Lunes, 19 de mayo de 2014

Doña Miconio, que contaba cerca de setenta y siete años de edad, se despertaba temprano y se levantaba con el sol. Después de hacer la colada y al tiempo que tarareaba para sí canciones populares escandinavas, tendía la ropa en el balcón de su modesto piso de sesenta metros cuadrados. Justo cuando acababa de pinzar su faja donde cabría sin dificultad el Increíble Hulk, se detuvo a observar a las ordinarias de abajo que parloteaban a viva voz mientras transitaban de un lado a otro por el mercadillo. Aquella aglutinación de verduleras se desplazaba sin orden ni concierto por el resbaladizo adoquinado de la plaza como una indisoluble, compacta, y correosa plaga de cucarachas: gritaban con estridencia, se daban codazos, manoseaban las piezas de fruta, desplegaban la ropa de sus tenderetes para luego no comprarla y dejaban todo hecho una santa mierda. Respiró hondo y exhaló con lentitud, como si al hacerlo admitiera, a desgana, reconocerse en aquel tumulto vociferante. Se dio la vuelta y asió los calzoncillos de su marido y los tendió junto a su faja, haciendo desaparecer de su campo visual aquel sol que recién despuntaba en toda su plenitud. Corría una fresca brisa que hacía ondear con reverencial majestuosidad aquellas prendas íntimas como lo hicieran siglos atrás los imponentes estandartes romanos. Doña Miconio se metió dentro del piso y al cabo de pocos minutos volvió a salir con un moderno catalejo entre las manos. Lo colocó sobre su trípode con ademanes hábiles, muestra inequívoca de que lo había hecho otras muchas veces, y se dispuso a otear todo aquello que desde su balcón se le ofrecía.


Doña Clitoria, de setenta y nueve años de edad y en consonancia con muchos de sus coetáneos, también amanecía con el sol y el trino bello y musical de los pájaros, que contrastaba con la sonoridad de las flatulencias que dejaba escapar como recibimiento al nuevo día. Siguiendo su propio ritual, mientras la lavadora empezaba a trabajar a horas tempranas, doña Clitoria llamaba a su gato con leves siseos sabiendo que no aparecería hasta que el hedor de las ventosidades se disipara. De hecho, no en vano lo bautizó con el nombre de Homero, pues ella tenía la firme convicción de que el gato consideraba que sus malolientes pedos, que producían un sonido semejante al desgarro de una sábana, eran originarios del inframundo. El mecanismo de la lavadora se detuvo, se apagó la lucecita roja que indicaba que el programa seleccionado había acabado, y empezó a tender la ropa ante un esplendoroso sol recién nacido. Le encantaban aquellas mañanas de sábado en las que poder asomarse al balcón, y ver el mercadillo abarrotado de gente y su frenética actividad. Pequeñas corrientes de aire le traían, ahora sí ahora no, aquel olor inconfundible y característico del detergente y el suavizante que desprende la ropa recién lavada, y eso la hacía sentir especialmente feliz y satisfecha. Pero no tanto como lo que estaba a punto de hacer. Doña Clitoria entró en su piso y al momento apareció con unos magníficos binoculares que también servían para visión nocturna, que colgaban de su nuca hasta la boca del estómago. Se los llevó a los ojos con gesto acostumbrado, expertamente colimó los prismas hasta obtener una definición óptima, y empezó a observar todo cuanto tenía a su alcance con un rictus de concentración.


Quiso el destino en uno de sus caprichos, que la vida de estas dos venerables ancianas, antes de ser ancianas y ni siquiera señoras, se cruzaran cuando tan solo eran dos jovencísimas señoritas con todo por aprender y experimentar, dando inicio a lo que acabaría siendo una larga y sólida amistad hasta los días presentes, de tal manera, que se casaron en una boda doble y fueron a vivir a la misma zona residencial. Aquel complejo urbanístico en el que echaron raíces, consistía en un gran bloque rectangular de diez plantas más el dúplex, flanqueado en ambos extremos por una torre de veinte, construidas en diagonal casi como si se miraran la una a la otra. Quién sabe si por lo privilegiado de las vistas, por su posición estratégica o por alguna singular razón que solo ellas conocían, doña Miconio optó por la torre de la derecha y doña Clitoria por la de la izquierda. Y al poco de vivir allí, ambas desarrollaron una afición que han ido perfeccionando con el trascurrir de los años hasta el día de hoy. ¿Para qué instalar un caro y complicado sistema de alarma en aquella gran comunidad, en un intento de preservar la seguridad y evitar posibles robos? Aquellas dos inofensivas ancianitas, formaban un dúo de vigilancia no remunerada de una efectividad y fiabilidad impecables. Durante todo el año y las veinticuatro horas del día, alternándose o simultáneamente, observaban desde sus atalayas con disciplina militar, todo lo que acontecía en un radio de dos kilómetros a la redonda. No existía sobre la faz de la tierra un sistema de vigilancia como aquel. Nada, absolutamente nada, escapaba de los ojos avizores y escrutadores de aquellas dos centinelas de la tercera edad.


Tanto es así, que una vez el resto de numerosos habitantes de aquella zona residencial entre los que me cuento, superamos lo que creíamos una despiadada intromisión a distancia de nuestras vidas e intimidad, un control opresivo de nuestros movimientos, tuvimos a bien el nombrarlas La Vigía y La Corresponsal. Y no hace falta que Iker Casillas me diga lo que ya sé: con doña Miconio y doña Clitoria barriendo el perímetro donde vivo como dos radares incansables... me siento seguro.


 


Tags: La polla récords, vigilante, espía, vecinos, comunidad

Regurgitado por Cabronidas @ 14:59
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Supuraciones
Publicado por Jatz Me
Lunes, 19 de mayo de 2014 | 19:08

Miconia y Clitoria.... A ese triángulo le falta un Falete (uy perdón que ese nombre ya está pillado jajaja) 

Publicado por Cabronidas
Lunes, 19 de mayo de 2014 | 19:10

Pero Falete es como muy obvio.Muchas risas

Publicado por lizzie
Lunes, 19 de mayo de 2014 | 20:50

 Ahí falta un personaje, lleno de vida, joven, en plenitud física, siempre dispuesto a satisfacer la curiosidad, ese personaje es ...................................tachán tachánnnnnnn............................................ Tupolla!!!! jajjajajaj

Publicado por Cabronidas
Lunes, 19 de mayo de 2014 | 21:42

Qué tal, por ejemplo, don Cipoteo?Muchas risas Muchas risas

Publicado por Sincopada
Lunes, 19 de mayo de 2014 | 22:26

Como habitanta de un pueblucho de 1.000 almas (bueno, 400, el resto son subhumanos) estoy acostumbrada a las ventanas con ojos y orejas. Las tropocientas/os (pq a los tíos tb les va el "safareig") Miconias y Clitorias que me rodean me la pendulan, es más, alguna vez me he descojonado con algún rumor, cuando vives tu vida anónimamente lo que no saben se lo inventan. Y claro, me encanta darles vidilla a sus grises vidas.

Voto por bautizarle Don Ciruelo. Kisses.

Publicado por Jatz Me
Martes, 20 de mayo de 2014 | 13:23

Clitoria tampoco es que sea muy sutil eh! XDDDD

A ver... no sé, ¿el señor Rabaneta?

Publicado por Cabronidas
Martes, 20 de mayo de 2014 | 15:31

En todos lados estan los que vigilan la vida de los demás y descuidan la suya propia. A mí me hacen reír y su nivel de imaginación es cosa fina.Gui?o

Chicos/as, creo que don Cipóteo o Cipoteo es idóneo.Muchas risas  

Publicado por BlueBB
Martes, 20 de mayo de 2014 | 16:24

Jajaja, muy bien descrito. Esos personajes existen, sobre todo en los pueblos, y lo bueno es que como todo el mundo sabe quienes son, ya van directamente a ellas a contar los chismes con la intención de que se propaguen a toda velocidad. Y lo consiguen.

Creo que no falta un tercer personaje sino unos cuantos. Estas se los comen a "bocaos", jaja.

Saludos.

Publicado por Cabronidas
Martes, 20 de mayo de 2014 | 17:40

¡Saludos, Blue! Cuando se trata de espías de la tercera edad, o me resultan muy entrañables o muy odiosos.Gui?o

Publicado por Jatz Me
Jueves, 22 de mayo de 2014 | 8:41

Y cuando puedas, me explicas qué entiendes tú por público y por privado (o tu blog, más bien)  Gui?o

Porque para acceder a tu perfil público, resulta que tengo que ser tú NO! , y así no hay forma de mandarte un privado ni nada.

Publicado por Cabronidas
Domingo, 25 de mayo de 2014 | 10:56

Creo que para enviar un privado tienes que estar registrado, Jatz Me. De todas formas, pongo el perfil público a ver si puedes.

Publicado por AliCeinWTF
Lunes, 26 de mayo de 2014 | 0:06

Pues a mi me gusta don Cimbrel.

Conozco algunas de esas, que vigilan y escrutan el horizonte y las vidas ajenas. SOn como papá estado, vigilando más allá de lo lógico, pero a nivel local.

Soy de una aldea (bueno, ahora ni eso, es pedanía) con 54 habitantes censados. No vivo allí, pero en verano y los fines de semana es divertido ver a esos especímenes de cerca, intentando saber más que yo de mi vida. Pobres. Está bien que tengan algún entretenimiento.

Me he reido mucho. Gracias!!Muchas risas

Un besazo.

Pd: Ya te lo dije, pero cuando hablas de metáforas y excesos me haces sonreír. 

Publicado por Cabronidas
Lunes, 26 de mayo de 2014 | 11:59

Hay muy pocos artículos serios en este blog. Puede que el humor o algo que se le parezca es lo mío, porque la mayoría de lo que escribo (que no todo) acaba saliendo en plan chorra.Muchas risas