le dio tiempo a abrir con sus instrumentos de caco, una de las tapas de registro que daba acceso al alcantarillado y desaparecer de la vista de sus perseguidores descendiendo a la negrura del subsuelo.


Una vez colocó la tapa hasta eclipsar el día y bajar por la oxidada escalerilla de la cloaca hasta tocar el húmedo suelo, puso en modo linterna el móvil que le sustrajo a la alcaldesa hace dos días: un flamante Samsung Galaxy 7 que, al contrario de lo que hacía su antigua propietaria por el bien de la comunidad, ahora le iba a prestar a él un gran y necesario servicio. Su plan era permanecer en aquel mundo subterráneo el tiempo necesario para desanimar a sus uniformados captores que, al llegar a la calle donde se encontraba la tapa de la alcantarilla, estarían preguntándose dónde diantre se habría metido. Además, entre los de su gremio, Tiburcio era el que mejor conocía toda aquella intrincada infraestructura de largos túneles goteantes por los que discurrían sucias y apestosas aguas residuales. Y ahora que disponía de luz, podría moverse por aquel insalubre lugar como el topo en su madriguera. Con lo cual, y silbando un batiborrillo de sus bandas sonoras favoritas (Por un puñado de dólares, El robobo de la jojoya, El gran golpe y Ocean's eleven), inició su andar por uno de los túneles que estaba mejor iluminado de toda aquella red subyacente de hormigón.


Tiburcio caminaba con la única compañía de sus melódicos silbidos, por una de las dos estrechas aceras que flanqueaban el túnel por el que corría un fino hilo de agua. Del punto más alto de aquel sombrío pasaje semi circular, había colocados a intervalos de cuatro metros, una treintena de fluorescentes de los cuales nueve o diez repartidos en toda la longitud del mismo, despedían una luz moribunda que apenas penetraba aquella sima de oscuridad. El resto de tubos o estaban muertos o parpadeaban en una secuencia ilógica. Tiburcio conocía bien ese túnel. En el pasado y como ahora, lo había utilizado en varias ocasiones para burlar a la policía, además de que sabía que conducía a una espaciosa estancia circular —no mucho mejor iluminada que donde se encontraba ahora— en la que confluían tres conductos más. Así que decidió ir hacia allí, esperaría un rato prudencial y desandaría sus pasos para finalmente emerger al mundo exterior.


A mitad de trayecto, justo cuando pasaba bajo la luz desvaída de uno de los fluorescentes, se detuvo en seco y apagó la luz del móvil, con el convencimiento absoluto de haber sentido algo que procedía del final de la negrura del túnel. Tiburcio, proclive a la imaginación y la paranoia, se preguntó si no serían ciertas aquellas historias que de niño le narró la cascada voz de su abuelo a la luz de la lumbre, con la intención de disuadirlo de adentrarse en las alcantarillas. Hasta los últimos días de su niñez, se estuvo preguntado qué haría si alguna vez se encontraba frente a un cocodrilo de gran tamaño en algunas de sus incursiones a los sótanos de la civilización. Lanzó desde sus adentros, una pequeña maldición a la madre que parió a su abuelo y aguzó el oído. No era algo físico; se palpaba en la piel, en el estómago y en las yemas de los dedos. Era una especie de rumor quedo; un ronroneo amortiguado que fluctuaba entre el sonido cristalino de las incontables goteras, y llegaba hasta él haciendo oscilar las largas telarañas como si fueran medusas bajo el agua.


Desde que nació, corría por las venas de Tiburcio el deseo perenne de la apropiación indebida y apenas tres o cuatro glóbulos de valentía. Pese a ser una carencia global, él la suplía ampliamente con una curiosidad atrevida y desde luego, fuera lo que fuera aquello, estaba seguro de que no era una criatura que algún desaprensivo hubiese tirado por el desagüe. De modo que contrajo el esfínter, respiro hondo, volvió a encender lo que era suyo por derecho propio, su Samsung Galaxy 7 en modo linterna, y resolvió encaminarse con sigilo hacia ese bisbiseo antinatural. Cuando ya había cubierto más de la mitad del trayecto, parte de su inquietud lo abandonó al percatarse de que aquel arrullo intranquilizador se trataba de una voz. Apagó el móvil y fue acercándose hasta llegar a la desembocadura del túnel, allí donde la luz vencía —por fin— a la oscuridad. Pese al alivio, Tiburcio optó por la prudencia y decidió escuchar sin asomar la cabeza, apoyándose de espaldas a la pared del conducto hasta el punto de mimetizarse con él. En efecto, era una voz; la inconfundible voz de un hombre cuyas palabras, aunque incompresibles para él, resultaban intimidantes por la devoción con que eran pronunciadas. La voz declamaba con un apasionamiento apenas contenido y una evidente idolatría desquiciada, como si cada palabra contuviera en sí misma una siniestra profecía.


—Al octavo día, el Innombrable vulneró los edictos hieráticos del Hacedor y convino con los irredentos mortales escribir su propia historia. A obscenos lengüetazos de fuego, engendró del más rusiente de los avernos a la criatura más portentosa e incombustible que habría de enaltecer los corazones de los blasfemos y herejes que infestan el mundo. La bestia retornaría cíclicamente con denuedo arrollador y furia desacostumbrada, allá donde millones de gargantas paganas claman su nombre con una sola voz retumbante...


Tiburcio pensó que aquella voz era la de un tipo seriamente trastornado, pero no lo suficientemente trastornado como para hablarle a la nada. De modo que para confirmar sus crecientes sospechas, Tiburcio se atrevió a mirar asomando la parte más imprescindible de la cabeza para ello, y contuvo un respingo. En efecto, allí donde otras veces en el pasado nunca hubo ni un alma, había ahora a pocos metros de él, una cincuentena de personas entre hombres, mujeres y niños. Aquella numerosa congregación de silenciosos oyentes, mantenían el mentón ligeramente alzado en idéntico ángulo, dirigiendo sus atentas miradas a una esquelética figura trajeada con negros ropajes y de altura extraordinaria que, desde su posición elevada, parecía hipnotizar con su oscura homilía a todo aquel que escuchara. De su cuello colgaba un pequeño crucifijo invertido que humeaba al tiempo que articulaba las palabras, acompañadas de pequeños salivazos sanguinolentos.


—Y para desdicha de dogmáticos, creyentes y defensores de la fe, esparciría como un terrible virus su oscura letanía conquistando fronteras y anegando los más recónditos e infrecuentes confines. El tiempo no se detiene y el templo de los infieles está dispuesto para abrir sus puertas y amparar a los que hoy optan carearse con el monstruo. Los cañones tronarán estentóreos; las abyectas alimañas de la madre Tierra se removerán en sus malolientes escondrijos y...


El oscuro orador enmudeció de súbito, pues de súbito aquella cincuentena de almas que le escuchaban abstraídas, dejaron de hacerlo ofreciéndole la espalda y señalando como un solo ente devoto en dirección a Tiburcio. Este avanzó con pasos dubitativos hasta colocarse en medio de la boca del túnel, completamente a la vista. Se preguntó cómo lo habrían descubierto, pero al segundo siguiente pensó que si escuchaban sin estremecerse a un hombre fantasmagórico que escupía sangre y llevaba colgado un crucifijo humeante, podrían descubrir cualquier cosa. Aquel grupo de hombres, mujeres y niños, posaban sobre Tiburcio sus inexpresivas miradas, señalándole con el índice. De igual forma y en un punto más elevado, el Orador Oscuro hacía lo propio. A través del humo que emanaba del crucifijo que adornaba su cuello, Tiburcio vislumbró sus labios ensangrentados. No podía apartar la mirada de todos ellos, y ellos lo miraban ojerosos, sin parpadear, sin que sus brazos extendidos oscilasen lo más mínimo, como si pudieran pasarse toda la eternidad en esa actitud condenatoria. Los ojos de aquellos extraños pesaban sobre Tiburcio como si quisieran doblegar su espíritu. Casi sin darse cuenta, se arrodillaba lentamente en aquel lugar profanado, y creyendo que sería incapaz de soportar por más tiempo aquel silencio opresivo, exclamó:


—¡Pero qué hacedó, qué blafemo ni que ná! ¡Zoy Tiburcio, "Er cletómano de la tre mano", y no tengo na mejó que hacé que robá juego de la play estachon en El Corte Inglé! ¡Azí que ala, me vuelvo pa Graná! ¡Que su den por culo a to!


Y en un vigoroso y adrenalínico arrebato de fuerza, Tiburcio se irguió cuan alto era, giró sobre sus talones, encendió su Samsung Galaxy 7 en modo linterna, y como el silbido de una bala (o alma que lleva el diablo, pensaría en los días siguientes), escapó de allí por donde había venido. Intentado, en el proceso, quitarse el miedo de encima y pidiendo perdón a no sabía muy bien quién, por haber maldecido a la madre de su abuelo. Y es que puestos a elegir, hubiera preferido Tiburcio en aquel brete tan singular, enfrentarse con un caimán hambriento.


 


Tags: Deicide, evangelio, orador, secta, ladrón, alcantarilla

Regurgitado por Cabronidas @ 17:04
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S?bado, 26 de marzo de 2016

Una de las conversaciones más breves de cuantas se pueden imaginar, es aquella en la que el sujeto E entra al lavabo que está ocupado por el sujeto A.


—¡Eh! —exclama el sujeto A cuando, al tiempo que caga, se abre la puerta del lavabo.

—¡Ah! —replica el sujeto E cerrando la puerta inmediatamente para así no ver a un tío cagando.


Por razones comprensibles, el sujeto A y el sujeto E piensan: "Puta y jodida Semana Santa".



Tags: Tote King, Semana Santa, lavabo, cagar, conversación

Regurgitado por Cabronidas @ 12:26
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Viernes, 11 de marzo de 2016

Ha llovido mucho, aunque no tanto como en el diluvio bíblico, desde que pisé un recinto de enseñanza. La mejor época escolar que recuerdo fue la acaecida en la década de los ochenta.  Entonces —y antes también— se denominaba E.G.B. y la religión, durante un breve periodo de tiempo fue asignatura obligatoria. Al menos, obligatoria hasta la Constitución. Una vez constituído ese libro con el que tanto le gusta a los populares dar en la cabeza a los independentistas, podías ser adorador de Crom, Odin, Kali, Lilith, Eris o cualquier otra deidad que no fuera la impuesta por aquellos días. La programación televisiva de aquel tiempo gastado no era tan tóxica como la actual, debido a que solo emitían tres cadenas (TV-3 a partir de enero del 84). Lógicamente, a menos cadenas, menos bazofia y menos ciudadanía lobotomizada.



Divagaciones aparte, siento cierta añoranza por algunos compañeros de aula a los que he perdido completamente de vista. Me refiero a aquellos que provocaban que te descoyuntaras a carcajadas. Recuerdo con exactitud algunas de las preguntas de los docentes a nosotros, los discentes. Al Jivia le preguntaron cómo explicaría él qué es una moto, a lo que el Jivia respondió que una moto es cuando Ángel Nieto la arranca y se pone a correr en el circuito. Y si no, cuando le mandaron a Plomo que explicara lo que es una silla. Sin vacilar, Plomo explicó con gran convencimiento que una silla es cuando estaba cansado, la cogía y se sentaba. Lo del Naja fue igualmente sonado, el día que en clase de historia le preguntó el maestro qué clase de ventana es un rosetón, y el Naja contestó con suficiencia que un rosetón es una ventana en forma de rosa.


Ante semejantes contestaciones, las risotadas provocadas fueron tantas que de ser físicas, hubieran abombado las paredes de la clase. El profesor, por su parte, contenía las propias y miraba hacia el techo como suplicando paciencia a un ser superior. Yo, al igual que mis amigos Naja, Jivia y Plomo, también me llevé una gran ovación cuando me preguntaron por las siglas U.S.A. y respondí categórico: unión soviética americana.





Tags: década, profesores, alumnos, colegio, preguntas, contestaciones, el Reno Renardo

Regurgitado por Cabronidas @ 9:00
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Lunes, 07 de marzo de 2016

Me veo como un actor secundario lejos ya de su mejor momento, arrastrando mi personaje de un escenario a otro escenario. No creo que a estas alturas deje de serlo: un errante marino que en la soledad de las noches, naufraga siempre en los mismos lugares y a quien no le importa que su embarcación sea engullida por las aguas una y otra vez. Ayer, y parafraseando a Rosendo, navegué a muerte (una vez más) hasta recalar en la barra de un bar. En un momento dado (siempre que apuro la penúltima copa) necesité cambiar el agua de las olivas aunque iba cargado de todo menos de agua. Me acerqué a la puerta del lavabo, ingrávido, como si caminara entre nubes, y cuando abrí la puerta y accioné el interruptor, un haz de luz deprimente y de un amarillo malsano iluminó en claroscuros lo que parecía la antesala del infierno.


En toda mi dilatada vida de bares, pubs y discotecas (ahora parece que parafraseo a Los Suaves) he visto lavabos de toda condición. Lavabos de limpieza neutra; lavabos cuyo suelo podías lamer sin riesgo de hospitalización y lavabos que presentaban peor aspecto que una mazmorra medieval. Pero el lavabo en cuestión escapaba de la imaginación más poderosa. ¿Cómo te describo que aquellos pocos metros cuadrados parecían la pesadilla atroz de la mente más enferma? ¿Cómo te explico que si el horror más punzante buscara donde vivir jamás se alojaría en tan abyecto agujero? ¿Cómo te convenzo de que existe un lugar, que a pesar de su reducido tamaño, contiene una repugnancia tan abundante y superlativa que haría enloquecer al más cuerdo?


No os acercáis ni remotamente a lo que os intento explicar, si pensáis en cierto lavabo escocés en cuyo retrete un tal Renton se sumerge para recuperar sus alucinógenos, no. Ni siquiera os aproximáis un segundo si imagináis un inodoro de una insalubridad tan hedionda y obscena, que podría albergar virus y enfermedades aún por descubrir. No y no. Aquel lavabo presentaba tal pureza, estaba tan limpio, tan inmaculado, que probablemente era el lavabo que tiene reservado dios para sus ángeles allí en el Edén.


¿Pero acaso no es diabólico y aberrante, que de todos los lavabos del mundo, entrara en uno cuyas prístinas paredes exhibieran pósteres de Rick Astley, Glenn Medeiros, Loco Mía y los polimorfos The Village People?





Tags: Rosendo, bar, asco, lavabo, retrete, mear

Regurgitado por Cabronidas @ 9:00
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Lunes, 29 de febrero de 2016

La sabiduría popular sentencia que hay que procurar no salir nunca enojado de casa con aquellos que amas, pues la vida puede cambiar en un segundo y tal vez nunca puedas despedirte. Así que tú, mujer entregada, sigue respetando a tu marido cuando sepas que alterna con putas de carretera y después de follárselas, se va sin pagar y las escupe a la cara. Y tú, respetable marido, continua amando a tu esposa como la más pura, aunque descubras que es lesbiana y lleva cinco años acostándose con chiquillas menores de edad como por ejemplo tu hermana.


Matrimonios y parejas de hecho, ni que decir tiene que no debéis mostrar enfado a vuestros hijos e hijas, si resulta que ellos trafican con estupefacientes en el colegio y ellas putean y ningunean a sus compañeras de pupitre hispanas y negras. Inversamente, hijos e hijas, puesto que vuestros padres y madres os dieron la vida, vuestro corazón no debe albergar odio hacia ellos. Ni tan siquiera si descubrís que esos traumas y pesadillas que os perseguirán el resto de vuestra vida, se deben a que vuestra madre abusaba de vosotros cada noche en lugar de leeros cuentos y cantaros nanas. O que vuestro padre que creía que vosotras ibais por mal camino, os apalizaba por vuestro bien en inflexible rectitud los días señalados del calendario.


Y lo mismo si sois nietos y nietas. Venerad a abuelos y abuelas como fuentes de amor y sabiduría aunque sepáis en lo más recóndito de vuestra mente, que habéis sido objeto de su pederastia cuando os cuidaban mientras vuestros padres y madres curraban. Si resulta que toda esta gran ola de mierda arribó o arriba a orillas de vuestra vida y os tenéis o queréis salir de casa, aunque sea para denunciar, comprar un arma o contratar a un par de matones rumanos empapados en crack, hacedlo con una gran sonrisa.


La familia no se elige, pero el refranero es sabio.



Tags: familia, convivencia, abuso, anthrax

Regurgitado por Cabronidas @ 8:00
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Viernes, 19 de febrero de 2016

Yo he nacido en todos y cada uno de vuestros genes. Cuando todo estaba aún por hacer, desperté con los primeros ojos que vieron la luz, y desde ese momento inmemorial me utilizáis una y otra vez para escribir vuestra historia. Tantas veces como habéis querido, he mirado al rostro del demonio y me ha sonreído, dándome su aprobación. Mi maldad es tan pura como oscuro vuestro corazón, y así desde el primer latido, perdura nuestra relación durante eones. Porque aunque nací con el primero de vuestra especie, soy padre y madre de la desesperanza, del dolor y el infortunio; de todo aquello que os provoca el llanto. Guerra me llamáis, reviviendo mi bautismo en cada muerte, en cada charco de sangre ennegreciendo vuestra tierra, en cada estertor de agonía. Guerra me llamáis, aunque cuando os atrevéis a contemplar la eficacia de mi obra, pensáis que soy algo para lo que todavía no hay nombre. Un día que incluso yo desconozco, me pediréis que finalice vuestra historia. Ese día, vuestro mundo quedará purificado, y yo, guerra, moriré con vosotros.


Con todos vosotros.



Tags: guerra, matanza, Vio-lence, muerte, dolor, llanto

Regurgitado por Cabronidas @ 8:00
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