Martes, 22 de abril de 2014

Desde hace ya tiempo, es una enfermedad fuertemente instaurada en nuestras vidas que ataca, mayoritariamente, a los débiles de mente y escasos de voluntad. Por ejemplo: Eustodia asegura que cuando sale a la calle y se da cuenta de que olvidó el móvil en casa, automáticamente, siente su corazón como indomable caballo desbocado, incontrolables espasmos en los glúteos, le castañetean los dientes y se le crispan los dedos de las manos y pies. Mientras decide si desandar sus pasos para recoger el fruto de sus padecimientos, se dice así misma —a modo de calmante— que no es más que otro maldito y lastimoso episodio de dependencia. Y a cada paso que da, alejándose más y más de esa condenada y útil tecnología, siente acrecentar su inseguridad y desvalimiento. Según ella es una fuerte sensación de desprotección, similar a la de estar paseando por las Ramblas en hora punta con el coño al aire. Ante tamañas sensaciones, Eustodia decide que es preferible dar media vuelta, recoger el móvil, y llegar tarde a donde sea que se dirigiera, que no llegar puntual para no hacer esperar. Pese a ello y para hacer soportable su evidente condición de enferma y de bicho raro, calma sus inquietudes para consigo misma afirmando con rotundidad que a todas sus amigas les acontece exactamente lo mismo.


Sobre todo a Glafida e Indilina que, disfrutando de una desenfrenada rave ilegal que se realizaba en algún lugar indeterminado del campo, perdieron su virginidad en contra de su voluntad así como sus móviles de última generación. Podría aquí prodigarme en recursos y metáforas ampulosas para describir las sensaciones que se apoderaron de las desdichadas jóvenes, pero afectarían por innecesarias al ritmo desprendido y kafkiano de la narración. Sorprendentemente y aunque apena sobremanera, Glafida e Indilina lloraron, aullaron y moquearon desconsoladamente durante más de cinco meses, no por la brutalidad a la que vieron sometida la otrora inocencia de sus sexos a manos —y pollas— de cuatro desalmados, sino por el vínculo truncado con la comunicación virtual que otorgaba tan genial y polivalente aparatito. Esta historia finaliza en la sinrazón y el desencanto, pues Eustodia sigue llegando tarde a todas partes porque nada hace para remediar lo que ella llama despiste cuando es afección, mientras que Glafida e Indilina han superado los supuestos traumas de su violación, incomprensiblemente, con la adquisición de nuevos móviles con los cuales colmar su adicción e iluminar sus rasgos rebosantes de devoción cuando vuelcan sus ojos sobre la pantalla táctil.


Y como ellas, ellos. Abducidos.



Tags: Nomofobia, móvil, enfermos, rave, Def con Dos

Regurgitado por Cabronidas @ 2:17
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Supuraciones
Publicado por Jatz Me
Martes, 22 de abril de 2014 | 8:15

Yo sin mi móvil no soy nadie. Y lo de que es mejor volver a buscarlo y llegar tarde, pues estoy de acuerdo. El dia se puede hacer muuuuuy largo pensando en manos de quién puede estar en ese momento :,,,(

Publicado por Sincopada
Martes, 22 de abril de 2014 | 14:13

Yo tengo un móvil rústico que sólo me sirve para que me llamen y mandar algún arcaico sms, nada más. No lo utilizo durante días y días y vivo taaaaaaan liberada que no quiero saber cómo sería la vida con un trasto de esos que hacen fotos, vídeos, tienen juegos, guassap y demás mierdas. No quiero. De las personas que me rodean sólo conozco a uno tan rústico como yo. UNO, sólo uno. 

El temita me pone a cien mil, así que mejor no opinaré, que luego me llaman rara y no-normal.

Kisses.

Publicado por Cabronidas
Martes, 22 de abril de 2014 | 14:46

Pero... Jazt Me, ¿nunca te ha pasado que tenías que ir a algún sitio y has tenido que dejar el móvil cargando en casa? Porque se supone que te vas a ese supuesto sitio y dejas el móvil cargando ¿no?Divertido

Sincopada, los raros son ellos. Lo que pasa que son legión y puede parecer lo contrario.Gui?o  

Publicado por lizzie
Martes, 22 de abril de 2014 | 17:00

 Estoy leyendo un libro budista y aprovechando lo que dice de que esta vida consumista de idioteces es un espejismo,  y que tengo el móvil estropeado, creo que me voy a hacer rústica como Sincopada jajajjaKitty

Publicado por Cabronidas
Martes, 22 de abril de 2014 | 18:29

Además, rústico/a no es sinónimo de anticuado/a.Gui?o

Publicado por goodbye kitty
Mi?rcoles, 23 de abril de 2014 | 11:58

hoy me he dejado el móvil...ya llegaba dos horas tarde al curro, así que podría haber vuelto atrás a buscarlo sin importarme ocho que ochenta, PERO NO LO HE HECHO!!!!!!! (como una campeona)

¿Cuántos gallifantes he ganado?

Publicado por Cabronidas
Mi?rcoles, 23 de abril de 2014 | 14:31

Kitty, acabas de ganar tres gallifantes con tres buenas trompas.Sonrisa Gigante

Publicado por Jatz Me
Jueves, 24 de abril de 2014 | 0:46

No sólo no me dejo nunca el móvil (que luego me lo fisgonean) ,  sino que además llevo un cargador encima siempre,  hasta en el coche.  Y si no va a haber enchufes a mano,  una batería recargable. 

¿Enfermo,  paranoico....? Nomofóbico, simplemente.  Lo tengo muy asumido.  Pero también tenemos nuestro corazoncito y se nos puede querer y todo eso :P

Publicado por Cabronidas
Jueves, 24 de abril de 2014 | 15:36

Lo de llevar un cargador encima... Hasta ahí no llego. Pero sí llevo uno para cargar el móvil en el coche. De todas formas, Jatz Me, los que no padecemos de nomofobia, no somos mejores que los que sí la padecen. Solo que encuentro que las fobias nos limitan.Divertido

Publicado por AliCeinWTF
Domingo, 11 de mayo de 2014 | 23:16

Yo soy de esas enganchadas al móvil, pero tengo claro que es para suplir carencias que tengo, porque luego huyo al paraiso los findes y casi ni lo toco. Lo llevo a la montaña para hacer fotos y poco más.

Tengo que desengancharme un poco. Por ahora estoy dejando el café. Yo qué sé.

Un beso.

Publicado por Cabronidas
Lunes, 12 de mayo de 2014 | 14:48

Nuria, al menos, el móvil no es malo para la hipertensión.Gui?o Beso