Jueves, 01 de octubre de 2015

No me gustaba ir al colegio. De hecho, tuve que abandonar mi verdadera educación para ir a la escuela. Además, ¿a quién se le ocurrió unir la educación con la física? No es que de ello surgiera un término antagónico, pero sí algo chocante. ¡Qué sudorosa y extraña asignatura! Si eras un niño cachas o de anatomía precoz, sacabas sobresaliente. Si no, no. Los altos pegaban un saltito y se colgaban de la escalera horizontal, desplazándose de barrote en barrote en un balanceo simiesco y coordinado. Yo, en mi condición de pelele aún por dar el estirón, tenía que subirme a una falca de plástico para alcanzarla. Me colgaba de uno de los barrotes, y allí me quedaba como si no existiera el tiempo: inmóvil y rígido como un jamón curado, la cara enrojecida por el esfuerzo pero sin elevarme un milímetro. ¡Qué podía hacer! Mis bracitos no eran más que hueso y pellejo. Había algunos más patéticos que yo, que pedaleaban a la carrera como si ascendieran por una escalera invisible, quién sabe si con la esperanza de que sus codos se doblaran como por arte de magia. Otros incluso eran peores: pedaleaban con furia en esa escalera imaginaria produciendo, increíblemente, la inercia necesaria para lograr entrelazar ambos pies en uno de los barrotes, adoptando una postura deforme semejante a una hamaca. Entonces, mientras recuperaban el resuello, miraban de izquierda a derecha, luego de arriba abajo y con voz lastimera de quien está en un aprieto de vida o muerte, preguntaban: "¿Cómo bajo de aquí ahora?"


Para quienes la hemos padecido, sabemos que la justicia académica del bíceps es despiadada. Mientras algunos ejecutaban, como fuelles utilizados por la mano de un dios inagotable, las seis flexiones que daban el aprobado, otros suspendíamos. Es decir: cero flexiones, un cero. Yo estaba ahí, bocabajo mirando el suelo, soportando el peso de mi escuálida anatomía con los bracitos estirados, atento a la señal. El sonido del silbato llenaba el espacio de las cumbres más lejanas, y entonces yo flexionaba los brazos hasta rozar, como una brisa, el suelo con la punta de la nariz. Y lo mismo sucedía a continuación con el tórax y la pelvis. Yo quería realizar la flexión completa, pero era como si la tierra conjurara contra mí, quintuplicando su poder gravitatorio de tal modo que me mantenía pegado a ella. Por supuesto, los que aprobaban los ejercicios de la escalera así como las flexiones, ascendían por la cuerda en forma de escuadra. Yo peleaba con la cuerda como si estuviera viva, y siempre me ganaba anudándose a los tobillos y haciendo que quedara colgado bocabajo como un vulgar trocillo de chistorra. Si las flexiones se me daban bien, imaginaos el salto de altura: siempre pasaba por debajo de la barra, al menos, sin que se inmutara aun estando a ras de suelo. ¡Y qué decir del plinto y el potro!, ¡eran grandes y amenazadores!, así que en lugar de sortearlos con una voltereta sobresaliente, los derribaba. Aunque muchas veces ni siquiera eso: salía rebotado para atrás.


Ay, aquellas clases de educación física. Lo que más recuerdo es el maestro que las impartía, el señor Javier. Adorablemente comprensivo y paciente, chándal Adidas y silbato en ristre sin quitárselo de la boca, dictaminaba: "Va a suspender otra vez, Cabrónidas. ¿Y sabe por qué? ¡Porque en todo el curso que no le he visto cara de esfuerzo!"





Tags: Educación física, gimnasia, plinto, potro, chándal, Iron Reagan

Regurgitado por Cabronidas @ 20:24
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Supuraciones
Publicado por Ficticia
S?bado, 03 de octubre de 2015 | 11:57

Yo también las odiaba... y eso que no sufrí determinados elementos de tortura tipo la cuerda.

Publicado por Cabronidas
S?bado, 03 de octubre de 2015 | 13:30

¡Hola, Ficticia! Es una asignatura que no me ha servido absolutamente para nada.Gui?o