Jueves, 07 de enero de 2016

Cualquier persona que tenga sensibilidad y mascota, como por ejemplo, un perro, abandera aquella oración que dice: "Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro". Mi amigo Orencio, maniático inofensivo del cine slasher, tuvo a bien bautizar a su perro con el nombre de Cañardo. Y no era para menos, pues dada la súbita impetuosidad con la que el can salía del portal a la calle, diríase que era Cañardo quien paseaba a Orencio. De tal modo, que todas las mañanas que me es posible, acompaño a Orencio cuando es paseado por su perro; no fuera a ser que le pasara algo (a Orencio).


Como cada mañana, Cañardo, inquieto de naturaleza y de apretones estomacales centrifugados, espera ansioso su paseo crepuscular. Huelga decir que Cañardo es de inteligencia limitada. De hecho, su mirada, aunque canina, deja entrever una inexplicable humanidad y la nada. Y por consiguiente, la misma innegable opacidad que percibo en el ochenta por ciento de mi entorno social y el cien por cien del gobierno. Por otra parte, tan singular sabueso carece de gustos sofisticados: le basta con comer a deshora y dislocar el hombro de Orencio cuando arranca de su posición para olfatear los esfínteres de otros canes. Otras, ladra amenazadoramente a los vehículos con rotativos luminosos y a los pizzeros motorizados. En los momentos de sosiego, Cañardo olisquea orines ajenos, deja los propios en lugares de difícil acceso y se lame el escroto con fruición. Esta mañana, Orencio y yo nos miramos, ratificando que Cañardo, que también nos mira intuyendo nuestra debilidad y ajeno al más mínimo decoro, va a utilizar todo su repertorio.


Tanto es así, que Orencio se pertrecha con todo el equipo de supervivencia, para lo que siempre es un paseo hipertenso en el que solo se relaja, sin éxito, propinando golpes de puntera a los cojones de Cañardo. Pero Cañardo es duro. A saber: látigo y collar asfixiante. Puño americano para castigar el costillar y lo que es más importante: bolsa de plástico ignífuga XXL, puesto que el chucho no solo depone en lugares indebidos, sino que sus heces son del tamaño de la rueda de un tractor. Por otra parte, ropa cómoda y adecuada para la lucha de especies: una sudadera con manchas imborrables de cerveza y múltiples orificios, cuya antes visible ilustración, corresponde a la portada de un disco de Anthrax del 83. Encima de esta, una chupa de cuero tan parcheada con nombres de grupos de metal, que mire por donde se mire parece una portada de la HeavyRock. Cómo no, tejanos con más kilómetros de rodaje en la lavadora que el cimbrel de tito Siffredi en el porno. Para conjuntar con los tejanos (o lo que queda de ellos), nada como calzar unas bambas de media caña con más arrugas que la cara del maestro Yoda. Y por último y no menos importante, embutirse un gorro de invierno sobre las cejas y hasta el lóbulo de las orejas, cuyo lema estampado no puede ser otro que el amigable y universal: motherfucker.


Así pues, vamos Orencio y yo con Cañardo, transitando la calle bajo un desapacible y blanco cielo invernal. Tan pronto descuidamos la prudencia, Cañardo, cuarenta y dos kilos de músculo marmóreo, como si fuera La Masa empapada en cocaína, esprinta de súbito hacia la farola más cercana. En tan enérgica acción, derriba a Orencio que a su vez me derriba a mí, aterrizando ambos en una acera moteada de chicles y escoria diversa. Mientras aún estamos por el suelo intentado recobrar la compostura, y Cañardo amorrando el ocico a la base de la farola, bautizada con meadas recientes y añejas, nos encuentra Preciliana en sus sesiones de footing, una hippie recauchutada de cincuenta y cinco años de edad reconvertida a profesora de yoga.


—¡Anda, sin son Batman y Robin! ¿Qué pasa? ¿A estas horas y ya vais cocidos?
—No. Estamos paseando al perro y nos ha tirado —contestamos al unísono mientras nos ponemos de pie.
—Mira que bien. Y yo que me pensaba que era un Tiranosaurio Rex —bromea Preciliana desde una distancia prudente y corriendo sin moverse, sabedora de la destructiva efusividad de Cañardo.
—Cuidado con lo que dices, Preciliana, no vaya a ser que Cañardo te quiera dar un lametón y te joda los chacras —contesta Orencio sonriendo mientras sujeta las riendas que Cañardo tironea con ahínco.
—¡Ni se os ocurra tirarme esa cosa encima, mamones! —exclama Preciliana reanudando su carrera matinal.


Al tiempo que Preciliana se aleja, Cañardo contrae los cuartos traseros, deja caer la lengua a un lado, y un hedor denso como el ectoplasma obtura nuestras fosas nasales. Orencio y yo miramos, escalofriados, la ciclópea cagada de nuestro querido cánido, que presenta la consistencia del hormigón armado y los vapores mefíticos propios del más rusiente Averno. En un gesto de acostumbrada resignación, recogemos la titánica deposición, sabedores de que el hedor que desprende persistirá largo tiempo en nuestros ropajes. Acabado nuestro acto de civismo en pro de la higiene pública, continuamos el paseo por la parte céntrica de la ciudad, que a esas horas de la mañana ya respira a todo pulmón ofreciendo una bullente actividad. Avanzados unos cuantos metros, nos encontramos con el antagonista de Orencio y Cañardo, un anciano de rasgos similares a los de Saruman, que pasea algo parecido a una barrica peluda. Dicha criatura, en consonancia con el caminar de su dueño, que se mueve a la velocidad de lo inanimado, avanza por instinto un nanosegundo por encima de la velocidad de su amo, sacándole así tres metros de ventaja merced a la correa extensible y al paso de los años.


Cada vez que nos cruzamos con el abuelo y su barrica peluda, esos tres metros de nailon suponen un arma de destrucción masiva. Orencio y yo ignoramos el atractivo animal que despierta en Cañardo la presencia del ponzoñoso ser que pasea el anciano. El caso es que Cañardo, cegado quizás por sus feromonas o por una ambigua homosexualidad gerontofílica, arremete vigoroso contra esas dos formas de vida que se mueven en ultralentitud y se enreda, una vez más, en los tres metros fatídicos de nailon. El viejo y su criatura peluda permanecen inmóviles, pareciendo estar atrapados en un fotograma congelado de Matrix. Orencio abre con cautela los dedos del viejo y yo cojo la correa y la libero. El anciano parece disecado; ni parpadea. Comienzo a desenredar las correas de los canes con el pulso firme; no así como mis orbiculares, que vibran incontroladamente. Entretanto, Preciliana vuelve a aparecer con su deportivo trote y sin detenerse, nos obsequia con su dedo medio y una sonrisa de Cheshire. A su vez, Cañardo aúlla y se dispone a solazarse analmente con el pobre bicho, también en estado vegetativo. Orencio y yo nos miramos horrorizados: ese aullido es el paso previo a la monta.


Mi amigo y yo nunca hemos sido partidarios de la necrofilia con el propio sexo, por lo que nos apresuramos en el desenredado del correaje y de un tirón, liberar no solo a Cañardo, sino también la oquedad de la barrica peluda, segundos antes profanada. Como que estamos agotados, decidimos volver a casa. Cañardo parece sonreír satisfecho. Desandamos nuestro camino dejando atrás, como muñecos de cera, al viejo, su barrica peluda y los tres metros letales de nailon. Una vez más hemos logrado huir de ellos, y estaremos preparados para nuestro próximo enfrentamiento.


Ya sabéis, cuidad y quered a vuestros sabuesos tal y como son. De ser incapaces, siempre podéis adoptar un virus.





Tags: perro, mascota, paseo, amo, dueño

Regurgitado por Cabronidas @ 20:25
Supuraciones (12)  | Enviar
Supuraciones
Publicado por Cosa
Viernes, 08 de enero de 2016 | 16:17

Soy Celia, la española en Viena. No me deja postear como usuario registrado, anda que... 

En fin, supuremos pues:
Casi me cago al ver la foto en el newsletter, adoro a los perros pero a ese no sé si podría quererle por mucho que te empeñes.
Me encanta como escribes. Fantástico. Las descripciones divertidísimas y originales, las acciones detalladas, puedo verlo todo. Los nombres... no te digo, si me compro un perro le voy a llamar  así, vaya tela. 
En fin, que me ha encantado.
Besos 

Publicado por Cabronidas
Viernes, 08 de enero de 2016 | 17:26

¡Hola, Celia! Me alegra que te haya gustado, más cuando descubro tu blog y veo que la que escribe fantásticamente eres tú. Respecto a comentar, creo que debes usar la segunda opción donde pone: (Usuario no registrado). Al lado izquierdo de ese paréntesis, pones el nombre que quieres en el rectángulo en blanco, y clicas en el pequeño círculo que hay a la izquierda del susodicho. Sonrisa

Publicado por cronicas vienesas
Domingo, 10 de enero de 2016 | 10:48

Querido, no estamos de acuerdo, el que escribe fantásticamente eres tú, así que nos vamos a pelear.

Probé la acción que me dices, la segunda y no funcionó, ahora estoy probando sin ñ, a ver si era eso, si funciona te dejo en paz hasta la próxima Tongue

Besos y sigue escribiendo así para que nos podamos pelear, jajaja

Publicado por Cabronidas
Martes, 12 de enero de 2016 | 6:41

Ya veo, Celia. Según cómo, tampoco te deja poner tildes allí donde van tildes. Un sistema de comentarios bastante penoso.

Publicado por la MaLquEridA
Jueves, 14 de enero de 2016 | 23:29

Jajajaja que friega, anduve puchando por todos lados pa´ver ónde dejaba el bendito comentario, ¡lo encontré! ¡dios salve los clicks!

Bueno eso nomás, veré si esto se mandó y si no pus a seguirle puchando que tiempo es lo que sobra.

Un afecto saludoso click.

Publicado por la MaLquEridA
Jueves, 14 de enero de 2016 | 23:33

Click click click, listo. Espero pa´ la próxima no se me olvide, mira que tengo memoria de teflón.

Salebai

Publicado por Cabronidas
Viernes, 15 de enero de 2016 | 14:28

¡Hola, Malquerida! Veo que te sirvió el enlace. ¡Bienvenida! Fumador

Publicado por Cosa
Mi?rcoles, 08 de noviembre de 2017 | 5:15

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Publicado por Cosa
Martes, 05 de diciembre de 2017 | 8:32

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Publicado por Cosa
Viernes, 02 de febrero de 2018 | 10:41

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Publicado por Cosa
S?bado, 19 de mayo de 2018 | 6:50

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Publicado por Cosa
Martes, 05 de junio de 2018 | 16:08

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