Jueves, 21 de marzo de 2013

Mi antiguo profesor de dibujo, el señor Fornell, maniático del ajedrez, calzaba una polla grande y gruesa, no así como su escasa imaginación, por lo cual intuí que la historia que nos presentó como ejercicio era prestada. "Señoritas y señoritos, vuelvan de donde quiera que estén y presten atención. Voy a narrarles una historia inconclusa de la cual ustedes deberán extraer una conclusión".


El señor Fornell nos relató la historia de un niño llamado Ignacio, cuyos padres eran los conserjes del colegio donde estudiaba, por lo que la casa en la que vivía era una modesta edificación contigua al centro de enseñanza. Los fines de semana, Ignacio tenía todo el colegio para él solo, y lejos de tener miedo de los largos pasillos sin vida, de las aulas cerradas a cal y canto como si mantuvieran la respiración, y del enorme silencio que se posaba como un pesado manto, Ignacio disfrutaba una barbaridad aventurándose por cualquier rincón del recinto escolar donde su insaciable curiosidad lo llevara. Tanto era así, que sus padres, perfectos conocedores del atrevimiento del que hacía gala el joven, le prohibieron tajantemente que jamás bajo ningún concepto debía abrir la puerta roja y traspasar el umbral de lo que esta cerraba.


Ignacio siempre se preguntó por qué todas las puertas del colegio eran azules y había una sola de color rojo. Más aún; qué habría tras esa puerta que sus padres no permitían siquiera que se acercara a ella. Como cabe esperar en un chaval de doce años, Ignacio se imaginó que en esa aula prohibida, vivía un ser monstruoso capaz de desgarrarlo de un zarpazo y devorarlo en un santiamén, pero desechó tal idea un día que, armado de valor, pegó la oreja a la puerta y comprobó que no se oían bramidos ni pezuñas arañando. Cada día que pasaba, solo pensaba en una cosa: la puerta roja... la puerta roja... la puerta roja... Hasta que finalmente, cuando acabó de estudiar todos los movimientos de su madre con saña detectivesca, se hizo con la llave que abría la condenada puerta roja. Y haciendo caso omiso de la prohibición y obedeciendo a su actitud díscola, se acercó a la puerta con la respiración acelerada, introdujo la llave en el paño, giro con un leve chasquido y...


El señor Fornell enmudeció y observó lentamente a la expectante clase con un frío barrido de izquierda a derecha. Mantenía un silencio calculado, como el de los grandes oradores experimentados. Justo en ese punto en el que el silencio parecía no caber en la clase, dijo: "... y de eso trata el ejercicio. Deben dibujar lo que creen que encontró Ignacio en esa habitación. El que acierte se llevará el aprobado de todo el curso."


Por aquel entonces yo tenía doce o trece años, y era un empedernido y voraz aficionado a los cómics y los libros; todo eso, unido a mi incipiente afición por el cine de ciencia ficción de serie B, tendía a imaginarme historias altamente surrealistas con finales que rayaban lo kafkiano. Así que dibujé a dos amazonas semi despelotadas y tetudas de largos cabellos de color verde, que volaban de pie encima de unos platillos volantes, y disparaban rayos láser contra unas plantas carnívoras gigantes que tenían espadas y restos de comida entre los dientes. El señor Fornell, triunfante y con una sonrisa, nos explicó que la habitación era absolutamente normal y corriente como las otras restantes; que todo aquello tan solo era una prueba de obediencia a Ignacio y que en la habitación no había nada, salvo oscuridad, puesto que las ventanas estaban cerradas y los fluorescentes apagados.


La verdad que aquello me jodió bastante, ya que el señor Fornell no supo valorar mi originalidad y despreció mi creatividad poniéndome un notable. Y cómo sé que tiene una polla larga y gruesa como la mía...


...Eso ya es otra historia.


 


Tags: Clase, colegio, dibujo, cómics, historia

Regurgitado por Cabronidas @ 22:43
Supuraciones (8)  | Enviar
Jueves, 14 de marzo de 2013

Por uno de esos locos azares que escapan al entendimiento, yo conocí y conviví con un millonario. Entre los millonarios o ricos, como entre los pobres y los no adinerados, hay mucha imbecilidad, y tal cualidad por desgracia extensa, no hace diferencias entre los que no tienen nada o los que se gastan una suma desorbitada en alguna acuarela de mierda de algún gilipollas muerto hace cientos de años. Como ya se sabe, los hay ricos por estafa inmobiliaria, por apuestas del estado, desfalco, narcotráfico, por pollazo, por haber nacido con una flor en el culo y otros. En resumidas cuentas, yo distingo entre tres grupos de millonarios: los que ya lo eran desde que nacieron, los que roban con impunidad insultante, y los que nacieron no siéndolo y un giro del destino los introdujo en el gremio.


Uno de los del tercer grupo se cruzó en mi vida cuando era de mi misma jerarquía social. Un millonario que antes ha sido pobre o ha pertenecido a la medianía obrera, reniega de su pasado y odia cualquier cosa que le recuerde su vida anterior. No obstante, en cualquier tipo de evento se acercará al grupo en el que estás reunido; sin ser invitado posará una sudorosa mano sobre tu hombro, y mientras con la otra sostiene una copa cuyo contenido es carísimo, dirá con una amplia sonrisa y fingida condescendencia: "¡Eh, chicos! Nada ha cambiado, sigo siendo de los vuestros". Lo cual quiere decir que ya no recuerda sus orígenes, como que hasta hace bien poco, regentaba un bar tumefacto y cochambroso en el que si dejabas caer el puño en la barra, salían cien cucarachas proyectadas en todas direcciones.


Con el discurrir del tiempo, el millonario antes pobre, si ya no lo hizo antes, empieza a incubar una variante estrambótica de imbecilidad, así como el desarrollo de fobias, manías extrañas y curiosas aficiones, con lo cual se hace patente eso de que el dinero en exceso potencia lo malo o lo bueno que hay en cada uno de nosotros. En la mayoría de casos, habilitan cien metros cuadrados de quinientos para dar rienda suelta a sus inquietudes excéntricas, como pueden ser enormes maquetas de escaléxtric como yo nunca había visto. O minuciosas representaciones en miniatura de importantes batallas de la historia, con un realismo de precisión clínica, que casi parece que te encuentres teletransportado al pasado en medio de la contienda. Ni qué decir de los incontables muñecos de cualquier personaje famoso o conocido que te puedas imaginar: Drácula, Frankenstein, G.I. Joe, la pantera rosa, Oprah Winfrey, héroes de la Marvel, Fred Astaire... Todos ellos perfectamente embalados dentro de sus cajas trasparentes; sin una mota de polvo, impolutos.


Turba observar el brillo de sus ojos cuando te muestran semejante derroche de pasta, y conmueve enormemente contemplar sus sonrisas aleladas, profesando más amor a tales fruslerías que a las personas que les dieron la vida. De hecho, muchos no son malas personas y bien pensado, cuando se es millonario, ser imbécil no es tan malo.


 


Tags: Millonario, dinero, fobia, manía, imbécil

Regurgitado por Cabronidas @ 19:08
Supuraciones (17)  | Enviar