Domingo, 22 de septiembre de 2013

Premio al mejor blog.


La tarde que llegamos a la sede de La blogoteca lo hicimos llegando veinte minutos tarde, con lo cual nos descalificaron del concurso Premios 20blogs con la celeridad del rayo. No obstante, como fui instruido por mis exigentes mentores en diversas disciplinas como la de la previsión, me tomé la libertad de inscribir a mi amigo y protegido Cabrónidas en el concurso de Premios Bitácoras.com. Yo me bajé del taxi en el número 2 de la calle Ronda Valencia, y allí estaba él en la acera de enfrente, fumando con la pasión de quien cree que se van a extinguir todas las plantaciones y bebiendo de una petaca como lo haría un bebé hambriento de su biberón. Le hice un gesto con la mano que no correspondió enseguida, por lo que adiviné que estaría ebrio, así que, como otras tantas veces en el pasado, fui yo el que se acercó hasta donde él se encontraba, que no era otro lugar que la entrada de la cafetería de La Casa Encendida. Miramos a través del cristal a aquella sonriente y numerosa aglutinación de fotógrafos, poetas, críticos, humoristas, escritores y blogueros en general.


—Cabrónidas, ¿puede saberse qué hace aquí fuera todavía? Todos están esperando.

—No te pongas nervioso, Léopold, ¿te has fijado en toda esa gente de ahí dentro? Esas furcias llevan más maquillaje que pintura un cuadro de Pollock, y visten como las verduleras de los mercados rurales, ya me entiendes: escote claustrofóbico, faldas que censuran la imaginación y pelo recogido de modo antierótico. Y los tíos olvidaron lo que es el orgullo y la dignidad: parecen lazarillos sumisos olisqueando las faldas de esas zorras mendigando un polvo desesperado. Solo les falta un cartel que ponga: somos gilipollas y reconocemos una puta en cuanto la vemos.

—Será mejor que nunca se muerda la lengua, Cabrónidas, porque no existiría antídoto capaz de salvarlo. Venimos a concursar con deportividad, a pasar una tarde enriquecedora y amena, y usted siempre se empecina en ser ese bloguero despreciable y amargado que despotrica sobre cualquier cosa; incluso sobre gente sencilla y amigable que podría sorprenderle.

—Lo único que me podría sorprender, mi querido Léopold, sería encontrar vida inteligente en esa exposición de caretas y poses ensayadas.


Unas ganas de abofetearle y de hacerle tragar su petaca crecieron en mí como una erupción, pero no lo hice puesto que, aparte de que siempre he sido un caballero, pertenezco a un honorable linaje de mayordomos cuya virtud sobresaliente de las múltiples que lo caracterizan, es la grandeza de quienes contienen sus más viles impulsos y bajezas. Y porque admiraba hasta límites insospechados a ese condenado bastardo. Bastardo por calificarlo de alguna manera, puesto que Cabrónidas fue el experimento fallido de un gremio clandestino de genetistas perturbados, cuyas oscuras intenciones permanecen en el más estricto secreto en los archivos clasificados que responden al nombre de "La Monstruación".


No tuve más remedio que acogerlo cuando me lo encontré con apenas un año de edad, desnudo delante de la puerta de mi mansión victoriana, antaño ostentosa edificación donde vivieron mis antepasados durante todo el siglo XIX. Aquel pequeño de mirada tierna, se crió entre cintas de casete de heavy metal y pilas de libros viejos y polvorientos. El día que cumplió diez años, supe con toda certeza que era un muchacho extraño, puesto que en lugar de jugar y relacionarse con infantes de su misma edad, prefería la soledad que le brindaba el sofá, donde permanecía durante horas leyendo libros de ciencia ficción y escribiendo inocentes relatos de todo aquello que veía.


Asiduo lector de cómics, de publicaciones de contracultura y de revistas pornográficas que consumía para aplacar su onanismo, se educó en un colegio de una pequeña ciudad de provincias, en un entorno apático y gris, donde sus compañeros de pupitre solo pensaban en coches, motos, fútbol, beber sin criterio los fines de semana y en cortejar a chicas. Cuando él, prematuro aficionado a la literatura de Tobias Wolff y Raymond Ceyver, perdió su virginidad a merced de una puta que le doblaba la edad, de la cual aprendió lo que sus contemporáneos tardaron una década, una boda, siete denuncias falsas por maltrato, cuatro órdenes de alejamiento, y un divorcio, en experimentar. Por esa razón entre otras, decidí inscribir a mi protegido en esa clase de eventos que él tanto detestaba. Deseaba con todo mi corazón que mi amigo se despojara de su hermetismo y se relacionara con gentes de sus mismas inquietudes. Y quién sabe, quizás con mucho tiempo y toneladas de paciencia, lograra convertirse en mejor persona.


Cabrónidas me sacó de mis ensoñaciones diciéndome que era el momento de entrar. Nadie reparó en su presencia cuando traspasamos el umbral y los que sí lo hicieron no le reconocieron. Andamos con paso lento pero firme hasta detenernos en el centro del bullicio distendido de la cafetería. Miró girando sobre sí mismo lentamente, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, empapándose de cada gesto, de cada parpadeo; de las conversaciones y las risas que flotaban en la calidez del ambiente. De pronto, detuvo su rotación y seguí su mirada hasta dar con la mesa que ocupaban los once miembros del jurado. Respiré el intenso desdén con el que los contemplaba, como si cuestionara la capacidad y validez de su poder decisorio. Como si intentara entender de qué iba en realidad todo aquello.


—Creo que voy a vomitar—dijo. Y se perdió entre los lamentos de un retrete que olía a desinfectante. El agua rugió con la fuerza de mil titanes cuando se llevó consigo todas sus arcadas. En un primer momento, no supe si fue por las veces que vació su petaca aquella tarde, aunque lo dudo, puesto que le ganó varias competiciones de beber a Bukowski. O que, sencillamente, sintió el hedor putrefacto de aquellos blogs edulcorados, y de aquellos poemas tumefactos y empalagosas poesías sobrecargadas de metáforas forzadas, todo de autores en busca de reconocimiento y no aptos para quien tiene un mínimo de gusto y sensibilidad, leer.


Cuando mi amigo reapareció, echamos una última mirada antes de salir, y entonces lo comprendí todo. Y pensé que lo que la peste y la soberbia del hombre no pudieron conseguir, lo hizo la decadencia.



Tags: 20minutos.es, premio bitácoras.com, bloguero, escritor, blogs, concurso, Accept

Regurgitado por Cabronidas @ 15:50
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Supuraciones
Publicado por Lizzie
Domingo, 22 de septiembre de 2013 | 20:54

 Cabronidas...eres el puto amo de la blogosfera.....a mí me gustas mucho, eres único. Besote.

Publicado por Blue
Domingo, 22 de septiembre de 2013 | 21:46

Pues no sé si mejor persona, pero algo endulzado parece que salió. Lo digo por la canción ¿es un bolero, no?, jaja.

Saludos.

Publicado por Cabronidas
Lunes, 23 de septiembre de 2013 | 7:31

Me alegra y agradecido me siento de que te guste este blog, Lizzie.mecanografiando

Oye, Blue, no me negarás que se te pone un poco la gallina de piel con este bolero instrumental.Gui?o   

Publicado por Blue
Lunes, 23 de septiembre de 2013 | 9:12

Mismamente como lo dices, con gallina y todo. Ablanda las piedras, ja, ja.

(Ya te gustarán los boleros y el parchís, ya. Tongue Gui?o

Publicado por Cabronidas
Lunes, 23 de septiembre de 2013 | 16:21

Bueno, los boleros no son mi especialidad. Y recuerdo a aquel quinteto que cantaban "Comando G, Comando G, siempre alerta estaaaaaaaaaaaaaá". Sniff, sniff, soy un nostálgico.Sonrisa Gigante  

Publicado por Cosa
Mi?rcoles, 23 de septiembre de 2015 | 15:59

Me encanta este jodido blog. Llevo varios días pasando por aquí porque simplemente alguien que se llame Cabrónidas despierta el gusto de saber más de él. Me ha costado un huevo ver cómo postear aquí. Mi Facebook no me deja entrar y la verdad, me gustaría seguir este blog. 
Seguirémos intentándolo.